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La Pluma Mestiza
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Blog La Pluma Mestiza - José Luis Lagardera

José Luis Lagardera

Soy José Luis Lagardera, estudiante de Periodismo de la Universitat de València. Colaborador de la Cadena SER de Xàtiva y del Levante-EMV de La Costera. Mi página personal es http://elreinodelesfuerzo.wordpress.com/

Sobre este blog de Internacional

Este es un blog dedicado a analizar el día a día de las noticias con las que abrimos los ojos, y aquellas que a veces nos instan a cerrarlos.


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  • 21
    Diciembre
    2013

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    Sorteo de (des)ilusiones

     Se acerca el día. Se acerca el día en el que todo el país se conjura para que la providencia se alíe con ellos, ese en el que la gente medita en qué gastará un dinero que solo olerá una persona entre cien mil; se acerca el sorteo de Navidad.

    Acabo de ver colas kilométricas de gente esperando para hacerse con los últimos números, esos que hace unos meses nadie quería, pero que ahora, casualmente por ser los apartados, extrañamente adquieren un misticismo sobrenatural y un aroma a premio gordo. Somos supersticiosos, en un país en el que la crisis nos habla de apretarnos tanto el cinturón que hace que ya no nos queden hebillas. Aunque, casualmente, siempre hay un fondo reservado para brindarle a la suerte una oportunidad de que te cambie la vida, ya sea por entusiasmo, por compromiso o por pecar de indeciso; y es que todos hemos entonado alguna vez el “Venga va, dame uno, porque como toque…” y ese “Como toque…” hace que nuestras arcas se vacíen y nuestros bolsillos cambien el tintineo de las monedas por papeles con números impresos, que suponen la esperanza de cambiar nuestra realidad.

    En verano empieza ya el goteo de números navideños, y nos llegan en forma de asociaciones culturales –llámense fallas, “filaes” de moros i cristians, etc.-, de números que se asocian a tu empresa o simplemente de boletos que, por algún motivo sentimental, significan algo para ti. Los hay de todos los colores y tamaños, ya sean décimos completos o participaciones; hay quien los compra a pares o a tiras, y quien los cambia por los suyos, pero al final, el día 22 de diciembre, todo el mundo mira embobado una pantallita –que en los tiempos que corren suele ser de led de plasma con titanio enriquecido de un metal indestructible, a prueba de niños traviesos- y se tragan todo el sorteo hasta que un niño de San Ildefonso grita como un poseso que tiene el número del Gordo en sus manos, y esa sonrisilla boba que tenías se va transformando y va pasando por todos los estados psicológicos que te puedas imaginar: incredulidad, ira, desesperación, histeria, y, por último, aceptación, mientras miras el boleto en tus manos y pronuncias un “Nada, otro año igual”.

    Pero que les voy a decir, que al menos mientras se convierten en buscadores de un tesoro guardado por la suerte de que salgan cinco numeritos en el orden adecuado, la gente olvida sus preocupaciones y sus problemas; que el juego atonta, como casi todo lo que ilusiona. El problema es que las probabilidades no mienten, y ser ganador de esta partida es como ser el grano de arena elegido en una inmensa playa. Me gustaría pensar como la mujer que salía en el telediario, y que al menos el premio les toque a aquellos más necesitados de cambiar sus vidas, pero, por desgracia, esos no tienen ni siquiera parné para permitirse poner sus ilusiones en el bombo, y los afortunados son –excepto en alguna bendita excepción- los que menos lo necesitan.      

     

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