17 de noviembre de 2017
17.11.2017
Paisajes Valencianos

Montgó: El silencioso faro pétreo de la Marina

El imponente macizo fue declarado en 1987 parque natural extendiéndose sobre un área de 2.120 hectáreas, a las que se les añadió las 260 de la reserva marina del Cabo de San Antonio

17.11.2017 | 11:11
Montgó: El silencioso faro pétreo de la Marina

Un anillo de nubes enganchadas en la cima de una montaña próxima al mar, es una de las escenas que con más intensidad conservan en la retina los que viajan hacia la costa alicantina. Entre las poblaciones de Dénia al norte y de Xàbia al sur, el imponente macizo del Montgó se alza hacia el cielo de la nada, conformando una vertical alineación montañosa, aparentemente desconectada de relieves cercanos, pero actualmente ligada al Sistema Bético.

El macizo del Montgó se sitúa en el entrante de tierra al Mediterráneo más pronunciado de la Comunitat Valenciana, cuyos extremos más reconocidos son el cabo de San Antonio, al norte y el cabo de la Nao, al sur. Este espacio, de carácter rocoso, no se circunscribe exclusivamente a la alineación montañosa. Una plataforma desciende suavemente hacia el mar, pero al alcanzar la costa se torna vertical, dando lugar a una sucesión de acantilados y calas con pequeñas playas de gravas y cantos.

La singularidad estructural y ecológica del Montgó, la presencia de recursos culturales y patrimoniales y de unos asentamientos humanos que han articulado el territorio a lo largo de la historia, se integran en un paisaje cultural simbólico, el cual ha merecido la consideración de espacio natural protegido. En marzo de 1987 fue declarado Parque Natural por el gobierno valenciano, extendiéndose inicialmente sobre un área de 2.120 hectáreas, a las que se les añadió las 260 hectáreas de la Reserva Marina del Cabo de San Antonio.

No obstante, debido a los problemas vinculados a la presión urbanística, que ha puesto en notable riesgo la conectividad ecológica de este espacio natural, en el año 2002 el gobierno valenciano aprobó el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Parque, proponiendo un perímetro de 7.500 hectáreas, con el objeto de atenuar los efectos de los posibles impactos y de garantizar los flujos geoecológicos en el conjunto de la zona.


El Montgó, atalaya del Marquesat y del Mediterráneo


En el extremo nororiental de la provincia de Alicante, vigilando el recortado litoral del Marquesat de Dénia, el macizo del Montgó aparece como la última estribación de la Cordillera Bética. Esta alineación se alza entre las llanuras de Dénia-Ondara y la de Xàbia-Gata de Gorgos. Al oeste del Montgó, un corredor aprovechado por los ejes viarios, comunica ambas llanuras, al tiempo que marca la discontinuidad topográfica con los relieves béticos cercanos.

El macizo del Montgó presenta una disposición diferente a la del conjunto bético, del que forma parte. Efectivamente, en lugar de seguir una dirección noreste-sudoeste presenta una disposición oeste noroeste-este sudeste, con evidentes consecuencias ambientales (climáticas y ecológicas). Su altitud alcanza los 753 m. en el Cap Gros, localizado en el sector más oriental de la sierra; por su parte el resto de cumbres que coronan el macizo descienden de altura hacia el oeste, hasta alcanzar la Penya de l´Aguila, de 486 m. Por su localización en la prominencia de tierra que penetra en el Mediterráneo, por su orientación, por morfología y por su proximidad al mar, el macizo del Montgó proyecta una imagen muy reconocida, que ha constituido un hito visual a lo largo de la historia. Su elevada visibilidad, tanto desde tierra como desde mar adentro, fue aprovechada por viajeros y marineros en la adquisición de puntos de referencia con los que orientarse.

