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Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas

Soy Ubaldo Visier Muñoz de Arenillas, una persona como vosotr@s. Con mis particularidades, que evitan que todo seamos idénticos. No pretendo mas que, de vez en cuando, publicar algunas letras en prosa o en verso, que os sirvan a vosotros de entretenimiento, y a mi para extraer algo de ideas de mi ce...

Sobre este blog de Cultura

¡Tenemos letras, palabras y frases, oiga! ¡Hacemos mezclas con ellas que sanaran su espíritu! ¡Lo tenemos todo baratito y fresco! ¡Llévese alguna, oiga, que me lo quitan de las manos!


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  • 22
    Octubre
    2015

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    Cultura

    LOS OCHENTA

     

                    LOS OCHENTA

    LOS OCHENTA


          La ciudad no era el pulcro reducto de limpieza que podría llegar a ser. Según andábamos, las latas rodaban con el viento cantando su fina música en busca del vidrio, mientras las colillas se acumulaban junto al bordillo formando asquerosas colonias de lo que no había podido convertirse en el humo, que ascendía a las más variadas proclamas de corte político reflejadas en los grises e inconsolables muros. Las denominadas tribus urbanas afloraban luciendo sus más diferenciados estilos, aunque tan solo eran  que golpe certero en la nuca de la individualidad. Las litronas, calimochos y porros de dudosa calidad, rellenaban el hueco que había dejado el balón de futbol, deshinchado y olvidado en un altillo junto a la entrada de la casa como injusta prisión política. Los gozados cambios, la vorágine aperturista , las filosofales influencias nietzschistas, marxistas o incluso freudianas, lo yanqui y la avanzadilla nipona, los pocos años de experiencia de las gentes en las mutantes calles, consolidaban varias generaciones de presentes y futuros dispares amenazados por blancas heroínas mortales y desempleo. La cultura encontraba a renacentistas perdidos ávidos de iluminar con su luz a una cascada de emergentes experimentadores de música y color, que llenaban los épicos escenarios de personajes capaces de poner boca abajo los casposos estándares socioculturales. La tecnología incipiente abría brechas entre las generaciones, regalando futuro inimaginable, cine de ilusión, espacio exterior, mejor vida a los que apenas la habían comenzado en su segunda década de existencia. Los olores a aceite de dos tiempos, los coches de cuarta mano preparados para ser testigos de pasionales roces de cuerpos desnudos en experimentos eróticos, la admiración por el sonido estridente o ronco de los ingenios infernales que suponían para los mayores los tubos de escape, debían estar a la altura de los peinados cardados, las hombreras, las cadenas, muñequeras, cazadoras, vaqueros, prendas de cuero, botas, o cualquier otro complemento elegido entre un amasijo de culturas de las que nada se sabía, pero que se alimentaba de los espíritus de libertad en constante lucha contra la contención de generaciones tempranas alimentadas de morales reprimidas de tiempos pretéritos.

     

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