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Gustavo Clemente

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  • 30
    Septiembre
    2015

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    Gustavo Clemente

    El asno

    Me lo encontré en pleno barrio de Campanar, el Nou. Con cara de bollo suizo. Con lo que él había sido. Dando bocanadas. Cabizbajo, quejicoso y renqueante. ¡Qué trazas! Acostumbrado el hombre a vacaciones pagadas, salarios dignos, semanas santas y blancas... eso se le acabó. Se lamentaba porque la empresa le ha quitado su mega sueldo, su ayfon y su aypad, que me sonó a la onomatopeya de cuando te cruzan la cara. Pero esos aparatejos del mítico Jobs, el que se hizo multiforbes para morir millonario, eran su vida. Lloraba porque le han arrebatado su manzana pelada y hasta mordida, como la de Eva en sus mejores tiempos, o sea los primeros, porque cualquier tiempo pasado -decía- fue mejor.

    El caso, no sé si se lo he contado, es que ahora su amado patrono, -decía con tono faltón mientras yo pensaba en ponerme a los pies de su señora (por si acaso)-, le ha capado a lo bruto. Con tono doliente narraba como su jefe había cogido la llave inglesa por el mango -que es de donde se coge la sartén- para apretarle las tuercas y solidarizarse de paso con el dueño del mercado de la mujer y con el director de los coches americanos y le pedía mayor esfuerzo: “working moore for less, me dice el cabrito hispánico”. Y con una precisa argumentación me hizo comprender que si se esforzaba más, se iba a hacer encima. Así que le escuche paciente y le aconsejé sonriente una gran y saludable manzana astringente porque el otoño iba a ser largo. Le recordé que trabajo viene del latín trabillium, instrumento de tortura.

    Ni con esas. Noté que le defraudaba mi dieta pero por pura convicción ni siquiera intenté mejorarla. Aunque pensé que alguien debería decirle a alguien que no tensen demasiado las riendas. Porque cuando lo vi desaparecer encorvado y arrastrando los pies, supurando pesadumbre, me acordé del asno del tío Bieito, allá en el pazo de Luceiro, que cuando ya lo había acostumbrado a no comer... se le murió.

     

     

     

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