Al sur del gran óvalo que forma el golfo de Valencia, y al norte de los contrafuertes béticos, el macizo del Montgó se yergue en solitario, vertical y con imponentes cantiles que adquieren distintas tonalidades según la hora del día, como antesala de un litoral recortado y abrupto que presenta acantilados de hasta 150 m. de altura. Es el Montgó un enclave sólido, majestuoso, visible y reconocible desde la lejanía, que guarda secretos naturales, pero también interesantes manifestaciones culturales que nos proyectan un paisaje valioso de alta calidad ambiental, que deben ser consideradas como un recurso y un valor de los valencianos.

La estructura física del promontorio montano


El Montgó, los acantilados que desde las Rotas de Dénia acompañan al cabo de San Antonio y las pequeñas ensenadas ubicadas al norte y sur de este último son el resultado de la respuesta del roquedo subyacente a la combinación de una serie de procesos tectónicos y geomorfológicos. Estos relieves pertenecen a la Cordillera Bética y más en concreto al Prebético oriental. En su formación han intervenido procesos tectónicos de fracturación, elevación y hundimiento, quedando la sierra del Montgó sobreelevada respecto a las llanuras adyacentes. La acción de los agentes geomorfológicos externos sobre un roquedo predominantemente calcáreo, ha propiciado el modelado cárstico del macizo; éste genera espacios y formas de una gran belleza, algunos de los cuales han servido y sirven como refugio de la flora endémica, de la fauna e incluso del hombre.

La imponente montaña que se eleva y se recorta en el horizonte, destacando entre las llanuras adyacentes, presenta fuertes escarpes y laderas inclinadas que contrastan con las suaves pendientes de la plataforma que se extiende en la base. Ésta, constituida por calizas masivas y calizas margosas, es resultado de la erosión diferencial y se prolonga hasta el mar, finalizando en una costa acantilada. La variación de los niveles marinos y la alternancia de materiales de diferente resistencia explican la formación de estas plataformas de abrasión y el escalonamiento de los acantilados. La litología predominantemente calcárea del macizo, se manifiesta en la abundancia de formas cársticas. La disolución cárstica de la roca ha propiciado la formación de lapiaces, simas y cuevas como la Cova Ampla, la Cova de l´Aigua y la Cova Tallada.


El Montgó, enclave ecológico de primer orden


Dentro del clima mediterráneo el Montgó se sitúa en una zona de transición climática, entre el clima de llanura litoral lluviosa y el clima meridional seco. La prolongación de los relieves béticos desde el interior hasta la costa, favorece el ascenso de masas de aire procedentes del mar cargadas de humedad, que precipitan intensamente en este sector alicantino. La exposición prácticamente perpendicular del macizo del Montgó a las masas de aire, nos permite diferenciar entre la vertiente de barlovento y la de sotavento, también denominadas umbría y solana. Entre ellas se producen diferencias pluviométricas y térmicas, que influyen en las especies de flora presentes en ambas. Es característica la formación de un anillo o sombrero de nubes en la cima del Montgó, tras la condensación del agua transportada por las masas de aire marino, que cargadas de humedad ascienden al chocar con la montaña.

Las características fisiográficas y climáticas del espacio constituido por el macizo y su prolongación hasta los acantilados del cabo de San Antonio, generan variados ambientes de una notable biodiversidad: cimas, escarpes y cantiles, laderas a barlovento y a sotavento, barrancos que se encajan en la roca, campos de cultivo abandonados, costas y acantilados, fondos marinos€ Cada uno de estos ambientes alberga un ecosistema característico, con especies de gran interés botánico y faunístico. En un reducido espacio en torno a las 3.000 hectáreas, habitan algo más de 600 especies de flora diferente, organizada en distintas comunidades y formaciones vegetales, gracias a la variedad topográfica, las condiciones climáticas y la proximidad del mar.

Las formaciones vegetales más extendidas en el macizo del Montgó son un carrascal degradado por la intensa actividad antrópica, que ha sido prácticamente sustituido por un matorral arbolado, compuesto de coscojares con pino carrasco, lentisco, enebro, aladierno, palmito y diversas lianas, y de romerales acompañados de aliaga, brezo, albaida, tomillo, lavanda, jara y algunos endemismos como la Centaura rouyi y la correhuela valenciana (Convolvulus valentinus), ligados a zonas más pedregosas.

