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josep antoni mollà soriano

Encara que soc mestre titolat, "profesor de E.G. B.", deia el paper, i he treballat a Correus, el periodisme de "corresponsal", al Noticias al dia dirigida pel mestre J. J. Pérez Benlloch, i després la del Levante, fins que funde en 1987 "Crònica" per a la Vall, mentre ...

Sobre este blog de Comarcas

En este Blog tenen cabuda les meues col.laboracions setmanals a l'edició vall d'albaidina d'este diari: "El mirador del Benicadell" i "la noticia de la setmana a la Vall Blanca". També aniran caent altres escrits amb punts de vista i assumptes diferents, que puga ...


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  • 19
    Diciembre
    2014

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    La memoria ontinyentina, 75 años después

    En un reciente artículo, publicado por la revista vecinal el Llombo, de Ontinyent, sobre una parte oscura de la historia ontinyentina, a cargo del investigador local Guillem Llin, titulado “Setanta-cinc anys després: Ontinyent, el poble sense memoria”, rememora un espeluznante episodio acontecido el día 15 de diciembre de 1939.

    Y es que el pasado lunes se cumplían 75 años del  fusilamiento de trece ontinyentins, en las tapias del cementerio de Ontinyent. Fue un día trágico, como pocos, en la historia de la población. Consecuencia de los más deleznables bajos instintos humanos. A tenor de lo que cuentan las investigaciones afloradas, fue más un  absurdo ajustes de cuentas, recurriendo al ojo por ojo, manifiesto en una voraz sed de sangre, con la que el bando rebelde a la República, y vencedor tras la guerra   civil de 1936, provocada por el golpe militar del general Franco, quiso mostrar sus ejemplarizantes señas de identidad.

    Según los hechos, que Llin sitúa en el libro de Josep Gandia 'Mort i repressió a Ontinyent (1936-1944)', en aquel 1939 la ciudad volvió a celebrar sus fiestas de Moros i Cristians, interrumpidas durante los tres años de guerra. Sin embargo en dos días tan señalados de las fiestas como el viernes 25 de agosto, día de la Entrada, y el sábado 26, día de la Baixada del Crist, el nuevo régimen quiso dejar su impronta celebrando sendos consejos de guerra, en el salón del ayuntamiento y en sesión pública.

    Las sentencias resultantes, totalmente arbitrarias y sin ninguna garantía legal, por parte del tribunal franquista,  apelaban a irrisorios delitos como el de 'adhesión a la rebelión', cuando en  realidad se trataba de personas que habían permanecido leales a la República. Por toda prueba, en aquella parodia de juicios, valía y era suficiente una palabra de algún afín al golpe militar. Aunque no hubo pruebas de sangre en ningún caso, la decisión del tribunal fue inapelable,  14 condenas de muerte (aunque una fue     conmutada, según G. Llin) y una condena de 30 años de prisión.

    Fue aquel un tiempo de bajas pasiones, donde el ardor de cruel venganza empezó a germinar dentro de muchas vísceras con mando en plaza. Fue el caso en el que conviene detenerse, por no haber recibido aún la suficiente luz escrutadora. Sucedió al llegar el mes de octubre, sin que las condenas a muerte aludidas se hubiesen ejecutado. Cuando una irracional impaciencia empezó a apoderarse del primer gobierno municipal franquista, al frente del cual figuraba como alcalde Luís Mompó. Dicha demora les provocó una ávida sed en la aplicación de “su justicia”. Por ello se convocó “la primera reunión conjunta de los componentes de la Comisión Gestora Municipal de Ontinyent”, cuyo tercer punto rezaba así: 'Sentencias contra los rojos'. Obviamente el pronunciamiento fue desalmado y demoledor contra los reos ontinyentins: “ante las referencias que se tienen acerca del retraso o aplazamiento en el cumplimiento de las sentencias dictadas…todos los reunidos se muestran de acuerdo de que por los Sres. Alcalde y Jefe de Falange se interese de la Superioridad el cumplimiento de las penas impuestas, …”. De la saña de aquel gobierno municipal, cuya relación, así como la de fusilados, son  citados por Llin en su  artículo, cabe extraer dos nombres, que por rotular dos calles ontinyentinas, deberían ser cuestionadas por el gobierno municipal democrático. Caso de José Gironés Valls y, muy especialmente, Daniel Gil Casanova. Un personaje para la polémica donde los haya, por su popularidad como presidente de la Societat de Festers, de la Purísima, Caixa Ontinyent o del Ontinyent C. F., quién al parecer también  cultivó la amistad del alcalde de la República Paco Montés. Sin embargo su firma en el aludido y siniestro documento, emerge como una mancha miserable en su currículo. Por ello cabe preguntarse, como hace G. Llin, “ Fins quan?”.

     

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