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patricio simó gisbert

Aprendiz de mucho, maestro de nada.

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No pretendo en absoluto sentar dogma de nada sino sencillamente dar mi opinión sobre lo que va ocurriendo en el mundo, desde una óptica muy personal y a ser posible amena. Si lo consigo: estupendo; si no, seguiré intentándolo.


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  • 12
    Abril
    2014

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    Sin perdices y me temo que por mucho tiempo

     

     
    Llevo varios días en el campo y, por fin, he conseguido ver una perdiz. Solo una. Ya ven. Ni si quiera una pareja. En esta época del año antes era normal encontrarte con varias parejas de patirrojas correteando entre viñas o campos de cereal.  Muchas veces tenías que frenar en la carretera cuando te encontrabas con un bando para no pisarlas y llevártelas por delante. Ahora que el cereal está  empezando a granar es el mejor momento para verlas. Luego, la siembra está alta y ya es más difícil.
    Me he cruzado con ella en dos ocasiones por el camino que sube a Casa El Rull. La primera mientras subía con el tractor. La otra al cabo de los días cuando bajaba. Iba apeonando por el camino alquitranado para luego perderse por el campo de olivos. En un principio, pensé que se trataba de una pareja y que a lo mejor la hembra estaba echada en el nido cobando, pero mi buen amigo Juan Carlos Bataller me sacó de dudas y me confirmaba que la ha visto un par de veces y siempre sola.
    Fontanars dels Alforins ha sido una zona muy buena para la caza menor y en concreto, para la perdiz. Aunque haya que remontarse mucho tiempo atrás para recordarlo.
    Los más viejos del lugar son los que más anécdotas pueden contarnos sobre la actividad cinegética de aquel momento. Aquello ya es historia.
    Vicente Calatayud, el casero que teníamos en la finca, y que desgraciadamente falleció hace unos años, me contaba, que cuando salía de casa siempre regresaba con media docena de patirrojas colgadas en el cinto. Los bandos se contaban por cientos.
    Las cosas entonces eran muy diferentes a las de ahora. A penas había cazadores. Si echamos un vistazo a los socios que tenía la sociedad es más que probable que no sobrepasaran la media docena. La munición era escasa y cara. Uno se lo tenía que pensar dos veces antes de apretar el gatillo. A los tordos no se les tiraba. Gastar munición en un pajarillo era cosa de locos. Había pocos coches. Las carreteras eran infames. Había que recorrer muchos kilómetros y pasar muchas horas en el coche hasta llegar al coto.  Las escopetas de entonces, paralelas la mayoría, no tenían nada que ver con las de ahora, mucho más precisas, ligeras y sofisticadas. Tampoco los cazadores. Ahora la gente entrena. Se prepara físicamente. Va a los campos de tiro a tirar al plato o a practicar con los recorridos de caza. Dispara mucho mejor y es más certera.
    Todo ello y otros muchos factores como plaguicidas, alimañas, mecanización del campo, las repoblaciones incontroladas con perdiz de granja o condiciones climatológicas adversas han contribuido a que poco a poco la perdiz vaya desapareciendo de nuestros montes. Confiemos en que no se convierta en un ave en peligro de extinción como pronostican algunos. En nuestras manos está que esto no ocurra.
    En primer lugar devolviendo a la perdiz su hábitat natural que le hemos arrebatado como consecuencia de una agricultura sumamente agresiva con el medio ambiente donde la química y el laboreo mecánico del campo son totalmente incompatibles con una especie que a pesar de todos estos avatares milagrosamente subsiste.

     

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