28 de julio de 2017
28.07.2017
PAISAJES VALENCIANOS

Requena, vino y paisaje de llanura

La ciudad destaca por su fisonomía castellana, valor arquitectónico y monumental, rico pasado histórico y producción de vinos y cava

28.07.2017 | 04:15
Requena, vino y paisaje de llanura

La ciudad de Requena (17.000 habs.), a 65 kilómetros al oeste de Valencia, destaca por su fisonomía castellana, valor arquitectónico y monumental, rico pasado histórico y producción de vinos y cava de renombrada calidad. Es capital administrativa y cultural de la comarca de Requena-Utiel, concentrando hospital, juzgados, institutos, escuela de viticultura, estación enológica, varios museos, etc. Su oferta turística y gastronómica es rica y variada, siendo el lugar más visitado del interior valenciano.

Un marco natural de rasgos meseteños y tres paisajes naturales

La Meseta de Requena-Utiel, antes castellana e incorporada a la provincia de Valencia en 1851, constituye una unidad natural perfectamente diferenciada del resto de comarcas colindantes valencianas, pues viene a ser una parte de la Mancha desgajada de la misma por el profundo surco del río Cabriel.

Las sierras del NE. Unidad formada por varias alineaciones de tipo ibérico como son las sierras de Utiel, Juan Navarro, Benacas y el Tejo, que cierran la Meseta por el NE separándola de la Serranía del Turia. Con alturas que oscilan entre los 1.100 y los 1.300 metros, se trata de una sucesión de anticlinales de dirección ibérica NO-SE. En las cresta dominan los materiales del Jurásico y en las laderas los del Cretácico, siempre calizos, en los que se filtra el agua de lluvia que luego forman de copiosos acuíferos en las vertientes situadas entre dichas sierras y el río Magro: pozos de aguas potables de Utiel, San Antonio, Requena, SAT de Riegos de los Ruices, Aguas de San Benedetto, antiguas fuentes de Rozaleme y Reinas, etc.

La Meseta. Esta unidad ocupa el centro de la comarca y está formada por materiales sedimentarios de los períodos Terciario, en forma de lomas y cejas, como los Altos del Bu y de los Visos, la Muela Herrera y otras, y del Cuaternario, en forma de llanos como el Campillo de Camporrobles, el Campo de Utiel de Utiel, la Vega del Magro, y los llanos del Rebollar, de Campo Arcís y del Realame. El paisaje dibuja aquí formas onduladas y a menudo muy erosionadas por numerosas ramblas encajadas sobre los blandos materiales, en los que prosperan los viñedos más productivos.

La depresión del Cabriel. Conocida localmente como la Derrubiada, esta unidad está formada por el gigantesco escalón cubierto de materiales sueltos o derrubios (de ahí el topónimo) que baja desde la Meseta propiamente dicha hasta el río Cabriel, que discurre a unos 300-400 metros por debajo del nivel de aquella. El paisaje es aquí muy accidentado, surcado y erosionado por infinidad de barrancos, sin apenas espacio útil para la agricultura. Sólo en las estrechas riberas del Cabriel, que describe enormes meandros, se encuentran residuos de antiguas huertas, la mayoría ya abandonadas.

La impronta de la colonización agrícola: de la casa de campo a la ciudad

Debido al carácter montuoso de su territorio, que reduce el espacio útil para la agricultura a sólo una tercera parte del mismo, y el escaso nivel de industrialización, la comarca de Requena-Utiel nunca ha estado muy poblada, y en el momento actual, con cerca de 40.000 habitantes en total, la densidad es sólo de 24 hab./km2. Más de los dos tercios de esta población se concentra en las ciudades de Requena (17.000) y Utiel (11.000), mientras que el otro tercio se halla repartido entre medio centenar de entidades de población, desde las más grandes, que son Camporrobles y San Antonio, ambas en torno a los 2.000 habs., hasta las más pequeñas como Casas de Cuadra o Penén, en donde de manera permanente apenas habitan cinco o seis familias, aunque los fines de semana y en verano suelen revivir con la presencia de otras que ahora residen oficialmente en las ciudades comarcanas o en Valencia, Barcelona y Madrid. A estos lugares poblados hay que añadir hasta tres centenares de casas de labor deshabitadas dispersas por todo el territorio, testigos ya fosilizados de la intensa colonización agrícola y humana que tuvo lugar entre los siglos XVII y primera mitad del XX.

