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Sobre este blog de Cultura

Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 10
    Marzo
    2014

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    Currucú currucú

    Currucú currucú

     
    Llegaron en una bolsa de yute de esas que tienen hoyitos. Las metieron ahí para que pudieran respirar.  El gemelo mayor las llevó un día en que empezamos a aprender lo que es la libertad.
    Unas decenas de ojos tristes vieron como eran sacados de su prisión de tela por las manos cuidadosas de mi madre quien las tomó suavemente  para no lastimarlas. Primero uno, después la otra.
     
    Eran un par de palomos.
     
    Sabíamos que si los sacaban de la bolsa ellos volarían buscando lo alto, entonces mamá decidió amarrarles la patita rosa con un cordel atados a un clavito endeble que trataba de salirse de la pared.
    Una un poco lejos del otro pero aún así los cordeles de su vida se enredaban hasta quedar sus corazones tan cerca que podían sentir su palpitar. Sus cabezas se tocaban aceptando la cercanía de sus pensamientos.
     
    Teníamos que estarlos desamarrando para que pudieran caminar por el patio, quedaban tan enredados que no podían dar un paso más. Los dos atados a sus patitas rosas. Algunas veces quedaban tan enredados los cordeles que la pata les sangraba hasta que nos dábamos cuenta y desatábamos el nudo de su dolor. Les curábamos la herida y mamá las amarraba de  la otra patita.
     
    Fue entonces que mi madre decidió cortarles las alas para que no se siguieran lastimando. Cortar las puntas para que no pudieran volar y se ¨aquerenciaran¨ con la casa que las estaba acogiendo.
     
    Empezaba a enseñarles el valor de ser libres.
     
    Cada vez que las alas crecían, mamá se encargaba de cortarl la punta arráncandoles sus sueños.  Ella no lo hacía de mala fe, quería que aprendieran a querer el nido que no era el suyo pero que podía serlo.
     
    Así pues pasado el tiempo cuando pensamos que no se irían, mamá les dejó crecer las alas. Los palomos no se dieron cuenta que ya podían volar. Hasta un día que la paloma se asustó por que  un par de ojos tristes salieron corriendo al patio haciéndola primero dar un pequeño salto para después emprender el vuelo asustada hacia el cielo.
    Pasó por el columpio quien asombrado se quedó quieto. Dio una vuelta ante la sorpresa de los demás ojos tristes que habían salido de casa al grito del pequeño mientras veían que la paloma surcaba el cielo lastimosamente azul. Pasó por una nube de algodón a la que le arrancó un trocito con el pico en su huída. Se acercó al sol sin miedo que sus rayos derritieran sus alas.
    Dio varias vueltas y llamó a su compañero, la vista era maravillosa y quería que él también la disfrutara. 
     
    Mamá observaba, sabía que el momento de que los palomos dejaran el nido había llegado.
     
    El palomo sorprendido reaccionó volando tras la paloma. Podía hacerlo después de tanto tiempo. Volar libre sobre los techos de las casas. Los tejados rojos resplandecientes al sol, los grandes campos verdes se abrían ante sus ojos. El río cercano descansaba después de un día caluroso. El monasterio de los Carmelitas Descalzos con sus puertas inaccesibles para cualquier mortal que quisiera traspasar sus oraciones. Planearon su cuerpo sobre el arbolado espeso dejando estos salir de entre sus hojas el canto de pájaros endulzando el aire.
     
    Alcanzó el palomo a su compañera que alegre no sabía hacia donde volar. Querían explorar el desconocido mundo que se abría ante ellos. Los bosques verdes vistos desde el cielo ofrecían un panorama encantador. Volaron sobre  ríos con aguas cristalinas provistos de destellos luminosos al ser acariciados por el sol.
     
    Volaron sin descanso. Volaron y volaron.
     
    Llegaron a lugares extraños, a casas que les recordaron el lugar que habían dejado, donde la comida nunca les faltó y donde eran muy queridos. Techados que les recordaron los escondites en los cuales en las noches de luna habían soñado con meterse a vivir un amor naciente.
     
    Pasó el tiempo y la nostalgia les apretó el corazón. Estaban tristes, volar ya no les parecía tan divertido.  Cada vez pasaban más tiempo en tierra añorando el calor hogareño, extrañando las decenas de ojos tristes pendientes en todo momento de ellos.
     
    Andaban perdidos sin saber encontrar el camino de regreso a casa. Descansaban apenas para dormir un poco y limpiar las alas sucias del polvo del camino. Día y noche volaban tratando en encontrar la ¨querencia¨ que habían dejado atrás.
    Tenían los ojos tristes como aquellos que un día los vieron partir, su currucú era tan lánguido que daba pena oírlos.
     
    Una mañana oteando al horizonte, vieron un árbol de peras que les era conocido. Se les quería salir el corazón de alegría, por fin estaban cerca de casa. Apretaron un poco más el vuelo reconociendo el tejado  negro donde muchas veces habían soñado dormir, estaban en casa.
     
    Habían regresado y no se irían más.
     
    Habían probado la libertad que les dio el vuelo hacia ningún lado. Extrañaron los ojos tristes, extrañaron la comida, la casa, hasta el cordel atado a su patita rosa.
     
    Pero habían aprendido el valor que la vida les había dado. Ya no habría más cordeles lastimando sus delgadas patas. Ya no habría más alas cortadas.
    Con un marco de felicidad fueron recibidos por los habitantes de la casa, habían regresado al nido bajo la mirada complaciente de la madre que sabía que regresarían.
     
    Los palomos habían aprendido a ser libres y disfrutar su libertad. El cariño y enseñanzas que la madre les dio habían surtido efecto.
     
    Eran libres.
     
    Flor de María

     

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