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El Blog de Josep Antoni
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josep antoni mollà soriano

Encara que soc mestre titolat, "profesor de E.G. B.", deia el paper, i he treballat a Correus, el periodisme de "corresponsal", al Noticias al dia dirigida pel mestre J. J. Pérez Benlloch, i després la del Levante, fins que funde en 1987 "Crònica" per a la Vall, mentre ...

Sobre este blog de Comarcas

En este Blog tenen cabuda les meues col.laboracions setmanals a l'edició vall d'albaidina d'este diari: "El mirador del Benicadell" i "la noticia de la setmana a la Vall Blanca". També aniran caent altres escrits amb punts de vista i assumptes diferents, que puga ...


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  • 28
    Julio
    2012

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    PONGAMOS NOCHE, POLICÍA, VECINOS...

     Pongamos que hablamos de Ontinyent. Pongamos que algunos de los pocos y briosos empresarios de la hostelería nocturna de esta urbe, inventan, elucubran y se resisten a marchar a otras ciudades de la geografía, con el ánimo de conseguir que Ontinyent no sea la mera ciudad dormitorio a la cual parece abocarla la fatalidad.

    Pongamos que pasada la hora de las brujas, una fruslería en los tiempos que corren,  aparece un policía municipal, que piensa para sus adentros que el mejor agente, o juez, para el caso “tan si val”, es el que aplica la norma a rajatabla, confundiendo leyes con justicia. Pongamos que dicho reparto escénico, salta a las tablas el policía, con su gorra cuadrada y blandiendo leyes que, a la postre, se mire como se  mire, solo son del color  del horizonte al que se otea. Entonces va y se dirige a estos empresarios,  tal cual fueran delincuentes, a través de ademanes y de una oratoria impropia. Pongamos que el agente parece ignorar la contrastada buena reputación de ambos patronos, sustanciada en un acreditado historial profesional. Pongamos que, ni corto ni perezoso, les conmina a que le den morcilla a la razón  de su tarea laboral, y  que sacrifiquen, en nombre del rígido reglamento que intenta imponer, su prioridad. Pongamos que el agente, por esta vez solo esgrime voces intimidatorios, con el fin que envíen a la posible clientela a dormir, ¡que ya está bueno!, mediante el expeditivo recurso de “tancar la paraeta”. Para algo los  tiempos están cambiando, al parecer en dirección contraria.

    Pongamos que ante cualquier llamada telefónica al retén policial, procedente de un presunto ciudadano, haciendo presuntas imputaciones, contra algún responsable de un negocio nocturno, acusándole de alguna trasgresión legal, el policía, pongamos que acude veloz al supuesto escenario de la ilegalidad, seguramente sin tomar las cautelas debidas, respecto a la identidad del denunciante, por si las moscas y por si ha podido incurrir y en un posible simulacro de delito. A veces hay ciudadanos que, amparándose en el anonimato, cargan las tintas y hostigan a todo vecino que se mueve, y si es con la complicidad del brazo armado de la ley, mejor que mejor.

    Como ruido de fondo, en estos asuntos, pongamos que suele aflorar la contaminación acústica, un debate vivo e irresoluto, “per tot arreu”, acerca de la calidad de vida de los ciudadanos (un paquete que incluye en su oferta de verano vehículos a caballo de dos ruedas). Una cuestión que precisa de medidas personalizadas, dada la complejidad de su solución. Tanto para el ciudadano que reclama dormir en hora y tiempo, sin sonidos o ruidos (aunque algún ciudadano imprudente quiere que lo pille el toro y, por eso, le abre las ventanas de par en par, mientras duerme), como también está el que demanda su tiempo y horas de ocio, sin necesidad de salir de la urbe, ni en coche, donde van los Vicente y, a mayor abundancia, que el espacio, terraza, etc., esté al cabo de la calle.

    Como contraste urbano ontinyentí, pongamos que ahí están los locales de comparsa,  que constituyen auténticos guetos, en los que ondean banderas de cierta permisividad y tolerancia (sobre todo en lo tocante a impuestos o tasas, en concepto de bar, restaurante, discoteca, salón de comuniones, bautizos, etc.). En las calles o plazas, donde se levantan sus sacro santos locales, priman sus normas y prioridades. Ello quiere decir que si algún vecino del local festero, esgrimiendo enfermedad, cansancio o vida de single, osa parquear su vehículo en el lugar reservado a la sagrada cena, aunque falten dos o tres horas para el venerable rito del “sopar”, sabe bien que será cebo de la grúa municipal. Tras la penuria, si quiere recuperar su utilitario, deberá pagar un peaje de unos 120 euros, más lo que cuelga. En  definitiva se trata de conjugar derechos.

     

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