Desde hace algunos años las pequeñas capitales municipales y algunas aldeas cercanas a los grandes núcleos urbanos o bien comunicadas y con servicios mínimos (San Antonio, El Rebollar, El Pontón, Roma, Campo Arcís) están experimentando un crecimiento de su caserío, y se han construido en ellas nuevas barriadas de ocho, quince y hasta treinta casas. Este proceso obedece tanto a la demanda de residencias secundarias por parte de familias que viven fuera de la comarca, como de matrimonios jóvenes que prefieren vivir en estos pequeños núcleos, donde la vida es más tranquila y se respira un ambiente familiar, aunque sus puestos de trabajo estén en las ciudades.

Origen y expansión del paisaje vitivinícola

Hasta comienzos del siglo XVIII la producción de vino de Requena-Utiel se mantuvo ajustada a las meras necesidades domésticas, sin otro comercio que el estrictamente municipal mediante tabernas abastecidas por los cosecheros locales, como era el caso de Requena, bien mediante turnos rotatorios por los cuales cada cosechero vendía su vino a los demás hasta que se le acabara, como habían adoptado en Utiel, donde no había tabernas públicas. A lo largo del siglo XVIII y coincidiendo con el despegue industrial de Requena, especializada en el tejido de seda, la población aumentó de manera tan considerable (de 700 a 2.150 vecinos en sólo cien años) que propició nuevas plantaciones de viñedos.

Fue ya a partir de 1855 cuando se produjo la gran apuesta por la vid como cultivo comercial con proyección internacional. Las causas de aquel espectacular despegue fueron básicamente tres. La primera, la fuerte demanda de vino tinto por parte de Francia y otros países europeos azotados por una serie de plagas como el oídium, el mildew y la filoxera, que hicieron caer estrepitosamente la producción de vino en aquellas latitudes y el comercio tuvo que buscarlo en nuestras tierras. La segunda causa fue el desenclave geográfico gracias a la construcción de la Carretera de las Cabrillas (1847) y del Ferrocarril Valencia-Utiel (1885) que facilitaron el transporte hasta el Puerto de Valencia, principal lugar de embarque de vinos comunes de España. La tercera razón no fue otra que la capacidad comarcal para responder a la demanda de unos vinos neutros y de fuerte color tinto, como los elaborados a partir de la variedad autóctona: la Bobal.

Requena-Utiel fue una de las últimas comarcas españolas afectadas por la filoxera, ya que desde su entrada en España en 1879 por Málaga y Figueras, tardó hasta 1912 en llegar a Requena, y su propagación aquí fue lenta, por la resistencia de la Bobal, y nada catastrófica, pues ya se conocían los remedios para combatirla, que no eran otros que replantar las viñas con pies americanos. En ello ayudó mucho la creación en 1911 de la Estación Enológica de Requena, desde donde se llevaron a cabo ensayos de variedades y campañas de información a los viticultores para que pudieran elegir las plantas que mejor se adaptaban a cada tipo de suelo. La buena coyuntura comercial entre 1910 y 1936, ahora gracias a las exportaciones a Suiza, Alemania y Argentina, hizo menos costosa la replantación de unas 25.000 hectáreas, dándose de nuevos contratos de plantación a medias y no pocas trasmisiones de propiedad desde los grandes terratenientes a los pequeños y medianos viticultores.

