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ERGO IPSO FACTO COLUMBO OREO
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Alberto Soler Montagud

Apasionado por la música. Soy un ferviente mahleriano aunque también un enamorado del jazz clásico que no renuncia a otras músicas siempre que lleguen a emocionarme. Me gusta tanto leer como escribir y a veces hasta crear una singular obra gráfica de la que he hecho varias exposiciones. En octubre d...

Sobre este blog de Comunitat

Este blog nace para que afloren algunas de mis inquietudes y mantiene una ventana abierta para que los seguidores plasmen libremente las suyas.


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  • 25
    Marzo
    2012

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    VIOLENCIA POLICIAL Y SÍNDROME AGUDO DE ESTRÉS

    En relación con las manifestaciones estudiantiles de hace aproximadamente un mes en la ciudad de Valencia, escribí un artículo que publicó Levante y en el que reflexioné sobre lo que tal vez pensaran, y hasta sintieran, muchos de los policías que reprimían con desmesurada contundencia a los estudiantes aquél fatídico lunes del 20 de febrero. Mi conclusión fue que al encontrarse en una situación de estrés agudo y, probablemente, al sentirse bajo el influjo de dos estímulos contradictorios y opuestos (lo que “me ordenan” mis superiores, versus lo que me dicta “mi conciencia”), muchos pudieron sufrir un “trastorno transitorio” que desatara un primitivismo tan atávico como inherente a la condición mas irracional del ser humano, algo que en lo cotidiano se controla y se reprime en base a las normas sociales y que va íntimamente ligado a los mecanismos que regulan el estrés y modulan el instinto de supervivencia.


    Las “armas” de los “enemigos”

    No deberíamos olvidar que los policías (a quienes ni defiendo ni justifico sino solo analizo su comportamiento) recibieron aquél día órdenes del máximo responsable policial de la ciudad y éste a su vez de la Delegada de Gobierno.

    Tampoco tendríamos que obviar que algo tan simple como el delito d “ocupar” una calle y obstruir el tráfico sucede con frecuencia en fiestas callejeras (como las fallas valencianas o en celebraciones deportivas, casi siempre sin disponer de un permiso de la autoridad competente, y si se tiene, extralimitándose asiduamente de la zona donde debería acotarse el esparcimiento. Sin embargo, en estos casos de bullicio jocoso y no reivindicativo, la policía no llega a cargar contra las multitudes sino mas bien despeja pacíficamente las calles sin golpear con porras ni disparar pelotas de goma a unos “enemigos” que no esgrimen mas “armas” que los cucuruchos de buñuelos que van comiendo, las pancartas con las que jalean a su equipo de fútbol o incluso algunas bocinas de aire.

    Tampoco en la manifestación estudiantil del pasado 20 de febrero, las "armas" del "enemigo" fueron mas allá de un ímpetu inherente a la adolescencia, unos inofensivos libros de texto, tal vez "un poco de frío" acopiado en aulas sin calefacción y "un mucho de rabia" al ver como la administración de la Generalitat Valenciana ha despilfarrado durante años en fastos superfluos mientras ahora, arruinada, no puede hacer frente a las necesidades sociales mas básicas.


    Sin represión, no hay violencia

    Tengamos en cuenta que al día siguiente de la violenta carga de los antidisturbios, se produjeron nuevas manifestaciones “no autorizadas” en Valencia (esta vez para protestar por la brutalidad policial) en las que no hubo violencia por parte de nadie porque la Delegación de Gobierno no dio luz verde para que se actuara con la misma contundencia que el día anterior.


    Reivindicar sin violencia y sin sometimiento.

    Consideremos que acatar con sumisión hechos como los sucedidos aquél infausto día equivaldría a retroceder en el túnel del tiempo, y resignarse en silencio autorizaría a quien ostenta el poder a abusar del mismo tantas veces como quisiera.

    La ciudadanía es soberana y está en su derecho de manifestar su opinión, pero no olvidemos que también también tiene la obligación de hacerlo pacíficamente y sin permitir que infiltrados ajenos a sus demandas se aprovechen su indignación para desvirtuar sus reivindicaciones y restar fuerza moral a la prebenda que les asiste a la hora de exigir sus derechos.

    A poco que se reflexione se llega a la conclusión de que el esfuerzo debería ser bidireccional y no exclusivo de los manifestantes. Quienes gobiernan, y en cuyas manos está evitar que “la razón de la fuerza” reprima con violencia la “la razón del mas débil”, tienen la obligación de actuar con el mismo talante pacífico que exigen a la ciudadanía. Y si así no fuera, porque no se sabe o porque no se quiere controlar adecuadamente la situación, no solo las consecuencias serán imprevisibles sino también, tendrán como responsables a quienes no pongan los medios para evitarlas.

     

    Alberto Soler Montagud

     

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