En las laderas abancaladas, el abandono de la actividad agrícola está favoreciendo la recolonización de estos espacios por la vegetación natural. De este modo, es frecuente observar cómo el matorral invade las terrazas y engulle antiguos frutales de secano como el algarrobo, olivo y los almendros. Otras formaciones presentes son los pastizales, los cuales se componen de herbáceas, que se intercalan entre los coscojares y los romerales. Algunas de las especies más representativas son el listón (Brachypodium retusum), el Teucrium pseudochamaepitys, la Arenaria montana, el lino de flores azules (Linum narbonense) y la oreja de liebre (Phlomis lychnitis).

Destacan por su singularidad las formaciones vegetales localizadas en los cantiles y pedreras del Montgó y en los acantilados en torno al Cabo de San Antonio. Estos enclaves constituyen un auténtico biotopo singular por la escasez edáfica, inestabilidad, verticalidad, rasgos microclimáticos e influencia marina. Estas especiales condiciones propician especies endémicas, algunas de ellas relictas que se hallan amenazadas y que por tanto deben ser protegidas.

En los cantiles del macizo hallamos formaciones rupícolas, que ocupan las repisas y grietas en la roca. En las zonas de umbría está presente la sabina negral y el palmito, acompañadas de espino rastrero, lentisco y efreda. Algunos de los endemismos son la herradura valenciana (Hippocrepis valentina), la Biscutella montana, la Linaria Cavanillesii, la Crepis albida, la Melica minuta y la Silene hifacensis. Otras comunidades presentes en los cantiles son las de Sarcocapnos saetabensis y las de Sanguisorba ancistroides. Por su parte, en los paredones de la solana las comunidades más representativas son Chaenorrhium crassifolium y Teucrium hifacense.

Respecto a las formaciones que ocupan los acantilados marinos, destaca el hinojo marino, la siempreviva y endemismos como el Limonium supinum, todas ellas adaptadas a unas duras condiciones, derivadas de la alta salinidad, la influencia del oleaje, la verticalidad y la ausencia de suelos. Pero la riqueza ecológica no se limita al área emergida. A los pies de los acantilados, el fondo marino alberga distintas comunidades bentónicas con distintas especies de algas y las praderas de Posidonia oceanica.

En cuanto a la fauna de este espacio destacan rapaces como el halcón peregrino, el cernícalo, el águila perdicera y el búho real, además de otras aves como las gaviotas, el vencejo real y el común, la chova piquirroja, el cuervo, la pardela pichoneta, el verdecillo, el jilguero y el gorrión entre otros. Los reptiles también están presentes en el macizo y acantilados. Ejemplo de ello son la lagartija colilarga, la culebra bastarda, el lagarto ocelado y el eslizón ibérico. Los mamíferos están representados por murciélagos, roedores, conejos y carnívoros como el zorro y la gineta.

De los poblamientos prehistóricos a los asentamientos turísticos


El área que comprende el Parque Natural del Montgó y que abarca, además del perímetro estricto del parque, zonas ligadas las llanuras de Dénia y Xàbia, cuenta con la presencia de elementos representativos de distintas culturas y civilizaciones: íberos, romanos, musulmanes, cristianos€ La visibilidad excelente de esta atalaya natural, su clima mediterráneo, y la presencia de refugio y de alimento, propiciado por las numerosas cuevas presentes ha favorecido una presencia humana continuada en el tiempo. Los restos más antiguos fueron hallados en la Cova Ampla, datados del Paleolítico Superior. En este yacimiento también han sido hallados restos arqueológicos neolíticos, como restos de cerámica y utensilios, lo que indica una continuidad del asentamiento, que se prolonga en el Época del Bronce. De este periodo son las pinturas rupestres de la Cova del Barranc de Migdia y algunos restos materiales del Tossal de Santa Llúcia y en les Coves Santes.