Después de la Guerra Civil, con unos precios del vino que seguían haciendo rentable las explotaciones y las contratación de jornaleros, el sector vivió una década de relativa prosperidad, que empezó a desvanecerse en los años cincuenta por culpa de una fuerte sequía (1953-1955), la caída de los precios del vino y, sobre todo por el inicio del proceso de industrialización en otras regiones (Madrid, Barcelona,Valencia) que empezaron a llamar trabajadores ofreciendo salarios muy superiores a los jornales que se percibían en la agricultura. Coincidiendo con la emigración rural, se produjeron otros dos hechos fundamentales: el inicio de la mecanización de las tareas agrícolas y la asociación de los pequeños cosecheros en cooperativas.

Rutas del vino: la apuesta por la calidad

Tras largos años de viticultura orientada hacia la elaboración de vinos a granel para la exportación, en 1965 la cooperativa Coviñas inició una nueva etapa hacia la elaboración de vinos embotellados de marca que en las décadas siguientes iría extendiéndose a otras bodegas colectivas y privadas, hasta superar el centenar en la actualidad. Así, en los años ochenta se fundaron bodegas de tan relevante importancia como Torre Oria (la primera que elaboró vinos de cava en la provincia), Hijos de Ernesto Cárcel, CVCRE, etc. Los años noventa, gracias a la liberalización del comercio internacional, significaron un pequeña "edad de oro" que atrajo capitales a la viticultura y se prodigaron las nuevas bodegas embotelladoras. Unas responden a capital local, como Dominio de la Vega, Nodus, Latorre Agrovinícola, Sierra Norte, Casa Ardal, etc., otras son de capital comercial e industrial como Chozas Carrascal, El Terrerrazo, Murviedro, Hoya de Cadenas, Clemente, etc, y unas pocas responden a capital extranjero como Bodegas Palmera, Mitos, Sebirán o Hispano Suizas. Algunas de ellas están asociadas en una Ruta del Vino integrada en circuitos turísticos. Acompañan la oferta una Casa del Vino situada en la Villa de Requena, participada por docena y media de bodegas del grupo FEREVIN, varias enotecas en Requena y Utiel, y el museo rural de Sisternas.


La ciudad de Requena: paisaje urbano y monumental

Al margen de asentamientos anteriores ibéricos y romanos, la actual ciudad fue fundada o rebautizada por los árabes con el nombre de "Rakana" (la fuerte, la segura), en alusión directa a su situación sobre una plataforma rocosa que se levanta una decena de metros sobre el terreno circundante y que además estaba protegida por un recinto amurallado (conservado en parte) y una fuerte alcazaba, seguramente en razón de la posición fronteriza y defensiva que para los musulmanes de Valencia debió desempeñar a partir del siglo X. La abundancia de agua en sus alrededores (fuentes de Rozaleme, Reinas, Pilas, etc., además del río Magro) debió ser también una buena razón para la fundación de la ciudad, cuyo abastecimiento urbano y sistema de riegos fue organizado por los musulmanes.

Guardiana de la ruta más corta que une el centro de la Península con la gran ciudad de Valencia y el Mediterráneo, la posición estratégica de Requena no se ha limitado a lo largo de la historia a funciones meramente militares, sino que ha desempeñado también siempre un papel comercial y viario. A raíz de la conquista cristiana en el siglo XIII quedó formando parte del reino de Castilla y Alfonso X le otorgó Carta de Población y facultad para tener Aduana y Puerto Seco con respecto al vecino reino de Valencia, del cual le habría de seguir llegando por siglos la influencia económica, ya que no la administración ni el idioma. La primitiva ciudad musulmana coincide con el actual barrio de la Villa y queda perfectamente delimitada por el recinto amurallado que, medio oculto por edificios adosados al mismo, todavía se conserva en buena parte de su extensión. Fuera de la muralla, pero formando parte del actual Barrio de la Villa, quedaba el barrio de San Nicolás, probablemente un arrabal que tras la conquista cristiana fue urbanizado siguiendo dos calles rectas bautizadas como Somera de Arriba y Somera de Abajo.

