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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 10
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (cap.1): Los ladridos de Pabloiglesias

     

    CAPÍTULO 1.

    LOS LADRIDOS DE PABLOIGLESIAS, EL PERRO

     

    Pabloiglesias, el perro, empezó a ladrar como si se lo estuvieran llevando los mil demonios. Había que ver aquel centímetro de chucho callejero qué ladridos llevaba dentro. No más grande que un puño, cara de rata, ladraba con la contundencia de un mastín. Qué perro más presuntuoso. Atronaba por todo el parque. Enseñaba los dientes. Una bestia Pabloiglesias, el perro.

    La mujer de 46 años antes conocida como Eulalia Encarnación López del Vallado – y desde hacía tres semanas simplemente autodenominada Lela-, descubrió para su disgusto que el pequeño animalillo que no ha mucho había encontrado en la calle, el ovillito escurrido de pelo mojado que una noche llegó a lamerle los zapatos mientras ella paseaba solitaria y triste por aquel mismo parque, se había transformado en un animal temible que tiraba de la correa, ladrando furioso a la oscuridad. ¿Quién o qué era lo que había vuelto loco a Pabloiglesias, el perro?

    Eulalia Encarnación, llamada ahora Lela, se dijo que había que mantener la calma, que nunca hay tanto peligro para tanto miedo y que, en definitiva, había que tirar fuerte de la correa de Pabloiglesias para demostrarle quién mandaba allí. Lela se dijo también que en situaciones como aquella era cuando tenía que demostrarse a sí misma el temple que habría de marcar la nueva etapa personal que había abierto en su vida. “Lela, las mujeres tenemos que empoderarnos”, se dijo. “Empoderarnos, Lela, empoderarnos”, se repitió.

    Así que tiró con decisión de la correa y Pabloiglesias, estrangulado, perdió la voz al instante. Quedó derribado en el suelo, turulato, con la lengua afuera. Cuando se recuperó del tirón no tardó en correr a refugiarse en los tobillos de su dueña. Con el perrillo sometido a sus pies, Lela, ya totalmente empoderada, percibió cómo se alojaba en su interior una molesta inquietud. La noche, que venía anunciándose parsimoniosa por los caminos del atardecer de aquel primer día de agosto, cayó de repente sobre el parque. De la hierba parecía  salir, como el espíritu de abandona el cuerpo de un muerto, un calor viscoso. La sombra alargada de algunos grupos de robles que graciosamente adornaban la pradería se fundió de repente con una oscuridad de un azul profundo. Pero el alma de Lela se sobrepuso y surgió de su interior aquella mujer de pecho valiente y cabellera rojo fuego recién teñida, empoderada de pies a cabeza. El tiempo se detuvo. Pabloiglesias temblaba y la miraba con ojos de gatito. Lela miró al frente. Algo se movía en la oscuridad.

    Eran dos puntos brillantes. Era una respiración animal la que provenía de la espesura. ¿Era un jabalí?

    (Continuará)

     

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