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Víctor Almonacid Lamelas

Secretario de Ayuntamiento (a mucha honra). Jurista docente, ponente, y escritor (que no “escribiente”). Deportista. Semiexperto en algunas cosas (Derecho público, gestión municipal, administración electrónica…) y aprendiz de todo lo demás. Analista sociopolítico independiente.

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Este es un espacio web donde regularmente comentamos nuestras impresiones sobre Derecho, política, economía, Administración, sociedad, cultura y deporte, siempre desde el punto de vista constructivo de los que tenemos la buena voluntad (con más o menos acierto) de mejorar las cosas. TW @nuevadmon


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  • 25
    Mayo
    2014

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    Tuinstigadores: entre el Derecho Natural y el Derecho Penal

    Valga como introducción y recordatorio, que lo que algunos llaman “malas acciones”, para el Derecho se dividen en conductas antiéticas, que vulneran el llamado Derecho Natural (el que se basa en la ética y la moral) pero no son sancionables; y conductas típicas o delictivas, que aparecen tipificadas en diversas leyes como infracciones, o en el Código Penal como delitos. 

    Parece una obviedad tener que decirlo, pero en Internet no se puede delinquir. Injurias, calumnias, amenazas, apología del terrorismo o del asesinato o violencia racista están tipificadas, en el sentido anteriormente descrito, en el Código Penal. Poco importa si el medio elegido por el infractor es una red social si finalmente el autor ha incurrido en la conducta delictiva. Autor que, aunque se mueva en el mundo virtual, es una persona real al final y al cabo; persona por cierto totalmente identificable. 

    Tanto en la vida real como en la Red las personas deberían comportarse de un modo éticamente correcto, kantiano, aunque por desgracia muchos no lo hacen. Pero Internet sigue siendo un medio, por cierto no tan novedoso como para descolocar tanto a algunos, por lo que los delitos cometidos a través de dicho medio no merecen un castigo ni más laxo ni más severo que los realizados de cualquier otra manera. Es ridículo siquiera pensar en un Derecho Penal específico para Internet; tanto como si se hubiera concebido en su momento con la aparición de la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio o la televisión. Es cierto que hay muchos imbéciles que expresan sus sandeces impunemente en las RRSS, pero… ¿acaso no lo hacían ya en la “vida real”? No existe un razonamiento lógico por el cual esté permitido ser un idiota en la calle y no en Twitter. Al sistema lo único que le debe interesar es si hay o no hay delito. 

    No hablaremos hoy de injurias (uno de los delitos más frecuentes en las RRSS), sino de esas peligrosas provocaciones que están tristemente de moda. Con una buena base social de valores y sentido común, sería prácticamente irrelevante cualquier tipo de incitación a la violencia o al asesinato, tanto da si manifestada en Facebook o en la barra de un bar. Pero es evidente que en la sociedad sobra mal humor y falta madurez y ética en grado suficiente como para afirmar sosegadamente que este tipo de incitaciones no van a tener un efecto real y delictivo. La pregunta que lanzamos al aire es ¿y si una especie de imbécil carismático “ordena” asesinar a una persona o grupo de personas por Twitter y luego sus seguidores ejecutan la directriz? Como ciudadano reconozco que el tema es francamente preocupante y desagradable. Como jurista me resulta muy interesante. 

    Esta cuestión es de rabiosa actualidad desde varios frentes. Quizá el más famoso es el del asesinato de Isabel Carrasco. Por indignante que parezca, forma parte de la libertad de expresión (y así hay que decirlo) que una persona muestre su alegría por el fallecimiento de otra. Pero animar a que se prosiga con las ejecuciones es, sin duda, instigador. Según el diccionario de la RAE “instigador” es aquel que instiga. El mismo diccionario define “instigar” como “Incitar, provocar o inducir a alguien a que haga algo”. 

    Los verbos incitar, inducir y provocar aparecen bastante en el Código Penal. El artículo más importante al respecto es el 18, que debemos reproducir porque ayuda mucho a comprender la cuestión que nos ocupa desde el punto de vista legal: “1. La provocación existe cuando directamente se incita por medio de la imprenta, la radiodifusión o cualquier otro medio de eficacia semejante, que facilite la publicidad, o ante una concurrencia de personas, a la perpetración de un delito. Es apología, a los efectos de este Código, la exposición, ante una concurrencia de personas o por cualquier medio de difusión, de ideas o doctrinas que ensalcen el crimen o enaltezcan a su autor. La apología sólo será delictiva como forma de provocación y si por su naturaleza y circunstancias constituye una incitación directa a cometer un delito. 2. La provocación se castigará exclusivamente en los casos en que la Ley así lo prevea. Si a la provocación hubiese seguido la perpetración del delito, se castigará como inducción”.

    No pretendemos convertir esta reflexión en un estudio jurídico, pero sí citaremos algún artículo más, como el 28: “Serán considerados autores los que inducen directamente a otro u otros a ejecutarlo”; el 141, que castiga la provocación, la conspiración y la proposición para cometer asesinatos; o el 143, que señala que “el que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años”.

    Son simples ejemplos, podríamos poner muchos más. Sin ir más lejos, el verbo “provocar” vuelve a aparecer en el artículo 510, cuando establece que “los que provocaren a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia o raza, su origen nacional, su sexo, orientación sexual, enfermedad o minusvalía, serán castigados con la pena de prisión de uno a tres años y multa de seis a doce meses”. Final de la Euroliga de basket: gana el equipo del Maccabi (Tel Aviv, Israel) al Real Madrid. Un minuto después Twitter está inundado de comentarios favorables al holocausto nazi. Lo sé, dan escalofríos. 

    Aunque yo era pequeño, recuerdo perfectamente el estreno de Superman, la genuina, la primera película del superhéroe kriptoniano interpretada por el malogrado Christopher Reeve. La cinta generó mucha polémica en EEUU porque, aunque hoy estamos acostumbrados con Ironman, Thor y compañía, era prácticamente la primera vez que en el cine se veía a una persona volar y se criticó, por desgracia con pruebas en forma de víctimas, que las escenas en las que el superhombre se lanzaba al vacío y surcaba los aires incitaban al suicidio. La película, en mi opinión muy buena, no se retiró de las pantallas, pero quizá un Estado hiperprotector hubiera censurado el film para evitar más muertes. Otra postura, más racional (e incluso más cercana al darwinismo), es dejar que la sociedad se autorregule y que cada individuo autoevalúe si entre sus facultades se encuentra la de volar, o, en caso de duda, decida si realmente es una buena idea comprobarlo saltando desde un décimo piso. Alguien pensará: “vaya ejemplo tonto, no se entiende. No tiene nada que ver con el resto del artículo. Este Víctor Almonacid es un idiota y no sabe escribir”. Ante esto mi reacción sería: si es una injuria, denunciar; si es un simple insulto, nada. Dicen que no ofende quien quiere sino quien puede, y visto que la Red funciona así habrá que ir aceptándolo. Y es que otra cosa que falta es inteligencia emocional. La gente es muy susceptible.

    En cuanto a Superman… Yo no saltaría. Cuando hay libertad también hay libertad para meter la pata, para hacer o decir la barbaridad más grande que se nos ocurra… O para hacerle caso a un tarado que lo único que lamenta de la Segunda Guerra Mundial es que no se torturara a más judíos. Pero junto a la libertad, también debe haber responsabilidad para asumir las consecuencias de nuestros actos. 

     

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