La población morisca fue expulsada del recinto fortificado y ubicada en un arrabal que más tarde se convertiría en el actual Barrio de las Peñas. Entre la Peñas y la Villa, alejados como cosa de 500 metros iría luego formándose el llamado Barrio del Arrabal siguiendo el camino real de Valencia a Castilla (calles del Carmen, plaza de España, calle del Peso y plaza del Portal), eje de desarrollo de la zona comercial que ha perdurado hasta nuestros días.

El Barrio de la Villa

Las tres iglesias del Barrio de la Villa, edificadas a caballo entre los siglos XIV y XVI, contaron con portadas góticas con todo su coro de apóstoles, ángeles, adornos florales y animales fantásticos. La de San Nicolás, sobre otra iglesia anterior que pudo ser la de la minoría cristiana en tiempos del islam, perdió su fachada gótica en un bombardeo durante la Guerra de Sucesión (comienzos del XVIII) y fue sustituida por otra de estilo neoclásico. Su interior fue ampliado con un crucero y cúpula, y recubierto todo en estilo neoclásico. Cerrada en 1936 cayó luego en ruinas y ha sido restaurada y convertida en museo en 2015. La iglesia de Santa María, en la calle del mismo nombre y con entrada lateral desde la misma, conserva su impresionante fachada gótica protegida por un gran alero y restaurada en fechas recientes. Su interior, también ampliado a lo largo de los siglos, quedó maltratado durante la Guerra Civil y luego permaneció cerrada durante década en la que parte de la misma devino en ruina. Restaurada hace dos décadas actualmente sirve para exposiciones y conciertos, siendo muy buena su audición. La tercera iglesia, la del Salvador, ocupa la parte más alta, mantiene su portada gótica deteriorada por la erosión y el maltrato humano. Su interior gótico fue remozado en estilo barroco y neoclásico en los siglos XVII y XVIII. Sigue abierta al culto. La vista de la Villa desde la parte de Valencia recuerda la imagen de un navío en el que los mástiles son las torres y cúpulas de las tres iglesias.

Del resto de la Villa destaca su alcazaba o castillo musulmán, edificado entre los siglos X y XI, del que quedan dos torres y un largo lienzo de su alta muralla. En el siglo XV se le añadió una nueva torre del homenaje, imponente edificio de sillería que, sometido a una acertada restauración, sirve actualmente como monumento visitable desde cuya cima se divisa una buena vista panorámica de la ciudad. Entre los edificios civiles las calles de la Villa, sobre todo la de Santa María, se hallan jalonadas de viejas casonas blasonadas, con puertas de sillería y arcos apuntados en su interior. Son las casas de los antiguos hijosdalgo locales, una élite que detentó el poder económico y administrativo desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX (Carcajona, Ruiz, Pedrón, Ramírez, Ferrer, Ibarra, etc.). De entre todas destaca la conocida como Palacio del Cid (siglo XV) que hoy alberga el Museo del Vino. Notables son también la casa de Tenrreiro Montenegro, hoy Museo de Arte Contemporáneo, y la casa del Arte Mayor de la Seda, actualmente Museo de la Seda.

El subsuelo, a modo de "catacumbas del vino", contiene casi un centenar de viejas bodegas particulares repletas de tinajas de barro y, bajo la plaza de la Villa, los silos donde el Concejo Municipal guardaba el trigo del que se abastecía la población y los hornos en época de carestía. Parte de este complejo subterráneo, bautizado para el turismo como las Cuevas de la Villa se halla abierto al público y es uno de los mayores atractivos para los visitantes forasteros.

