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Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 12
    Marzo
    2014

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    Fuegos fatuos

    Fuegos fatuos

     
    Joaquina tenía la clara convicción de que si ponía las tijeras abiertas en forma de cruz encima de la puerta de la entrada de la casa,  su hijo estaría a salvo de cualquier bruja advenediza que quisiera chuparle la mollera al recién nacido.
    Las luces que aparecían y desaparecían todas las noches desde su ventana no se acercarían para hacerle daño a Quique, el pequeñito al que acababa de alimentar con su savia convertida en leche materna.
     
    Las noches alumbradas por la luna solitaria le daban un extraño misticismo al Cerro de las Cruces. En lo alto aparecían brujas en aquelarre bailando y haciendo ritos, buscando sangre joven que habrían de chupar de los recién nacidos. Eran fuegos fatuos coronando las noches de viernes.
     
    Parada en la ventana, Joaquina cuidaba que no fuera a entrar alguna por los resquicios de las ventanas o debajo de las puertas hasta que bautizaran al niño. El pecado mortal que lo marcaba sería borrado con el bautizmo y las brujas no podían acercarse nunca más a él.
     
    Desmenuzaba las horas de la noche en penumbras, rodeada de sombras que bailaban al rededor del cuarto y que en extraño sortilegio hacían que se le erizaran los vellos y un escalofrío le recorriera la espina dorsal, y sin embargo esas sombras la hacían sentirse protegida. 
    Al menos no estaba sola al amparo del desamparo.
     
    Las malas horas llegan en el momento menos esperado, cuando los cantos de las cigarras arrullan los sueños cansados y las rosas dormidas añoran rocíos encantados cayendo sobre sus pétalos.
    Con la vista perdida en la oscuridad, Joaquina nunca se dio cuenta que su hijo se movía inquieto, un leve gemido la hizo voltear, con pasos rápidos alcanzó al niño revisando que estuviera bien. Acarició las rosadas mejillas, dibujo el contorno de su boca, rodeo delicadamente las orejitas. Pero nunca se dio cuenta de la gotita de sangre que había en la coronilla del bebé quien exhalando un largo suspiro dejó de soñar.
     
    El grito infrahumano que salió de las entrañas de una madre coincidió con la desaparición de las luces en el cerro, Joaquina nunca lo sabría, había caído muerta al lado del hijo que inerte yacía a su lado.
     
    Flor de María

     

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