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ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO
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Blog ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO - Alberto Soler Montagud

Alberto Soler Montagud

Apasionado por la música. Soy un ferviente mahleriano aunque también un enamorado del jazz clásico que no renuncia a otras músicas siempre que lleguen a emocionarme. Me gusta tanto leer como escribir y a veces hasta crear una singular obra gráfica de la que he hecho varias exposiciones. En octubre d...

Sobre este blog de Comunitat

Este blog nace para que afloren algunas de mis inquietudes y mantiene una ventana abierta para que los seguidores plasmen libremente las suyas.


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  • 08
    Octubre
    2012

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    LOS ANTIDISTURBIOS NO SON PSICÓPATAS

     

     

     

     

    La actuación de las fuerzas policiales, y en especial la violencia con que procedieron algunos agentes en las manifestaciones vinculadas al 25-S, ha reavivado una polémica que tilda a los policías de represores cuando no son mas que unos funcionarios pagados por el Estado para que mantengan el orden amén de ejecutar ciertos 'trabajos' que a nadie le apetece hacer. Es así como nace la hipocresía de quienes condenan la violencia y al mismo tiempo la aprueban, a veces en silencio, mientras sean otros quienes se manchen las manos de mierda y aporreen a la gente.



     

    Polis buenos, polis malos

     

    Es obvio que en el cuerpo policial habrá individuos despiadados que disfrutarán al cargar contra los ciudadanos, pero no olvidemos que también encontraremos individuos así en el gremio de horneros, maestros, taxistas, abogados, fontaneros, sacerdotes y, en suma, en todos los colectivos sociolaborales habidos y por haber.

     

    Aunque hay quienes insisten en que todo se resolvería desenmascarando a los ‘policías malos’ y apartándolos del servicio (algo que de hecho ya se hace), que nadie se lleve a engaño, pues quitarle la placa a todos los 'polis malos' no resolvería el debate existente a colación de la violencia policial y solo serían 'polis buenos' quienes repartieran leña entonces si así se les ordenaba. No van por ahí los tiros, ya que solo quienes gobiernan y dan las órdenes tienen en sus manos evitar que con “la razón de la fuerza” se reprima violentamente la “la razón que esgrimen los débiles”. 


    Los policías solo son ejecutores sin mas responsabilidad que la inherente al incumplimiento de su trabajo o de la normativa que lo regula.

     

     

    Peones en un tablero de ajedrez

     

    Cuando a una Unidad de Intervención Policial se le ordena el desalojo de una plaza que está ocupada por manifestantes, no se espera que los antidisturbios 'piensen' sino solo que limpien la zona a intervenir. Y si se les pide que actúen con 'contundencia', los policías deberán obedecer sin rechistar porque son los peones de un juego de ajedrez cuyas piezas mueven los mandos policiales, los delegados de Gobierno y el ministro del Interior.

     

    Que algunos agentes puedan ser unos ‘psicópatas’ con casco y porra sería tan irrelevante como que un porcentaje de alborotadores antisistema (entre los cuales habrá también ‘psicópatas’) se entremezclen con los manifestantes y cometan tropelías. Si en base a estas conjeturas llegáramos a la conclusión de que 'todos' los policías son unos matones con licencia y 'todos' los manifestantes unos hijos de puta que queman contenedores y revientan marchas pacíficas, sin duda estaríamos cometiendo un error.

     

     

    Estrés agudo policial

     

    No es mi objetivo defender la labor de los policías ni tampoco criminalizarlos, sino solo analizar su trabajo en un contexto sociológico concreto y dejar claro que las responsabilidades habrá que exigirlas a quienes mueven las piezas y dirigen el cotarro.  

     

    Independientemente de ello, quiero dejar constancia de que estos funcionarios públicos se huelen exponenerse a situaciones límite en las que dos estímulos contradictorios (lo que “me ordenan” mis superiores, versus lo que me dicta “mi conciencia”) desencadenan unas respuestas atávicas inherentes a la condición más irracional del ser humano. Son reacciones que van asociadas a los mecanismos que regulan el estrés y el instinto de supervivencia. Pero este es un tema sobre el que ya escribí en febrero de 2012 en un artículo al que remito desde aquí y en el que no insistiré.

     

     

    La policía cumple órdenes

     

    Partamos pues de la base de que un policía ejecuta lo que se le ordena y que de él (o de ella) no se espera que piense sino solo que obedezca. 

     

    Sopesemos también que los cuerpos policiales son necesarios para garantizar el orden social en cualquier sistema, ya sea el más democrático como el más dictatorial. Siempre ha sido así y  lo seguirá siendo.

     

    Tengamos en cuenta por último la necesidad de que las actuaciones policiales se ajusten a unas leyes que garanticen las libertades y los derechos de los ciudadanos y que no es misión de los policías elaborar dichas leyes ni enjuiciarlas. Igualmente sucede con las órdenes que reciben: se cumplen y punto.

     

     

    Policía represiva y policía democrática

     

    La diferencia entre un estado policial represivo y otro democrático estriba en que, en el segundo, no se vulneran las libertades del individuo y se promueve aquello que lo caracteriza y define como un Estado de Derecho.

     

    En este contexto, no importa lo que piensa el policía cuando ejecuta una orden sino que los altos mandos que las dan respeten las reglas democráticas, asuman su responsabilidad y actúen solo el beneficio de la sociedad y no para un rédito político o incluso personal.

     

    No son los funcionarios policiales quienes puede crear un ambiente de estado represivo sino solo sus superiores y los gobernantes.

     

     

    Un lenguaje de ‘signos’

     

    Cuando un ministro de Interior, delegado de Gobierno o jefe policial ordena disolver una manifestación, está transmitiendo el doble mensaje de exhibir el poder que ostenta y al mismo generar miedo en los manifestantes para poder controlarlos y disuadirlos de futuras reivindicaciones. Es el poder de la coerción al amparo por la ley.

     

    Del mismo modo, cuando un manifestante lanza piedras contra los antidisturbios, quema contenedores o rompe escaparates, amén de su vandalismo (equiparable a la violencia policial en el lenguaje de signos que ambos comparten) transmite a quien gobierna un mensaje de desacuerdo. 


    Se establece así un diálogo, que casi siempre tiene su génesis en las desigualdades y en la injusticia social, y que está caracterizado por una violencia que a su vez genera violencia y solo con violencia se puede (y a  veces se quiere) combatir. 


    No olvidemos que la violencia es una carretera que tiene dos sentidos. Como también lo es el diálogo.

     

     

    Colofón

     

    Los principales responsables de las salvajadas que se produjeron en Madrid el 25 de septiembre y de la impunidad de algunos funcionarios policiales (con el rostro oculto y sin el número de su placa visible) que vulneraron la normativa, son quienes les dieron órdenes y luego defendieron su “excelente” actuación con una hipócrita postura que cargó responsabilidades en los manifestantes violentos (que los hubo, como también policías disfrazados de manifestantes que presuntamente excitaban a las masas) y apenas sobre el oficial de policía que ordenó a los antidisturbios entrar en la estación de Atocha y con el resultado de apaleamientos a ciudadanos que no se habían manifestado y solo esperaban la llegada de un tren.


     

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