El Arrabal

El trazado extramuros del camino real de Madrid a Valencia, siguiendo las calles del Peso y del Carmen, desde el Portal del Castilla al de Valencia, hizo que ya en la Edad Moderna la Villa perdiera protagonismo a favor del Arrabal y que esta primacía fuera sentenciada a comienzos del siglo XIX con la construcción de la carretera siguiendo la calle de San Carlos. Entre sus edificios más notables del Arrabal destaca la iglesia conventual del Carmen, fundado en el siglo XIII por los Infantes de la Cerda. El convento fue exclaustrado en 1821 y, separada la iglesia del claustro, este último pasó a albergar al Ayuntamiento, escuelas, instituto de enseñanza media, etc. Actualmente una parte, muy retocada, sigue siendo Ayuntamiento, y el resto alberga el Museo de Requena, con colecciones de arqueología, arte y etnografía. La iglesia sirve como parroquia y contiene una pequeña capilla gótica, aunque el resto de la misma y su portada responden a obras realizadas en los siglos XVII y XVIII.

Desde comienzos del siglo XVI, y tras la unión de las coronas de Castilla y Aragón que posibilitaron una gran reactivación comercial en la Aduana de Requena, esta ciudad empezó a desarrollar una notable actividad textil, trabajando primero la lana de su amplísima cabaña ganadera y luego la seda importada de Valencia y la Ribera del Júcar, que se pagaba mediante el trueque con trigo y ganado. La sedería ocupaba en 1752 a más de un millar de personas y la ciudad acabaría el siglo XVIII con más 10.000 habitantes. La necesidad de crear nuevo suelo urbano condujo a la adopción temprana de medidas urbanísticas. En 1783 la Sociedad Económica de Amigos del País de Requena encargó al arquitecto Bartolomé Ribelles un plan de ensanche para urbanizar un espacio vacío entre los barrios del Arrabal y de las Peñas, dando lugar a nuevas calles que, en honor a los Borbones, se llamarían de San Luis, San Fernando y San Carlos, que junto con la de la Plata, conforman una típica barriada academicista caracterizada por las grandes casonas con portales de sillería, zócalos de azulejos, grandes escaleras de forja y espaciosos jardines, todo a tono con la riqueza que habían acumulado sus propietarios, casi siempre comerciantes de seda y terratenientes.

Durante el siglo XIX, y a pesar del estancamiento demográfico (7.500 habs. en 1857, 7.400 en 1900) el casco urbano siguió creciendo, tomando ahora como referencia la calle de San Carlos y su prolongación, travesía urbana de la carretera de Valencia a Madrid finalizada en 1847. Junto a ella fueron alineándose posadas, bodegas, almacenes, fábricas de harina, Cuartel de la Guardia Civil, Plaza de Toros (la primera en 1857, la actual en 1901) y, ya a comienzos del siglo XX, el Barrio Obrero (1910) construido a expensas del filántropo Bartolomé Ruiz de la Peña, y la Estación Enológica, cuyo edificio actual data de 1936. El ferrocarril llegó en 1885, dando lugar enseguida a una "avenida" de la Estación que se pobló de bodegas y almacenes.

Ya en el siglo XX y aprovechando su incendio durante la Guerra Civil, fue derribado el convento de San José, que taponaba el crecimiento urbano desde el Portal hacia el oeste. El Plan de Ensanche de Borso (1941) dibujó las grandes líneas de la futura expansión urbana, creando dos amplias avenidas: la del General Varela (hoy del Arrabal) y la de la Estación (hoy Lamo de Espinosa), que con el tiempo se convertirían en la zona de ensanche de Requena hacia el oeste. En torno a ellas se han creado zonas residenciales y se han levantado edificios públicos como el Mercado Municipal (que hoy alberga además una sala de exposiciones, varias aulas de cultura y la biblioteca pública), el nuevo Instituto de Enseñanza Media, el de Formación Profesional, el Parque Polideportivo, etc., todo lo cual ha contribuido a la confirmación del ensanche hacia el oeste y al desplazamiento hacia el mismo de la vida ciudadana. El Plan de Ensanche de 1988 intentó corregir esta polarización proyectando el crecimiento hacia el este, por la zona del Batanejo, ya parcialmente urbanizada, y por la Hoya de Reinas, conectando así en cierta medida con la Urbanización de San José, el Campo de Futbol y el Hospital Comarcal.

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