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ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO
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Alberto Soler Montagud

Apasionado por la música. Soy un ferviente mahleriano aunque también un enamorado del jazz clásico que no renuncia a otras músicas siempre que lleguen a emocionarme. Me gusta tanto leer como escribir y a veces hasta crear una singular obra gráfica de la que he hecho varias exposiciones. En octubre d...

Sobre este blog de Comunitat

Este blog nace para que afloren algunas de mis inquietudes y mantiene una ventana abierta para que los seguidores plasmen libremente las suyas.


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  • 04
    Octubre
    2012

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    MAJESTAD, CALLESE O MÁRCHESE


     



    Transcurrida una semana desde la publicación de una carta con la que la Zarzuela ha dado inicio una serie de discursos que irá colgando en su web, he leído de nuevo el texto del monarca (o de quien se lo escribiera, con muy poca fortuna por cierto) y analiza con detenimiento aun me han parecido benévolas las muchas críticas y palos que el mismo ha recibido.


    Puede tener un pase que al rey le guste tutear a cualquiera con quien hable (dicen que es un gesto muy borbón y campechano). También que el monarca trate como súbditos a unos ciudadanos de pleno derecho. Pero de ahí a que los considere como unos tontainas hay solo un paso cuando con sus prédicas llega a insultar la inteligencia de quienes le mantienen, tanto a él como a su numerosa familia



    Arruinar el estado de bienestar

    En su carta, empieza el rey diciendo que debido a la crisis deberíamos interiorizar “que sólo superaremos las dificultades actuales actuando unidos y remando a la vez […] en un momento decisivo para asegurar o arruinar el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar”.


    Al parecer, el autor de estos párrafos se equivocó por completo porque unidos, lo que se dice unidos, solo lo están -por la desesperada situación que comparten- los ciudadanos de esa mayoría que sufre recortes brutales y ha perdido poder adquisitivo, puestos de trabajo, posibilidad de acceder a ellos y una merma en los derechos sociales inherentes a ese estado de bienestar que el rey menciona en su carta. Y por si fuera poco, a estos diezmados españolitos se les acusa de haber vivido “por encima de sus posibilidades” cuando lo cierto es que son solo las clases dirigentes, los ricos y algunos mantenidos quienes se han regodeado en un tutiplén de opulencia que ni en sueños conocerán las clases medias que les votan, les enriquecen o estoicamente los soportan.





    Como cualquier familia media española, los príncipes disponen de

    varios sofás en su jardín




    Como en Ben-Hur, rememos juntos

    Al releer el párrafo donde dice “… remando a la vez”,  una asociación de ideas, que tal vez Freud podría explicar, me ha evocado la imagen de una legión de remeros sacados de las listas del INEM que, como en la película Ben-Hur, bregaban sin tregua para que el yate Fortuna surcara las aguas a motor parado para ahorrar dinero en combustible al erario público.

     

    Seamos serios y haga usted el favor de responderme, señor monarca ¿Considera que su hijo y su nuera están remando codo con codo con los matrimonios de su edad y con las familias españolas medias mientras se exhiben en unas fotos que recuerdan a los reportajes gráficos que en los años 60 y 70 publicaba la revista HOLA mostrando a la familia real persa con el Sha y la princesa Soraya alardeando de lujos orientales mientras su pueblo vivía en la miseria?


    ¿No se da usted cuenta, majestad, de que son precisamente Felipe y Leticia, entre otros, quienes viven por encima de las posibilidades de los españoles que los mantienen?


     

    Con Cataluña hemos topado

    Sigo leyendo la carta y me encuentro con un párrafo donde al rey le preocupa que “nuestro modelo de convivencia” esté amenazado por quienes “escudriñan” en sus “esencias” en unos momentos de crisis en los que no se debe “dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras ni ahondar heridas”.


    Seamos claros, don Juan Carlos, y llamemos al pan, pan y al vino, vino. Es evidente que quien le haya escrito los entrecomillados anteriores no quiere mas que advertir al pueblo catalán de que no hurgue en las esencias de su pasado como excusa reivindicativa de su independencia. 

    Pero como éste es un tema que ya traté en un artículo hace muy pocos días, me limitaré a hacerle dos sencillas preguntas: 


    ¿Por qué ha dejado usted de ser un monarca neutral y ese imparcial árbitro de la democracia que siempre dijo se, y ahora se declara ‘partidario de un equipo’ cuando debería ser más que prudente que nunca dadas las bajas horas que atraviesa la institución que representa? 


    ¿Qué clarividencia le asiste al considerar a la independencia de Cataluña como una quimera cuando este es un término que alude a ilusiones y fantasías imposibles?


    Sepa, don Juan Carlos, que no amenazan a España quienes escudriñan en sus esencias sino quienes se oponen al derecho democrático de los pueblos a decidir su futuro y hasta su independencia.


     

    Una sociedad sana y viva

    Habla también el rey en su carta de la necesidad de recuperar “los valores de las mejores etapas de nuestra historia” y “en particular de nuestra Transición Democrática” y a continuación, recurre a unos tópicos muy manidos como “el trabajo, el esfuerzo, el mérito, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético, el sacrificio de los intereses particulares en aras del interés general…”, unos valores que considera definitorios de “una sociedad sana y viva.

    ¿De qué valores nos habla, don Juan Carlos?

    Es desconcertante que en una carta que va dirigida a más de cuarenta millones de españoles, que en su inmensa y más vulnerable mayoría sufre los estragos de una crisis, el rey no sea más explícito ni exija el cumplimiento de los valores que proclama (ética, sacrificio de los intereses particulares…) a quienes más los quebrantan (representantes del ámbito financiero, empresarial, especulativo, político…) y que son, además, los culpables de la debacle económica que sufrimos.

     

    Aunque, bien pensado, tal vez la Corona quiera ser consecuente al saber que no puede erigirse como ejemplo de unos valores que urdangarineselefantes y otros desatinos varios le han hecho perder muchos puntos de aceptación popular por su comportamiento antiético.


    En base a ello, lo verdaderamente desconcertante sería entonces no la actitud del rey sino por qué los más débiles aguantan una dramática situación, pese a saberse engañados por una estafa que los poderes fácticos llaman crisis, y también ultrajados en sus derechos en medio de una sociedad que ha dejado de ser sana por la podredumbre de quienes imponen austeridad y sacrificio mientras viven en la mas provocativa y obscena opulencia.


    Colofón

    De cierto os digo que, de seguir esto como va, la nuestra está condenada a ser una sociedad muerta.


    Alberto Soler Montagud

     

     

     

     

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