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ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO
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Alberto Soler Montagud

Apasionado por la música. Soy un ferviente mahleriano aunque también un enamorado del jazz clásico que no renuncia a otras músicas siempre que lleguen a emocionarme. Me gusta tanto leer como escribir y a veces hasta crear una singular obra gráfica de la que he hecho varias exposiciones. En octubre d...

Sobre este blog de Comunitat

Este blog nace para que afloren algunas de mis inquietudes y mantiene una ventana abierta para que los seguidores plasmen libremente las suyas.


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  • 20
    Febrero
    2013

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    EL PAPA NO HA DIMITIDO

    El Papa Ratzinger no ha abdicado (como podría hacer Juan Carlos I), ni tampoco ha dimitido (como a algunos les gustaría que hiciera Mariano Rajoy). Simplemente ha ‘renunciado’ a seguir en su cargo sin que nadie tenga que dar el visto bueno, aceptar su decisión ni tampoco cuestionarla. Esto es posible en base al canon 332. 2 del Código de Derecho Canónico, algo a lo que los papas no nos tienen acostumbrados (el último en renunciar fue Gregorio XII, a principios del siglo XV) por su propensión a seguir en sus puestos aun en unas condiciones físicas y mentales deplorables.

     

    Al comprobar como los medios conceden a la dimisión papal un tratamiento informativo superior al que recibiría cualquier otro líder religioso de cualquier otra secta o creencia, una vez más me cuestiono el por qué de tan gran repercusión mediática de las noticias relacionadas con el catolicismo y llego a una serie de conclusiones que intentaré resumir:

     

    1.    El catolicismo lo profesan más de mil millones de fieles esparcidos por los cinco continentes.

    2.   El catolicismo ha propagado, con gran habilidad, la creencia de que el Papa es el vicario de Cristo en la tierra y que tal condición le hace acreedor de un especial trato protocolario por parte de la diplomacia internacional. Así, independientemente de que Dios exista o no, al sucesor de Pedro se le trata con rango de Vicario de Cristo, como si el mismo Dios lo hubiera designado  para ocupar en la Tierra, de modo indefinido, el puesto que dejo su Hijo vacante al ascender a los Cielos.

    3.   El catolicismo, a través de su jerarquía, ha sido muy  sagaz al saber convertir en Estado a la Ciudad del Vaticano y hacer del Papa el Jefe de Estado del país más pequeño del mundo, y por ende, que en el organigrama protocolario internacional ocupe un eslabón infinitamente superior al de cualquier líder religioso al uso.

    4.   El catolicismo proclama la infalibilidad del Sumo Pontífice cuando habla ex cathedra y la imposibilidad de que el papa se equivoque cuando dogmatiza en cuestiones de fe y de moral. Esta circunstancia no pasaría de ser una anécdota irrelevante (por oponerse a la lógica racional) de no ser porque ciertos grupos sociopolíticos ultraconservadores, desde sus respectivos foros y partidos políticos, incitan a que los obispos intervengan con descaro en temas que sociopolíticamente deberían serles ajenos y quedar relegados a los púlpitos. Son  temas tan delicados como el aborto, el matrimonio y adopción entre parejas homosexuales, el control de la natalidad, la reproducción asistida, la eutanasia y tantos otros en los que los voceros de las Conferencias Episcopales y sus acólitos confunden ética y moral y consideran solo como verdadero lo contenido en el dogma católico.

    5.   Ya por último, el catolicismo siempre se ha valido de unas depuradas técnicas de proselitismo y de marketing que a lo largo de la historia ha permitido que su credo y dogma se haya impuesto por doquier –incluso por las armas– y la presencia de la Iglesia católica haya sido constante a la diestra y siniestra de quienes siempre han ostentado las riquezas y el poder en lo económico y social.

     

    ¿Renuncia voluntaria o impuesta?

