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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Valencia

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 25
    Julio
    2011

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    NO ES BUEN MOMENTO EN LA HISTORIA DE LA COCINA INGLESA

     

       

     

    Pocas veces me he encontrado con que un autor, Ian Mcewan,   en apenas unas líneas narrando una cena, además de ser la de la noche de bodas de Florence y Edwar, jóvenes y perdidos personajes de esta delicada y triste novela, expresara tanto abatimiento personal, generacional, social y temporal.

    Chesil Beach es un playa de guijarros y el título de una novela tremenda y ácida. Y los años sesenta en los que transcurre , 62 concretamente, aún representaban un tiempo donde no habían parecido aún los Beatles, seguía censurado “El amante de Lady Chatterley” de D H Lawrnce,  Inglaterra había empezado a follar, y ser joven era un obstáculo social.

    La cena se inicia con una rodaja de melón con una guinda, una. Un buey loncheado con una “salsa espesa (de harina de maíz), verdura demasiado cocida y patatas azuladas”. “Un bizcocho al jerez, queso cheddar y bombones de menta” y un vino francés tinto “que no mencionaba ninguna región en la etiqueta”. Era una época de normas estrictas y tácitas. Donde la gran revolución ni se solaba. Y donde aún no había nombres, culinariamente, como Heston Blumenthal o Nuno Mendes.

    Mi recuerdo de Londres está demasiado perdido en el tiempo.  No había ni visitas a restaurantes, ni peregrinaciones a enotecas, ni búsquedas de panaderías que pudieran abrirme una visión novedosa sobre una parte de las cosas que más me interesan hoy. Los mercados que visitaba no eran los que ofrecían frutas, verduras o productos lácteos, sino muestras del mundo en su amplia diversificación y en montañas de objetos de segunda mano.

    Era el Londres de los 70, y ya había tiendas punk que vendían eslonages irónicos sobre la monarquía.

    El pasado tranquilo de la estudiante de música y violinista Florence, con madre filósofa y padre amante de las navegaciones por el Canal de la Mancha, se cruzan con el descamisado Edwar, de madre enfermiza  a causa de un accidente con la puerta de un tren, que nunca terminaba los cuadros que iniciaba y repetía sus platos aunque los anunciaba como nuevos y de padre profesor que se tomaba los domingos como días propios.

    Pasados diversos que envuelven el desastre de un encuentro nupcial que no llega a consumarse. Y allí, mientras la huída de la histérica Florence la llevará hasta los guijarros de la playa, están presente los restos de la cena, los restos de una gastronomía que estaba muy lejos de su mejor momento y que vivía de los coletazos de una historia acomodada, repetida pero que en ningún momento podría asemejar apetecible y sabrosa.

    Dos personajes con formaciones musicales y gastronómicas distintas tiene muchas cosas descubrirse. Uno puede no conocer ni” las berenjenas, ni los pimientos verdes o rojos, los calabacines o los tirabeques”, ni haber probado el “muesli, aceitunas, pimienta negra fresca, pan sin mantequilla, anchoas, cordero poco hecho...pisto, salchichón, bullabesa…” pero puede enamorarse de alguien cuyo hogar  está “en la vanguardia de la revolución culinaria”. Pero ¿basta el amor para poder realizar la placentera unión deseada? ¿Tenemos todos la paciencia y el amor necesario para navegar en el tiempo?

     

     

     

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