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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 16
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap. 7): Pabloiglesias tiene un plan para conquistar

    (En capítulos anteriores: Lela ha roto con su marido. A sus cuarenta y tantos, no sabe qué hacer con su vida. Una tarde, paseando a su perro PabloIglesias, conoce a un jabalí llamado Paulo Coelho que se convierte en su guía espiritual. Paulo le dice que tiene que perseguir su sueño. Y su sueño es conocer a un hombre como los que protagonizan las novelas románticas que Lela lee a todas horas: un escocés, un highlander. Resulta que ese hombre vive en la casa de al lado y es su vecino, el capitán retirado de la sección de Tráfico de la Guardia Civil José Manuel Gallardo. La pasión estalla entre ellos como una erupción volcánica.)

     

    Era el amanecer de dos días después y Lela y el capitán Gallardo seguían en el recibidor de casa de la mujer, entregándose a los últimos lances del amor, con severas agujetas por ambas partes, un par de breves paradas intermedias para echarse Reflex y una parada larga, porque él pensó que se había roto la cadera. Pabloiglesias, el perro, que había tenido que dormir en la calle esas dos largas noches, ya se había cansado de ladrar, aullar y dar con su patita en la puerta. Estaba profundamente irritado. Su venganza sería implacable, se prometió.

    Pabloiglesias, el perro, maldecía a su dueña cuando la puerta de casa al fin se abrió y pudo contemplar el rostro de Lela. Estaba terso, juvenil, despejado, bañado en una claridad que nunca había visto en ella. La mujer hizo pasar al malhumorado perrillo mientras recogía el albornoz que había acabado colgado de la lámpara. Antes de subir a su cuarto a ducharse, echó una última mirada a su hombretón, que aún dormía profundamente, harto de amor, harto de su amor, directamente sobre la alfombra del hall. Estaba completamente desnudo salvo por un lacito de cuadros escoceses que Lela le había colocado en su partes para que conjuntase con la decoración del hogar. Pabloiglesias, el perro, pasó iracundo sobre aquel pecho peludo y desagradable rumbo a su bol de bolitas de pienso para perros. La venganza ya llegaría. Tomaría el cielo por asalto. Ahora se iba a hartar. Tenía el hambre de un lobo. Y odiaba a aquel hombre que le había robado la exclusividad del amor de su dueña.

    Cuando el capitán Gallardo despertó, creyó estar en el cielo. Y salvo el lacito, que le apretaba ligeramente, nunca se había encontrado mejor. ¿Podía ser cierto aquello que le había pasado?, se preguntaba. Tenía el cuerpo magullado pero cada músculo enviaba agradables mensajes a su cerebro y le proporcionaba un pequeño placer doloroso. Estaba lleno de marcas de mordiscos de arriba abajo. Y alguien le había escrito en una nalga la palabra “Todo” y en la otra “por la patria”. Qué picarona esta mujer, pensó. Gallardo no se levantó inmediatamente, se quedó unos instantes allí, mirando al techo, donde Lela también había escrito la misteriosa palabra: “Cuenca”. Y así, mirando pa Cuenca, Gallardo se quedó unos segundos reflexionando sobre el significado de aquella pintada. Luego, desde su posición aún yacente, comprobó que por la rendija de la puerta podía verse una raya de luz intensa en la calle. Era un día luminoso. El más luminoso de todos los días de su vida.

    José Manuel Gallardo por fin se levantó. ¿Dónde estaba su ropa? No encontró nada por allí salvo la camisa de cuadros, completamente hecha jirones. Oh, sí, lo recordaba. Ella se la había arrancado a tirones. Gallardo se levantó. Se ató a la cintura aquellos harapos con estampado escocés. Se sentía un salvaje. ¿Qué había pasado en su interior? ¿Eran así realmente las mujeres, todas las mujeres? ¿Era esta seguridad, este poderoso núcleo irradiador que ahora tenía dentro de sí, lo que proporcionaban las mujeres? ¿Era esto que estaba sintiendo la esencia de la virilidad? Cuánto se había perdido durante estos años. Sesenta y tantos y sin haber catado una mujer hasta ahora. Qué desperdicio…

    El capitán Gallardo no podía quitarse a Lela de la cabeza. Eulalia Encarnación López del Vallado, su vecina. ¿Pero podía seguir llamándola así, Eulalia Encarnación López del Vallado? ¿No era ahora su diosa? ¿En esos dos días vertiginosos no había acaso inventado para ella otros nombres, nombres sucios, nombres peligrosos, nombres que sí podían reflejar la indómita belleza que había hervido entre sus brazos?

    -No digas mi nombre. No tengo nombre –escuchó decir a Lela a su espalda. Se giró, la vio acercándose mientras se ataba el cinturón del albornoz.

    María Encarnación López del Vallado, pensó él. Ese era su nombre. Pero no lo dijo, no pronunció. Ahora todo, el Universo entero, habría de ser nombrado de nuevo.

    -Yo tampoco quiero saber tu nombre, añadió Lela.

    -José Manuel Gallardo Mediavilla –dijo el capitán jubilado de la sección de Tráfico casi en un acto reflejo, del que se arrepintió inmediatamente.

    Temió importunarla. Cabizbajo, esperó su reprimenda. Sin embargo, no escuchó más que la voz, la dulce voz, de su pequeña potrilla.

    -No. Ese no es tu nombre. En adelante, tu nombre será McGallard. Te llamaré MacGallard.

    Luego el hombre anteriormente conocido como José Manuel Gallardo levantó la cabeza y la vio allí, al final de la escalera, con una faldita muy cortita de falsas pieles. Llevaba un vestidito como ese que se pone la gente en carnaval para vestirse de hombre de las cavernas. Mujer sexy de las cavernas. Ella llevaba el pelo de otro color: negro azabache. La cara tiznada de carboncillo. Una música. Gallardo oía ahora una música. Le sonaba. ¿Era real o sólo estaba en su cabeza? La estaba oyendo. Era el comienzo del “Rey León”: Nants ingonyama bagithi babaaaaaa, Sithi uhm ingonyama , Nants ingonyama bagithi babaaaaaa, Sithi uhm ingonyamaaaaa, Siyo nqoba Ingonyama nengw' enamabalaaaa...

    No hicieron falta más palabras. José Manuel Gallardo, ahora transformado en el salvaje McGallard, salió disparado en dirección a Lela, golpeándose el pecho alternativamente con los puños cerrados. Y Pabloiglesias, el perro, ajeno a aquellas calenturas que de repente había en la casa, volvió a escuchar que su dueña y aquel señor odioso empezaban de nuevo a ladrar, mugir, barritar, balar, aullar y rugir, y parecía que no dejaban de dar patadas a las puertas, a las paredes, a todo…

    -Los humanos son una casta… -se dijo Pabloiglesias, el perro, mientras en su interior empezaba a nacer un plan. Un tremendo plan para conquistar el mundo.

    (Continuará)

     

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