    Como soy lego en teología y poco dado al cotilleo –aunque sea difícil resistirse cuando de intrigas vaticanas se trata, siempre tan jugosas sobre todo para un escritor–, me limitaré a recordar que no hace mucho, el Papa Ratzinger visitó  y perdonó en la cárcel a su mayordomo Paolo Gabriele, allí confinado por filtrar documentos secretos que vinculaban al Vaticano con temas de blanqueo de dinero, explotación laboral, fraude económico y otros mucho más embarazosos, espinosos e impropios de quienes dicen ser hombres de Dios por guardar relación incluso con perversiones inconfesables contra el sexto mandamiento.

    Son muchos quienes relacionan este Wikileaks vaticano  con la dimisión papal muy pocas semanas después de que se desatara el escándalo y, bien pensado, no sería descabellado que tal relación existiera sobre todo cuando se han argumentado unas razones poco creíbles  para la renuncia del Papa (vejez, falta de fuerzas) que nunca han sido óbice en la gerontocracia que ha mantenido en la Silla de San Pedro a muchos Papas con síntomas seniles más propios de un paciente geriátrico con criterios de ingreso en una institución para dependientes que de un líder lúcido y carismático en activo.

     

    ¿Qué pasará después de Ratzinger ?

    Comparado con el del polaco Wojtyła, el papado de Ratzinger ha sido más bien breve aunque continuista. Se da la coincidencia de que ambos papas nacieron en países centroeuropeos (y vecinos), sus pasados estuvieran ligados (aunque fuera más por contemporaneidad que por afinidad) con el nazismo y que el segundo ha seguido la línea conservadora iniciada por el primero.

    Además, tanto Juan Pablo II, como Benedicto XVI se han mostrado contrarios a las aspiraciones de cambio de aquellos católicos aperturistas que en los años sesenta lucharon por vivir su fe en una Iglesia abierta y no anclada al pasado.

    Habida cuenta de estas circunstancias y a la vista del carpetazo que ambos papas han dado al espíritu de modernización que presagiaban los debates del Concilio Vaticano II, así como la desaparición de los movimientos afines a la Teología de la Liberación (¿quién la recuerda?) en contraste con la simpatía de Wojtyła y Ratzinger  por grupos fundamentalistas como los Neocatecúmenos (Kikos), el Opus Dei o los Legionarios, todo hace temer que ningún cambio se producirá cuando el lugar de Ratzinguer sea ocupado por quien el Espíritu Santo, presuntamente, decida en lo que, sin duda, será una encarnizada lucha de Poder.

    Poder terrenal por supuesto.

     

    Cambios necesarios

    La Iglesia católica necesita un cambio rotundo que acabe con su política autocrática medieval; su opacidad en las formas y en el fondo; su discriminación y sexista que margina a las mujeres; su hipócrita postura ante el sexo y el celibato; su reprobable justificación y encubrimiento de las debilidades (que los laicos llamamos ‘delitos’) de quienes, al amparo de una sotana, cometen “crímenes” sexuales contra niños; las riquezas acumuladas por los hombres de Dios y la tradicional y milenaria complicidad de la jerarquía eclesial católica con políticos, empresarios y banqueros.

     

    Por un Estado laico

    Sin embargo, y como es más que probable quien suceda al actual Papa sea otro fundamentalista que simule hacer ‘grandes cambios’ para que todo siga igual que hace siglos, habría que reivindicar una vez más el laicismo que aun nadie ha planteado con valentía en nuestro país por miedos inconfesados (y supongo que inconfesables) de los gobernantes, que se materializan en improcedentes prebendas que la Iglesia católica recibe en España y que no se dan en ningún otro país, ni siquiera en la católica Italia.

    Sería necesario avanzar de una vez con decisión hacia un Estado laico y que, desde el Parlamento, se revisaran los acuerdos con la Santa Sede de 1979, que en tantos aspectos vulneran los principios democráticos.

     

    Alberto Soler Montagud

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