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Sobre este blog de Cultura

Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 03
    Noviembre
    2013

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    El rodaje

    A veces basta con aproximarse a un sueño para descubrir que no era tal. A Laura le sucedió cuando logró entrar en el departamento de prensa de una productora de cine, que le asignó como primer trabajo asistir diariamente al rodaje en Huelva de "Hilos de oro", una película de un director cuarentón famoso por ser un histérico y acostarse con todas sus actrices. Dos meses de rodaje en el Sur, con actores bastante conocidos y un presupuesto holgado que permitía consumir metros y metros de celuloide sin reparar en gastos. La curiosidad de saber cómo es por dentro el mayor tren eléctrico del mundo, que decía Orson Welles, hizo que Laura llegara al rodaje siendo la mujer más feliz del mundo. A lo largo de dos meses fue testigo de un espectáculo fascinante, que, por desgracia, nunca podría revelar. Conoció las interioridades de un proceso que roza la locura, que puede resultar incomprensible en su incoherencia, que casi siempre funciona por espasmos creativos que rompen cualquier planificación y van contra la lógica. Pasó a su lado un carrusel de divismos, de inseguridades, de dudas, de celos, de caprichos, de luchas de poder, y supo que para ser director de actores primero hay que tener el carácter de una roca y después la flexibilidad de un junco. Aprendió que en el cine hay que acostumbrarse a esperar, y esperar, y esperar, y que los mejores momentos casi nunca surgen cuando se buscan sino cuando a ellos les da la gana de aparecer. Y comprendió, decepcionada y aliviada al mismo tiempo, que el mejor guión del mundo no sirve de nada si en el rodaje no se consigue crear un clima especial, un estado de ánimo colectivo que logre la alquimia de convertir simples palabras en imágenes que hagan vivir la pantalla. También supo que la intimidad falsa de los amores en la pantalla provoca, a veces, pasiones fugaces cuando la cámara se apaga, y aprendió la lección de que no hay que enamorarse nunca de un actor que cobra por fingir.
     
    Autor: Tino Pertierra.

     

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