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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Valencia

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 27
    Julio
    2011

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    EL ALBERGUE TRAS LA NIEVE


    .

     

    Durante algunos años Yukio Mishima fue uno de mis escritores favoritos. Él y Kawabata significaban el exotismo y la novedad de un mundo desconocido que iba siendo transitado a base de novelas, haikus y pinturas vistas en viajes hacia el deseo. Y finalmente gracias a la cocina y una manera muy concreta y rígida de concepción de la vida..

    Mishima era todo un personaje, y su suicidio mediante el seppuku conmocionó mi visión del artista en aquellos años de mi aprendizaje, cuando el mundo era todo sorpresa, y los poemas Gil de Biedma o Ferrater  era faros de luz espesa que abrían los intrincados caminos de la juventud . Aún recuerdo ir a comprar sus obras a la pequeña librería  de María, en Alfonso X,  o de buscar sus libros en las salidas que hacía a  un Madrid entre tardofranquista  y “enamorado de la moda juvenil”. O la calurosa tarde que, estando en Barcelona, en el verano del 85, ¿o sería en el 86?, y ya metido de lleno en la vida de cocinero profesional, trabajaba orgullosamente en El Dorado Petit de la calle Muntaner junto al maestro Jean Luc Figueras, me acerqué hasta una sala de cine de la Diagonal, a ver la película que sobre el escritor habían producido Coppola y Lucas, y dirigido por el talentoso guionista/director Paul Schrader.

     “Después del banquete” es una historia de amor fallido entre la dueña del exitoso restaurante “el Albergue tras la nieve” (Setsugoan),  Kazu Fukuzawa, y el antiguo diplomático Yuken Noguchi. Una historia donde apreciamos la complejidad de maneras de entender la vida, los deseos y sus limitaciones, los principios morales y los conflictos por la existencia.

    Mishima nos coloca ante tesituras poco corrientes para nuestra sociedad occidental. Junto al desarrollo de un menú, donde podemos encontrar “Miso blanco con champiñones y cuajada de semillas de sésamo. Rodajitas finas de clamar en salsa aliñadas con perejil y limón. Raño en calado de almejas rojas, pimientos dulces y limón. Zorzales asados en salsa china, bogavante, vieiras, nabos en adobo, cogollos de regaliz. Pato y cogollos de bambú cocidos con pasta de arrurruz. Dos carpas pequeñas con lubina asada en sal con limón. Pudin de castañas con cogollos de helechos y ciruelas en adobo. Para con concluir con fruta y pasteles japoneses espolvoreados de té verde” nos detalla como será el quimono que llevará esa noche la protagonista: “violeta y gris, de pequeños dibujos, con un obi teñido en púrpura oscuro de una sola banda de crisantemos formando rombos”. La vida controlada y ritual de un Japón que se niega a variar sus tradiciones frente al asedio de la modernidad de un mundo destinado a transformar todo. Con el consiguiente drama. Con la consiguiente inestabilidad de muchos espíritus que se negaban a aceptar esos visibles cambios considerados traiciones.

    De la misma manera que la aparente sencillez de la minimalista cocina japonesa encierra procedimientos rigurosos, el mundo que recrea Mishima muestra las interioridades de una complejísima sociedad ante la que se nos queda cara de asombro por sus formalismos, estructuras, dobleces y ritos. No estamos ante una novela moral, estamos ante un mundo intranquilo, donde el sosiego no acaba nunca de llegar.

    Jardines cuidados. Cortes perfectos cuando tratamos los pescados, ceremonias que se transmiten. El mundo es mucho más amplio y complejo de lo que podemos pensar. Pero nunca carente de interés.

    Acercarse a Mishima es entrar en contacto con la mejor de las literaturas. Y los jardines siempre pueden reconstruirse, aunque nunca serán como antes. Por más que cada cosa ocupe su anterior espacio.

     

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