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Comer sin Milongas
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Blog Comer sin Milongas - Rafael Viguer

Rafael Viguer

Editor de comersinmilongas.com

Sobre este blog de Gastronomia

Además de anotar experiencias en barras y restaurantes, especulo acerca de las "milongas" que se cuentan en el mundillo gastronómico valenciano.


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  • 25
    Octubre
    2012

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    Por qué lo peta Lambrusquería

    Una realidad que debería servir de reflexión; los guiris en Valencia entran en restaurantes italianos más que en ningún otro tipo de local. Lambrusquería ofrece el mejor ejemplo. Es con diferencia el restaurante más populoso y frecuentado de la milla de oro del ensanche valenciano, Conde Altea. ¡Y mira que tiene competencia!   

    ¿Cuál es su secreto? ¿Su excelencia gastronómica? ¿Su original y sofisticada oferta...?      

    Es su atmósfera, la chispa italiana para crear espacios acogedores y cálidos. Todo parece dejado caer, muebles arrumbados, mesas y sillas desvencijadas, botellas recicladas en portavelas, espejos deslustrados, maceteros que cuelgan de enrejados... todo les queda de puta madre.  

    Y un asunto que los restauradores de aquí no captan -los interioristas tampoco, quizás por éso se les llame interioristas-; El límite entre el fuera y dentro se desdibuja, el local es una extensión de la propia calle. Todo invita a entrar y sentarse, casi sin querer, con suma naturalidad... y claro, gente llama a gente, no importa el día que sea, el resultado es un ambientazo espectacular.

          

    Claro está que el precio de su menú por 6'95 € influye (no entra ni bebida). De primero, alguna de sus ensaladas. La caprese, la siciciana, la depurativa, o incluso alguna sopa. Y de segundo, se podía elegir entre pasta con tomate y pesto, lasaña de verduras y un par de platos más que no recuerdo.

    El caso es que me llamó la atención una pizarra dónde aparecía escrito el "Plato del día"; "Pasta casera con pulpitos. Incluye postre, fruta o café por 8'90 €". Le pregunté a la camarera cómo era posible que un solo plato fuera 2 € más caro que el menú.

      

    La explicación fue que el plato del día estaba elaborado con pasta fresca e ingredientes -en este caso el pulpito- de más calidad. Así que me decanté por esta opción.

    Mientras me lo servían pedí una copa de tinto, un rivera llamado López Cristobal me dijeron, porque la botella ni la vi. Pues estaba francamente agradable. Y allí esuve unos minutos dando sorbitos, contemplando plácidamente a la gente, a las chicas guapas que pasaban -y se quedaban-, disfrutando de ese ambiente que la mayoría de restaurantes son incapaces de propiciar.

    El plato de pasta fresca con pulpitos se presentó sugerente, aromatizado con especias varias, contundente... Enrollé con ganas la pasta en el tenedor y disfruté del primer bocado, del segundo, y de unos cuantos más. Pero cuando iba por mitad del plato, me desfondé...

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