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Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas

Soy Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas, una persona como vosotr@s. Con mis particularidades, que evitan que todo seamos idénticos. No pretendo mas que, de vez en cuando, publicar algunas letras en prosa o en verso, que os sirvan a vosotros de entretenimiento, y a mi para extraer algo de ideas de mi ce...

Sobre este blog de Cultura

¡Tenemos letras, palabras y frases, oiga! ¡Hacemos mezclas con ellas que sanaran su espíritu! ¡Lo tenemos todo baratito y fresco! ¡Llévese alguna, oiga, que me lo quitan de las manos!


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  • 14
    Septiembre
    2015

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    Cultura

    EL CALENDARISTA

    EL CALENDARISTA

    Siempre le agradó al calendarista el butacón en el que se sentaba. No era por el tacto de la fantástica piel que lo tapizaba y en la que se sentía en los brazos de una mujer, tampoco por la caoba labrada que le daba aquella agradable calidez, ni tan siquiera por la mágica confortabilidad de sus viejos pero potentes muelles. Realmente lo que le hechizaba era su propia imagen sentado en él reflejada en el espejo del estudio en el que llevaba tanto tiempo trabajando. Se veía a sí mismo interesante, sentado sobre su complemento favorito. Hoy, como tantas otras veces, sabía que no había traje que le sentara tan bien como su vieja butaca, y por ello, una vez más, desnudo sobre la fina piel se miró en el espejo, sintiéndose el más elegante hombre sobre la tierra del tiempo. Profundizó el calendarista en su propia imagen, se hundió en sus propios ojos y penetró por ellos en su propio cerebro, viéndose desde el otro lado del espejo. Apreció que cerca de él estaba su último trabajo, el calendario del sefardita que año tras año confiaba en su ingenio para realizar los calendarios con los que recorrería medio mundo. Este hacía el número cincuenta. Cincuenta años diseñando los mejores calendarios del país. Cincuenta años viendo pasar el tiempo. Cincuenta años y no eran bastantes. Cincuenta años y el tiempo se volvía líquido en sus dedos, fugándose si remedio, evaporándose.

    EL CALENDARISTA
    Reaccionó para salir de su sueño pero no logró despertar, seguía dentro del espejo. Se gritó a sí mismo, pero no se oyó. Resignado, vio como se levantaba y retiraba el trabajo del judío. El calendarista del otro lado comenzó a trabajar en un nuevo calendario. En pocos minutos, su yo de fuera del espejo se volvió a sentar de nuevo. Entre sus manos el calendario que había comenzado a trabajar, giro la cabeza, se miró en el espejo, y con una expresión vacía mostró al espejo el calendario mientras entraba en un profundo sueño.
    Desde dentro del espejo, el calendarista apreció un calendario con un dia, hoy, dividido en horas, con el final a las cuatro de la tarde. Miró su reloj, dos minutos para las cuatro. Tras ciento veinte segundos, se durmió y ya no volvió a despertar...

     

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