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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Valencia

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 28
    Julio
    2011

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    Y ES QUE EL LOBO NO SIENTE COMPASIÓN POR EL REBAÑO

     

      

     

    Devorar o ser devorado, esa es la cuestión. La fuerza del depredador. En este caso  el de cocinera devora al mundo, pero literalmente, sobre todo al mundo masculino.

     Dice Mercedes Castro que “las personas guapas miran al mundo de otra manera”. Teté, la chef protagonista de su novela Mantis, es una “pijaza”  con una educación maternal tremenda, que han determinado que la triunfadora Teté consiga atraer a mucha gente hasta la mesa de su local, hasta su interior más privado, para luego…Para luego la tal Teté dejarnos dicho, desde apenas el inicio de la obra que ella “en ocasiones me como a personas con patatas”. El juego está presentado, ahora se trata de saber si esta novela de casi 300 páginas, y escrita abiertamente para un público femenino, desde una óptica muy femenina, logra mantenernos fieles a sus líneas, a su trama, no únicamente al sector femenino, sino además al sector masculino que también lee.

    Castro cree, y no le falta razón que en la cocina hay “creatividad y marketing, ocio y negocio”. Pedo además en cocina hay cierto canibalismo: “cocinero come cocinero”, y si no que se lo digan a esos cazadores de portada, que en los últimos tiempos persiguen, ya sean críticos o cocineros, una notoriedad que en silencio estaría mejor ganada.

    ¿Quieren ustedes una receta caníbal? Croquetas de arroz con leche y carne picada: “Su truco residía en aromatizar el arroz y la leche con nuez moscada y añadirle huevo batido antes de retirarlo del fuego, con lo que adquiría la consistencia de una masa que mezclaba con la carne troceada, salpimentada y aderezada con clavo, cilantro, un toque de pimienta, tomillo y romero y a la que añadía un puñado de pasas engordadas con vino dulce y ralladura de media naranja”. Ambivalencia culinaria. Si a usted le sobran unos cuentos muertos, esta manera de utilizar la carne puede ser un buen remedio para ir deshaciéndose de ella. A la chef Teté le ha ido muy bien, bueno a Teresa Sinde, “el Valverde se lo dejo a mamá”.

    Hablamos de la maldad buena, o de cómo personajes que practican acciones absolutamente reprobables, se convierten en seres con los que el lector conecta. Esa necesidad gamberra de apoyar a quien gusta de romper el orden establecido, siempre que esa ruptura vaya hacia personajes que evidencian alguna malsana arista.

    Teresa Sinde dice que viene “de un mundo raro, que no sé del dolor que triunfa en el amor, y nunca he llorado”. Todo un espíritu muy similar a ese personaje de la serie televisiva Dexter, donde si el forense mata para librar al mundo de forajidos que no han llegado a ser cazados por la justicia, nuestra cocinea estrella mata para liberar al mundo de determinados idiotas que nada pierde el universo con su desaparición.

    Es divertido encontrar, en la obra culinaria que practica Sinde, esa idea de “platos efímeros” que solamente se cocinan un día y jamás luego vuelven a ser cocinados. He conocido alguna cocinera que estuvo en el firmamento que jugaba así. Embelesos sensoriales únicos. Estéticas vacías. Nombres universales que no dicen nada.

    Devorar para impedir que nos devoren. Leer para negar ser leídos. Cocinar para impedir que nos cocinen. Situarnos ante el mundo en una posición desde la que sintamos que podemos ejecutar nuestras mayores y más absolutas locuras. El resto puede ser silencio, el entrechocar de cubiertos de plata anuncia el final de la comida. Ahora viene el tiempo de la sobremesa, el de la meditación, el de los intercambios. Cada uno que los practique como cree que deba hacerlos. Y si hay que afilar cuchillos, que se afilen.

     

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