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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 15
    Octubre
    2010

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    La leyenda de Becks Argudo

    La leyenda de Becks Argudo

    La disquera independiente canadiense Albany Records acaba de sacar a la venta sólo para el mercado norteamericano The girl of the green overcoat. Her true story, el disco póstumo de una artista completamente desconocida en Europa que, en su país de origen, Canadá, ha vendido cerca de 300.00 copias en la primera semana. El álbum, que ha caído en mis manos por casualidad, vía (cómo no) Internet, constituye un magnífico compendio de piezas que van desde el pop más rabioso al blues más sincopado, con trazos de Leonard Cohen (el paisano en que la cantante se ha inspirado cada día de su corta vida) y algún ramalazo basado en McCartney. La artista en cuestión se llama (se llamaba) Becks Argudo, una crooner de Alberta de padre de origen español y madre francesa.

    El álbum, que desde hace días no para de sonar en mi reproductor de mp3, es sencillamente delicioso, pero lo que trae a Becks Argudo a esta sección no es tanto la calidad de sus canciones como lo apasionante de su trayectoria vital, tan corta como intensa, que no me resisto a contar aquí.

    Becks Argudo, nacida en una de las provincias más despobladas e inhóspitas de Canadá, habría cumplido 30 años el pasado 17 de septiembre. Vivió la mayor parte de su vida en Edmonton, la capital de Alberta. Para que os hagáis una idea, esta provincia canadiense, cuya capital es Calgary, tiene una superficie 100.000 kilómetros cuadrados inferior a la de España y en ella viven 3,5 millones de habitantes. Lo que sobra es tiempo.

    Como John Kennedy Toole, el autor de La conjura de los necios, Argudo jamás publicó en vida después de arrastrar sus maquetas por las discográficas de medio país. Apenas cumplidos los 17 años y tras abandonar los estudios, inició una larga carrera (casi hasta su muerte) por clubes de canción ligera de Calgary actuando para ejecutivos de medio pelo e inuits despistados, más ocupados en gastar en alcohol el subsidio social que en escuchar a aquella chica de complexión frágil y rostro aniñado que, recién abandonada la adolescencia, aún le dedicaba canciones a su pony, de nombre Little Red Spot.

    Muchos han querido ver en esa obsesión por los caballos pequeños un simbolismo con su decadente vida y quizá una respuesta sarcástica para todos aquellos que le fueron cerrando las puertas del hall of fame de la canción de autor. Canadá está en sus letras, sobre todo sus inviernos y sus bosques inabarcables. Cada rascado de las cuerdas de su guitarra suena a aullido de loba enferma y es esa solemnidad del llanto la que contrapesa con títulos, en apariencia estúpidos como Iloveitallthetime, que le añaden una dimensión desconcertante al conjunto de una obra redonda.

    Casada con un inuit de Québec, Becks Argudo sufrió las consecuencias de la mala vida a la que continuamente le arrastró su pareja. Desprecios en público, palizas brutales, vaciado continuo de la depauperada cuenta corriente y lindezas de similar tenor fueron jalonando su vida a medida que crecían canciones como las que nutren esta obra maestra del kitsch, caso de From now on (donde narra las desventuras ocasionadas por la vida de excesos del joven inuit), My little sister, un rollozoo a mayor gloria de su pequeño caballo, o la desgarradora I hate your cousin, Christine, en que la atormentada Becks cuenta la azarosa cena con el primo de su mejor amiga y las consecuencias de aquella cita a ciegas gastronómica. El disco, como ocurre en estos casos, se ha dado a conocer a través de myspace gracias (paradojas de la vida), a que el inuit borracho que la apalizaba decidió universalizar el tesoro de la mujer que nunca amó y, de paso, sacarse unos dólares. El legado de Becks Argudo ha convertido al indio en millonario.

    Olvidada en su país y desconocida en Europa, dejó Canadá y huyó a París en busca del espíritu que debió de imbuir a Jim Morrison, uno de sus más adorados ídolos. Ni al morir tuvo suerte. Con los cuatro dólares que se llevó consigo alquiló un piso comunitario en Montparnasse y el portero la encontró muerta en la bañera, igual que a Jim, rodeada de velas y con una nota que algunos consideran apócrifa: “Tellement”. Tenía 29 años. Sus restos descansan hoy en Pére Lachaise, a apenas unos metros del que fuera líder de los Doors y algo más alejada de uno de sus tótems, Victor Noir. Los encargados del camposanto decidieron redimirla después de muerta. La lápida de la chica del abrigo verde ya aparece en los mapas del famoso cementerio, comme il faut.

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