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Mirada Exterior
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  • 09
    Junio
    2015

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    Felipe y la libertad

    Dice Oscar Arias, ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz, que Venezuela hace tiempo que dejó de ser una democracia. Los presos políticos que languidecen en las cárceles y arrestados en sus casas, como el alcalde de Caracas, avalan la tesis del ex mandatario de un país que encarna el igualitarismomás cool de Latinoamérica. Los “ticos”presumen de que en su tierra empresarios y obreros juegan en los mismos campos de golf. En Venezuela nunca ha sido así y ahora menos que nunca.

    Por si la privación arbitraria de libertad por razones ideológicas, no fuese suficiente para denunciar ante el mundo los desmanes del Gobierno de Maduro, el argumento de Arias encuentra sostén en el férreo control que el bastión bolivariano ejerce sobre la vida de la gente. Las cartillas de racionamiento, los toques de queda, la violencia en la calle, la censura a la prensa y los insultos como defensa son argumentos suficientes para pensar que en Venezuela, tras 16 años de neo comunismo, no se respetan los derechos humanos.

    Y la cosa va a peor. El estado petrolero es un ejemplo de cómo la minoría aplasta a la mayoría sin piedad. El Gobierno sólo suma un 25% de apoyo popular. Pero ni siquiera la muerte de Hugo Chávez forzó un cambio. Dicen los venezolanos, con el humor que no pierden, que a Maduro le eligieron en La Habana. Ahora que Cuba comienza un tímido deshielo, los señores de Miraflores se ponen nerviosos. Es el momento de buscar asideros, y claro, ¿dónde mejor que en la madre patria?, después de todo, hasta el libertador Simón Bolívar sucumbió a los encantos de Madrid.

    De momento, la revolución, avalada entre otros por el partido Podemos venezolano, precursor del español del mismo nombre. ha dejado a 9 millones de venezolanos en situación de pobreza extrema. Desde 1999 hasta 2012, se fueron al exterior 7.000 médicos y 9.000 científicos. El 97% de los delitos cometidos en el país quedan impunes. La inflación se ha disparado y el país pasa por ser el más inseguro del mundo.

    Este es el panorama que se ha encontrado Felipe González en Caracas, el ex presidente quiso ser el Jacques Delors español y hoy es una suerte de Bill Clinton con acento sevillano. La visita que realiza a Venezuela, para respaldar a los presos políticos que se pudren en las cárceles por el único delito no aceptar la dictadura bolivariana chavista, dispara la popularidad del político español entre la comunidad internacional. En Caracas se le ha visto apoyando a las familias de los presos, con gestos de cariño y cercanía. Unas familias que para muchos de los de su cuerda son de la “extrema derecha”. Como si con eso ya se justificase el sufrimiento y el dolor. González, que fue íntimo amigo del fallecido ex presidente Carlos Andrés Pérez, otra víctima del Chavismo, demuestra estos días que para él, la libertad es un bien supremo. No es menos cierto que Felipe da la cara, pero detrás cuenta con todo el respaldo del Gobierno de Rajoy. Es un viaje de Estado encubierto, un periplo necesario en una tierra ligada a España por generaciones.

    A quienes, por lo bajo a cusan al ex presidente de buscar protagonismo, habría que aclararles que en estos momentos no lo necesita. Con la vida bien resuelta y un ego bastante bien alimentado a lo largo de los años, está claro que se ha ido a Venezuela porque así lo ha decidido personalmente. El oficialismo le ha recibido con manifestaciones prefabricadas, insultos, amenazas y una aguerrida defensa de la soberanía nacional. "¡Prepárense para un tiempo de masacre y muerte si fracasara la revolución bolivariana!". La verdad es que tanto histrionismo da un poquito de vergüenza ajena. Lo de Felipe, un orgullo.

     

     

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