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Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 14
    Marzo
    2014

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    Árbol de peces

    -Cuando muera quiero que mis cenizas sean arrojadas al mar- dije en una ocasión a mi familia, pero no pensaba que el polvo de mi existencia sería tragado por los peces que estarían en la mesa de muchos que gustan comer pescado.

    Sería alimento de alguien en algún lugar lejano que no conocí. Llegaría a la mesa en la panza del pez. Lo degustarían con tanto deleite que jamás pensarían que me están comiendo. Los peces de colores se han vuelto mi delirio, quizás en alguno de ellos hay cenizas de algún recuerdo tirado al mar.
     
    Pensé que sería mejor me regaran alrededor de un árbol. Las cenizas serían abono que diera color brillante a sus hojas. Alegrarían a todos esos seres que andan por los caminos dejando huellas de su vivir pero el viento me arrastraría dejándome en el pelo, en la cara, en el cuerpo de las personas que cargarían conmigo sobre su existencia un rato en lo que se meten a bañar terminando mis restos en el desagüe, indigno lugar para un ser humano.
     
    Quise mejor que mis hijos se quedaran con la urna y la guardaran en lo alto del mueble más viejo donde nadie se acordara que existí. Los seres diminutos que habitan en el polvo pasarían por la caja vieja sin mayor respeto y cuando alguien preguntara que guarda, rememorarían los delirios de locura dejados en las hojas del libro gordo de mi vida. Me despertarían del largo sueño sacudiéndome en miles de moléculas que volverían a acomodarse al término de la charla.
     
    No quiero que me dejen en un panteón a la sombra de las criptas, los árboles se convertirían en fantasmas que me asustarían. ¿Los fantasmas se asustan con fantasmas? Nunca lo sabré.
    No quiero ser dejada en el panteón a la sombra del olvido de mis descendientes que invariablemente amarán la vida y olvidarán a sus muertos en aras de la alegría así como yo lo he hecho, ¿Para qué ir al panteón a visitar unos restos que dejaron de ser? Imagen viva de mis ancestros prefiero tener, antes que huesos roídos por gusanos mil.
     
    Quiero que mis cenizas sean arrastradas por el viento dándome la oportunidad de jugar con el pelo de los míos. Besar sus bocas despidiéndome para siempre jamás y que la lluvia se lleve el último rastro de mi nombre, acariciarlos hasta desaparecer en minúsculos puntos de suciedad.
     
    No tengo miedo a la muerte porque sé que es otro paso que hay que dar, el último que nos llevará al mundo de las oscuridades alumbradas por los ojos de mi fiel perro que me ayudará a caminar ese difícil trance.
     
    Mis cenizas volarán al viento. Oscuras cenizas de mi vida posándose en las hojas de un árbol que con el tiempo darán semillas de las que crecerán hojas en forma de peces que me tragaron en el último intento por dejar huella en este mundo que me vio tropezar y caer para luego levantarme, no sé si más fuerte pero levantarme del lodo en que me hundí.
     
    Si mis cenizas fueran grafito, escribiría cada momento con letra impecable sin faltas de ortografía, señal inequívoca de que algo bueno dejé, sería la única herencia que diera a mis descendientes, letra antigua que nadie entiende, símbolos de mi niñez perdida entre columpios y palomas, árboles y hongos, guajolotes y pollos con nombres de personas.
     
    Qué delicia vivir y soñar cuando el espíritu libre y la imaginación mueven mis dedos, confusiones y delirios que sólo yo entiendo. Mente desequilibrada de un ser que vive intensamente el hoy sin dejar de lado el mañana confuso que me espera.
     
    Flor de María.

     

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