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Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 28
    Marzo
    2014

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    ¿No quiere un caballo señito?

    ¿No quiere un caballo señito? me dijeron varios hombres que ofrecían llevar a los visitantes a la cima del volcán. ¡Ni madres!, fue lo primero que dije porque en la vida he estado cerca de un cuaco y no iba a ser esa mi primera vez.

    No va a subir a pie señito yo sé lo que le digo. Miré desafiante al tipo y emprendí la subida a tan empinada cuesta, mis piecesitos se hacían chuecos porque no estoy acostumbrada a caminar entre piedras.

    ¡Súbase señito!, dijo el campesino cuando vio que me quedé parada, pero no iba a subirme a un pobre cuaco que estaba en los huesos. Podía contarle las costillas, estaba tan esqueleto  que imaginé iba a caer de panza con las patas abiertas -el caballo no yo- tan pronto pusiera mi hermosa anatomía en semejante jamelgo.

    No pasa nada, es juerte aunque no parezca -decía el anciano- mientras mis ojos pedían perdón al intento de caballo que me miraba con ojos de no jodas me voy a pandear. Llenando de aire mis pulmones sin volver a mirar al caballito, me crucé el bolso y subí no sin antes querer caer del otro lado porque en mi perra vida me había subido más que a los caballos de feria que ni relinchan siquiera.

    Y ahí voy a lomo de cuaco, con el viejillo agarrando la rienda mientras me detenía hasta con los dientes para no caer e irme a estrellar a las rocas que el volcán había expulsado vaya saber su madre cuando.

    La subida estaba tan llena de rocas, lodo y hoyancos que el pobre jamelgo esquivaba gracias al sabio manejo del campesino que no sé cómo fregados no se cansaba. Yo no más ver la empinada cuesta ya iba sacando la lengua. Él y el caballo iban tan frescos como las lechugas o al menos nunca oí que se quejaran pero si vi la sonrisa burlona del matusalén que reía para sus adentros.

    Llegué o deberé decir llegamos sanos y salvos hasta un santuario quenorecuerdocomosellama, ahí me pude apear y dejar descansar al pobre caballito que seguramente ha de haber respirado tranquilo al descargar semejante dama, lo malo que todavía faltaba el regreso. Caray quién me dijo que ese remedo de Rocinante era más fuerte que yo, ni siquiera bufó.

    Y ahí voy pa´bajo de nuevo pidiendo a dios y a todos sus santos anexos y convexos que se acordaran que un día hice algo bueno y que me lo valieran para no estrellar mis huesos -porque tengo, muy escondidos bajo mi carnosidad pero tengo- pero dios se acordó de un día lejano que rezongué a mi madre. Empezaron a caer gotas de lluvia, ora si ya valí le dije a Sancho Panza digo al anciano que como buen jinete ni se inmutaba ante el camino lodoso.

    Por fin llegamos al lugar de partida después de haber pasado las de Caín por el feo camino. Me bajé pero el cuaco se movió, un tipo no me pudo detener, Sancho no me alcanzó y si, caí con mis quinientos huesos y un collar de calaveras como dice Quique. En mi méndiga vida vuelvo a subir a ningún animal de cuatro patas. No vuelvo a montar un jamelgo a menos que alguien me quiera robar a lomo de su caballo bayo, ahí si ni me quejaré.

    Flor de María.

     

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