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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 18
    Agosto
    2016

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    "Jabalí " (Cap. 9):La doma del capitán Gallardo

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis que ha roto con su marido, ha conseguido reconducir su vida gracias los consejos de Paulo Coelho, un jabalí que merodea por el parque de la urbanización donde ella reside. Toda la vida se ha pasado leyendo novelas románticas protagonizadas por highlanders, indómitos escoceses, y damiselas indomables. Y ahora ha conseguido uno real para ella. Lo llama McGallard pero en realidad es su vecino, José Manuel Gallardo, capitán jubilado de la sección de Tráfico de la Guardia Civil y virgen a los sesenta y tantos por más señas. Ambos ya han consumado su amor, que se prevé eterno. Pero cuando todo iba bien, la cuñada de Lela, llamada Trotte, la avisa de que se ha corrido la voz de que hay un peligroso jabalí merodeando por la urbanización y de que se están planteando darle caza)

     

    Muy bien de la cabeza no podía estar esta mujer. El capitán Gallardo, desde hace unos dos días rebautizado como McGallard por su amante Lela, salió por un instante de sí mismo y se contempló allí tumbado en la cama de su vecina, que ahora lucía un peinado a lo rastafari. ¿Cuándo había tenido tiempo Lela para hacerse todas esas trenzas si no se había separado ni un segundo de él en los últimos días? Ni idea pero mientras pensaba en ello se dio cuenta de que Lela había vuelto a cambiar. Ahora llevaba un aparatoso cardado afro.

    Muy bien de la cabeza no podía estar. Resulta que ahora estaba contándole que había un jabalí, un jabalí que hablaba, que era más que un jabalí, que era como un consejero espiritual para ella, un coach del alma, un maestro que le había enseñado el camino a seguir, a conseguir su sueño y que su sueño era él, McGallard de mi vida. ¿Un jabalí? El capitán Gallardo no salía de su asombro. ¿Pero quién coño se podía creer lo que le estaba contando esta mujer? Desvariaba, clarísimamente desvariaba. ¿Y cómo decía que se llamaba el jabalí? Paulo Coelho. Homenomejodas. ¿Y él, que él era quién? ¿McGallard? El guardia civil de Tráfico que Gallardo aún llevaba dentro estuvo a punto de hacerla soplar en el alcoholímetro.

    Lela cogía la cara a su amado con las dos manos mientras dos lágrimas corrían por su rostro.

    -McGallard, tenemos que salvar a Paulocoelho, ¡tenemos que salvarlo!

    El espíritu del capitán Gallardo, fruto de uno de sus ataques de pánico, se había desgajado del cuerpo y contemplaba la escena desde lo alto de la habitación. Las sábanas estaban revueltas por los lances del amor, las dos mesillas del dormitorio volcadas, el cabecero perforado y el espejo  de cuerpo entero roto en mil pedazos. Gallardo se comía la cabeza: “¿Qué hago yo aquí? ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué me está llamando McGallard y me dice que soy escocés? ¿Cómo es posible que ambos hayamos violentado el sagrado vínculo del matrimonio? ¿Qué dirá el señor Felipe Grande Armario, legítimo esposo de esta señora que me ha metido en su cama? ¿Contribuirá todo esto que estoy haciendo a acabar con la indisoluble unidad de España?”, se preguntaba el capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico.

    -¡McGallard! ¿Me estás escuchando?

    Lela le sacudió la cabeza y el espíritu flotante del capitán Gallardo descendió y corrió a esconderse a su cuerpo. Lela abrió su camisón y se sacó impulsivamente una teta.

    -¡McGallard, mira!¡Teta!

    El espíritu del capitán Gallardo se vio perdido y, como el del genio de Aladino succionado por la lámpara maravillosa, quedó para siempre encerrado en el cuerpo de McGallard. Era el final de aquel hombre aburrido. Se había producido la metamorfosis. Y sobre las cenizas de aquel guardia civil que había sido mocito hasta pasados los sesenta, surgió el marmóreo McGallard, el nuevo hombre, el escocés indestructible. Con los ojos abiertos, las pupilas extraordinariamente dilatadas y el cerebro en encefalograma plano, este nuevo hombre extendía las manos abiertas hacia los pechos de su amada. Y mecánicamente repetía:

    -Teee-ta, teee-ta.

    -Bien, McGallard. ¡Y ahora a rescatar a Paulo Coelho!

    -Teee-ta, teee-ta.

    (Continuará)

     

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