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Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas

Soy Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas, una persona como vosotr@s. Con mis particularidades, que evitan que todo seamos idénticos. No pretendo mas que, de vez en cuando, publicar algunas letras en prosa o en verso, que os sirvan a vosotros de entretenimiento, y a mi para extraer algo de ideas de mi ce...

Sobre este blog de Cultura

¡Tenemos letras, palabras y frases, oiga! ¡Hacemos mezclas con ellas que sanaran su espíritu! ¡Lo tenemos todo baratito y fresco! ¡Llévese alguna, oiga, que me lo quitan de las manos!


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  • 19
    Diciembre
    2015

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    Cultura

    ENDORFINAS

    ENDORFINAS

     

        Era para ella el café humeante a primera de la mañana un tesoro, el arma que empujaba su casi aplastante ansiedad a los rincones en los cuales permanecía presa durante el día, hasta que ella regresaba a casa y soltaba las llaves que guardaba en su interrogada cabeza, liberando la pesada carga que volvía a acosarla de nuevo, no permitiéndole ver la claridad.
         No hacía mucho tiempo que las grises nubes espirales se habían hecho con su inconsciencia, pero ella no recordaba como era el antes y no veía un después. La vida, en un constante mareo depresivo que le forzaba a la penumbra eterna, con las ventanas clausuradas para la luz del día y las risas convertidas en una utópica psicodelia. Por esa fuerza siniestra y lúgubre encaminó los pasos a su alcoba para despojarse de su ropa de calle y refugiarse en el reconfortante pijama que daba por acabada su obligatoria salida a la luz y a los demás. Y también fue por eso por lo que asió con su mano derecha, cuando estaba a medio desvestir, la cinta de la persiana para lograr la huida total entre las leves luces eléctricas de la habitación de claro y luminoso mobiliario de otras épocas más claras. Pero un solo segundo bastó para que no tirara de la cinta que, como una guillotina, hubiera cortado su mirada al exterior, a la ventana de enfrente, entre dos luces, entre las penumbras de la natural y la artificial luminosidad que ofrece unas sombras que refuerzan los contornos, y que le mostraron el potente torso masculino que, como ella, se desprendía de su ropa. Ella se quedó unos segundos paralizada mirando sin esconderse y notando algo que tenía olvidado, olvidando por unos instantes su penitencia, recibiendo sensaciones opuestas a las trágicas.

        Su gran ventana dejaba entrar ya poca luz, la suficiente para que pudiera ver sus pies y levantando la cabeza verse reflejada en el espejo. No tardó en retirar las medias de sus piernas y acercarse de nuevo a la indiscreción de la ventana en busca de su revulsivo, y allí seguía el cuerpo protegido por tan solo unos ceñidos bóxer que le hizo sonreír de nuevo. Él, ajeno a su observadora hasta ese momento buscó en el interior de una maleta tres libros los cuales hojeó ligeramente antes de dejarlos descansar sobre la cama con unos movimientos que ayudados por el reflejo de la luz marcaban sus suavemente torneados músculos. Ella se descubrió mirando todavía, con un hombro apoyado en la pared, como medio escondida, y con una de la mano izquierda entre sus piernas sin haber sido consciente de ello, mientras mordía su labio inferior irrefrenablemente. No solo no se sorprendió de su actitud, se alegró y volvió a mirar a aquel hombre que la había despertado, el cual, pegado a la ventana se desembarazaba de la única prenda que le quedaba, haciéndola caer como una ligera diadema de flores arrojada desde el Olimpo mientras miraba por la ventana hacia abajo. Ella, enfrente y un piso más arriba, dejó con un rápido movimiento sus redondos pechos al aire y en una maniobra espontánea y beligerante pulsó el interruptor iluminando la estancia y consiguiendo el efecto deseado en tan solo unas milésimas de segundo. El miró hacia arriba ante la llamada del resplandor, y la vio junto a la ventana desprendiéndose de la ropa que le quedaba, en un claro desafío a lo prohibido. No se sobresaltó, ni siquiera se sorprendió, siguió con su mirada hacia donde había sido atraída y se acercó más a la ventana abriendo sus brazos y saludando en un lento movimiento a su recién descubierta vecina, a la vez que ella sentía hervir su vientre en el mismo momento que la puerta de su espiado se abría ágilmente.

    En ese instante se escondió sin dejar de mirar hacía esa puerta por la que entró otro hombre, atlético, envuelto en una toalla y que a una señal del anterior miró hacia su ventana. Tras dudarlo ella salió de nuevo a la luz quedándose a tres pasos de la ventana, con muchas dudas, pero sin querer que terminase este capítulo. Vio como dos hombres miraban de frente por la ventana y como el recién llegado dejaba caer su toalla, como en un ritual de artes paganas, y pasaba su todavía mojado brazo izquierdo por el hombro de su compañero, quien le respondió pasando el suyo por la cintura de este y agitando ambos las manos invitándola a colocarse entre ellos con una incipiente erección. Ella tras rozarse sus pechos y notando como la humedad iba apoderándose de su entrepierna desapareció unos instantes leves en los que escribió en un papel el número de su puerta, para volver a la ventana donde los dos compañeros habían desaparecido, la luz estaba apagada y la oscuridad imperaba de nuevo tras la rehuida de la batalla. Tras esperar unos segundos estiró con fuerza de la cinta de la persiana dejándola caer con un estruendo que le hizo despertar de sus mojados sueños. Sobresaltada, miró la hora, las once de la noche de ese maldito viernes, o tal vez no tan maldito. Había experimentado sensaciones olvidadas en otro plano paralelo. Respiró hondo y soltó el aire notando como era capaz con ese soplido de dispersar la cenicienta niebla que le había atrapado ese tiempo en las cadenas de lo insulso y melancólico. Se dirigió a la ducha y se dijo que esa noche volaría, volaría libre en los poderosos brazos de los placeres sexuales. Se encontraría de nuevo, libre y feliz. Salía de caza.

     

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