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Sobre este blog de Cultura

Quizá ya ocurrió es un lugar sacado de las brisas de un mar y sus brumas donde todas las ideas serán bienvenidas, sobre todo las infundadas y las que vienen de los que dudan y otros caprichos, y donde la evidencia, no será ni mucho menos suficiente para desmentir una verdad. En fin, ya me entienden....


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  • 18
    Marzo
    2014

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    Purificación

    Hundida en el bosque veracruzano, la cabaña tenía todo para pasar un fin de semana confortable, sin televisión, internet, periódicos, teléfono, nada que pudiera distraer la mente. El espíritu conviviendo con el cuerpo a la orilla del Río Pescados que bramaba cada que sorteaba al andanal de piedras que había en el trayecto.

    El murmullo furioso de sus pequeñas olas provocaban somnolencia en nosotros, acostumbrados al ruido citadino, la magia del río nos adentraba a un mundo lejos de nuestra realidad. Tumbados en el pasto y sin miedo a los bichos dejamos que el aire tibio nos acariciara el rostro. El cielo estrellado a veces se asomaba entre las copas de los árboles haciéndonos ver que el paraíso si existe y yo lo tenía ante mis ojos.

    A unos pasos de ahí, en medio de árboles enormes, las luces blanquecinas del lugar alumbraban la figura de un hombre vestido pulcramente de blanco. Descalzo, con los pies en contacto natural con la tierra dejaban ver la confianza que le tenía al piso que lo sostenía, tenía el pelo cano y los ojos grises. El rostro lleno de arrugas contaba su vida a través de ellas. En medio de un círculo blanco se movía despacio contándonos lo que haríamos en ese ritual al que sin saber nos vimos envueltas.

    La luna en lo alto del cielo iluminaba la copa de los árboles que no dejaban pasar mucha de su luz. Mirándonos fijamente, el hombre empezó a hablar sobre nuestra relación con el universo y el daño que le hemos causado a la tierra que pródigamente nos ha cobijado por tantos años.

    Hablaba con voz pausada haciendo que no despegáramos la vista de él. Recorría poco a poco a las cuatro personas que a su alrededor permanecíamos a la expectativa. Nerviosos contestábamos con balbuceos a lo que nos preguntaba.

    Los ojos grises se posaron en mi, preguntando mi nombre empezó a decir cosas que nadie que no me conozca puede saber, era la primera vez que lo veía y sin embargo parecía saber tanto como si hubiera vivido conmigo. Sin darme cuenta la vida ha dejado huellas en mi rostro que nunca pensé dijeran nada sobre lo vivido.

    Tomando un sahumerio nos rodeó con humos mágicos dándonos una tranquilidad aparente y digo aparente porque era la primera vez que los cuatro que nos encontrábamos ahí teníamos contacto con un chamán.

    Pasándonos por la espalda un atado de yerbas susurraba palabras que no alcanzaba a escuchar, el hombre recorrió el cuerpo de cada uno con rezos mientras las notas lejanas de los grillos y el susurro del río eran una extraña comparsa que acompañaban la letanía.

    Preparados para el ritual, nos introducimos a una caverna oscura, extremadamente caliente, donde un pequeño rayo de luz se abría paso por algún rincón del suelo. En el centro de la caverna una fogata casi en extinción nos ayudaba a ver un poco más. Las brasas al rojo vivo hacían que el calor fuera extenuante. Sentados en bancas frías y duras quedamos al amparo de la curiosidad y en las manos de ese hombre, ejerciendo un raro encanto sobre nosotros.

    Empezamos a sudar sin parar, el hombre nos explicaba lo que estaba haciendo. Sin darnos tiempo a reaccionar, a cada tanto echaba algo sobre las brasas levantándose un humo blanco hacia el techo, con la cara arriba el vapor casi nos quemaba. La oscuridad y el miedo nos hacía ver cosas que no había más que en la mente de quienes estábamos ahí.

    El chamán pasó por cada uno de nosotros a darnos un extraño masaje, los pies, manos, cuello y vértebras dieron cuenta de sus manos expertas.

    El tipo se centró en mi, habló sobre como debo tomar la vida desde hoy, vivir ocupándome no preocupándome. Estando en tal estado de indefención como me sentía, reflexioné sobre mi vida y me di cuenta de todos los errores que he cometido en el camino hasta hoy. Hundida en mis pensamientos, el vapor entraba por cada poro de mi piel sacándome todas las tóxinas que mi cuerpo guardaba haciéndome daño.

    El sudor seguía corriendo sobre mi cara mientras el hombre nos hacía ver la vida de manera extraordinaria.  Quise quedarme a vivir ahí para siempre. Me dí cuenta que puedo vivir sin muchas cosas que en tres días no eché de menos. La magia de soñar, de saber que muchas cosas que me proponga las puedo lograr.

    Extinguiéndose poco a poco el calor, el hombre nos indicó que era hora de irnos.  El frío de la noche nos dio de lleno en la cara volviéndonos a la realidad.

    Tres chorros de agua salidos de la pared, como regaderas recibieron nuestros cuerpos calientes un baño de agua fría.

    Despertándonos a la nueva vida que el hombre nos había enseñado. Restaba seguirla o no. Cambiar la esencia de cada uno para ser mejores sin lastimar a nadie, sin dañar nada de lo que vemos o tocamos.

    Se despidió dándonos una bebida que no supe qué era. Inundando mi cuerpo. El líquido caliente atravesó la garganta hasta llegar al estómago. El hombre mirándome con ojos cálidos, decía que viviera, que buscara la cura a todo lo malo que aún quedaba en mi, poco pero había. Restos de una vida infeliz que podría diluir como la sal que tuve entre mis manos.

    Bebiendo el té y como por arte de magia, el chamán desapareció entre la espesura del bosque, sin darse cuenta que me había hecho renacer. Como mago que aparece un conejo de la chistera, así ese hombre develó la vida ante mi. Vida que había dejado pasar sin darme cuenta que solo se vive una vez. Magia pura que descubrí en un lugar escondido en el bosque veracruzano y al que un día he de volver. 

    Flor de María.

     

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