La cultura ibérica quedó representada en la zona gracias a los restos de los poblados de l´Alt de Benimaquía y del Pic de l´Àguila. Estos yacimientos han permitido estudiar los modos de vida de los íberos del Montgó, así como sus relaciones con otros pueblos como los fenicios y los romanos. Con la fundación romana de Dianium, a partir de un puerto tardo-republicano, el Montgó pasa de ser el centro de la vida urbana, a un entorno o marco de la misma destinado a los aprovechamientos rurales. Se implantan villas rústicas que funcionan como centro de producción agrícola, en algunos casos hasta el siglo V y siglo VI dC.

La ocupación islámica impulsó la vida comercial de la ciudad de Denia gracias a su puerto. Los musulmanes cultivan en las faldas del "Monte Caon", denominación de la que se derivó el topónimo Montgó, higueras y viña. Tras la Reconquista, la base oriental del Montgó conocida como les Planes es ocupada por religiosos, que fundan además de la orden de los Jerónimos, un monasterio. Éste fue trasladado tras un ataque pirata en el siglo XIV, y en su lugar se construyó la ermita de la Mare de Deu dels Àngels. Otras ermitas forman el patrimonio cultural del Montgó; éstas son las ermitas de Santa Llúcia de Dénia, Santa Llúcia de Xàbia y la ermita del Pòpul, la ermita de Sant Joan y la ermita del Pare Pere.

En el siglo XV se constituyó el Marquesat de Dénia y la ciudad se convirtió en una importante plaza portuaria del reino. Ante la amenaza de los ataques piratas, se construyeron para la vigilancia del litoral torres vigías, de las cuales sólo se conserva en el perímetro del Parque Natural la torre del Gerro. Otros dos episodios históricos tuvieron repercusión en el Marquesat de Dénia. En primer lugar, la expulsión de los moriscos de principios del siglo XVII. Los puertos de Dénia y de Xàbia se convirtieron en lugar de embarque de más de 40.000 moriscos de las zonas de interior. En segundo lugar la Guerra de Sucesión, que tuvo lugar a principios del siglo XVIII. Con el objeto de conquistar la ciudad, los campos circundantes fueron arrasados por el ejército de Felipe V.

El cambio paisajístico experimentado en el entorno del macizo del Montgó arrancó en el último tercio del siglo XX, con motivo del desarrollo de la actividad turística. Previo a ello, una economía en torno a la agricultura, la pesca y el comercio fijaron parte de las estructuras del paisaje. Las zonas de pendiente favorable de laderas del Montgó y les Planes fueron abancaladas con fines agrícolas, como ponen de manifiesto los restos aún visibles de ribazos de piedra seca. Los cultivos dominantes eran los secanos, especialmente algarrobos, higueras, almendros, olivos, cereales y viñas. La caída del comercio de la pasa, impulsó al Ayuntamiento de Dénia a poner en cultivo nuevas tierras. Las laderas se parcelaron y se arrendaron para el cultivo de uva de mesa. Sin embargo, la crisis de los años 30 provocó el abandono de los cultivos.

Como resultado del abandono de las prácticas agrícolas, tuvo lugar a mediados del siglo XX, un proceso urbanizador sobre estas antiguas parcelas, con un "efecto llamada" sobre los turistas europeos. Un paisaje con unos valores escénicos, ecológicos y culturales excepcionales, un clima cálido de veranos secos y la presencia del mar Mediterráneo son un reclamo turístico no exento de problemas. Los incendios forestales y la presión urbanística han puesto en grave peligro los valores ecológicos y paisajísticos del macizo del Montgó. Un mar de segundas residencias, chalets y adosados conectados por viales y carreteras, se extiende en sus faldas, fragmentando la conectividad biológica del Parque Natural. Otras actividades complementarias del turismo residencial y ligadas al ocio, también suponen una problemática añadida a este espacio. Ejemplo de ello son algunas prácticas deportivas o la propia masificación de visitantes al Parque.

Jorge Hermosilla y Emilio Iranzo trabajan en el Departament de Geografia de la Universitat de València

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook