Blog 
ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO
RSS - Blog de Alberto Soler Montagud

El autor

Blog ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO - Alberto Soler Montagud

Alberto Soler Montagud

Apasionado por la música. Soy un ferviente mahleriano aunque también un enamorado del jazz clásico que no renuncia a otras músicas siempre que lleguen a emocionarme. Me gusta tanto leer como escribir y a veces hasta crear una singular obra gráfica de la que he hecho varias exposiciones. En octubre d...

Sobre este blog de Comunitat

Este blog nace para que afloren algunas de mis inquietudes y mantiene una ventana abierta para que los seguidores plasmen libremente las suyas.


Archivo

  • 24
    Abril
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    UNA CASA SIN LIBROS, Y SIN SENTIMIENTOS

    Ayer por la tarde –día del libro– escribía mi última novela y un personaje le confesó al protagonista, Rubén, la desolación que sintió el fin de semana que pasó en la casa de unos amigos, una mansión en la que no llegó a ver un solo libro. Porque no lo había. Ni nunca lo hubo.

    Reflexioné acerca de la conversación –muchas veces, lo que dicen mis personajes me sorprende aunque sea yo quien haya escrito sus diálogos– y concluí que, si bien se trata un fenómeno infrecuente, no es imposible de encontrar.

    De hecho, conozco algún caso. Uno mucho mejor que los demás.

    Se trata de una casa –un piso para ser mas exactos– que podría servir como templo de culto a la estética mas fría e impersonal imaginable. Un entorno impoluto del que sus propietarios se sienten orgullosos sin apenas importarles si su hogar es o no confortable, ni tampoco si es o no un hogar, cuando lo cierto es que no lo es; ni lo uno, ni lo otro.

    Aunque me encante el diseño, abomino profundamente esas viviendas que están tan llenas de nada. Tan vacías de calor y contenido que son paradigmas del antihogar y antítesis de la calidez.

    Curiosamente, lo que me inspiran dichos entornos se parece a lo que a veces ocurre, en ciertos aspectos, con las vidas de quienes alli moran: maximalismo en su devoción por la forma y minimalismo en la complacencia por un contenido que se percibe ausente.

    Minimalismo estético como fruto de una obsesiva reducción de lo obvio a expensas de despojar los espacios de los elemento más necesarios convirtiéndolos en sobrantes y prescindibles. Como por ejemplo, los libros. E incluso la música, cuando la calidad audiófila del sonido (que sólo podrá reproducirse a través de un equipo de muy alta gama) se supedita sobre la belleza de una composición que dejará de tener relevancia si suena a través de un aparato de música convencional.

    Quienes allí moran suelen padecer una monomaníaca tendencia a reducir todo al mínimo; incluso los sentimientos, que flotan, fríos, en un ambiente formal en su condición de continente y vacuo en sus contenidos.

     

    Ni un solo libro. Tal vez alguna revista muy cara de decoración, estratégicamente dejada caer –como descuidadamente– sobre un mueble exquisito.

    Ni una sola biblioteca que desentone con un ambiente que invoca la presencia de los dioses del diseño y la arquitectura desde unos tabernáculos que quieren ser muebles y no son más que una excusa estética para llenar de nada un vacío inmenso, en una búsqueda sin tregua de un purismo estructural falsamente funcional.

     

    Ayer, día del libro, como lector  y escritor, sentí una profunda tristeza al pensar en los moradores de esas casas tan hermosas como frías e inhabitables. Y entendí lo que le sucedió al personaje de mi novela, que llevaba la maleta de sus sentimientos cargada de sensibilidad e ilusiones, y cuando esperaba encontrarse con el cálido desorden de una pila de libros manoseados dejados caer en una mesa de la casa de sus amigos, se topó con la gélida realidad de una obsesiva pulcritud de quienes vivían en la superficialidad, en la apariencia, mientras tenían vacías sus vidas, y negaban la obviedad de sus dislates cuando se les intentaba dar respuesta y solución a sus continuas quejas motivadas por una infelicidad que expresaban tácitamente sin llegar a reconocerla.

     

    Escribí ayer esto con el iPhone, mientras esperaba a una persona con quien había quedado. La espalda apoyada en la verja del Instituto Luis Vives, el mismo donde hace décadas estudié el bachillerato. Era ya casi de noche.

    <!--EndFragment-->

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook