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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 31
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Capítulo 18): "Las 300"

     

     

     

     

     

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis, vive un romance con su vecino, al que ella llama McGallard, como los highlanders de las novelas románticas que lee compulsivamente. Lela tiene un consejero muy especial: un jabalí que un día encontró en la deliciosa urbanización donde reside. Es un jabalí que habla y que se llama Paulocoelho. Y cuando le preguntas sólo dice cosas intensas. Se ha corrido por la urbanización que el jabalí anda por ahí y quieren cazarlo, así que Lela y McGallard tienen que sacarlo de allí. Huyen en una moto con sidecar de la II Guerra Mundia, herencia del abuelo de McGallard, que luchó en la División Azul. Buscan un sitio donde dejar a salvo al jabalí. Después de algunas peripecias, paran a comer en un restaurante llamado El Rey de la Morcilla, donde su chef, llamado Adrián Ferraz, quiere secuestrar a Paulocoelho. McGallard derriba al cocinero de un bofetón y siguen camino. Pero el cocinero no se rendirá fácilmente y emprenderá una alocada persecución. Hasta que alcanza a Lela., McGallard y logra raptar al jabalí. Lela y su enamorado tendrán que lanzarse a rescatarlo)

     

     

     

    Adrián Ferraz, el cocinero loco, se había escapado llevándose con él a  Paulocoelho. ¿Qué hacían ahora? ¿A dónde se dirigirían en busca del sabio jabalí?

    -¿McGallard, hacia dónde tiramos? –preguntó Lela.

    -Se fue hacia la derecha, no hay duda. –respondió McGallard.

    -Bien, entonces tira hacia la izquierda. Y vete acelerando McGallard, que nos lleva ventaja ese maldito.

    McGallard llevaba la moto a todo lo que daba mientras Lela, en el sidecar, iba tiñéndose el pelo con mechas verdes, marrones y ocres, al tiempo que se pintaba la cara de negro y se pertrechaba con unas gafas de visión nocturna. Había que prepararse para el combate con el cocinero loco. Cuando Lela terminó de prepararse, le fue pintando los labios a McGallard de un rojo intenso, le rizó también las pestañas, le colocó un clavel rojo en una oreja y le hizo la manicura francesa. Con disimular un poco su acentuada virilidad, bastaría para hacerle pasar totalmente desapercibido. Un toque. También la cambió los distintivos a la BMW, sustituyéndolos por los de un Seat Ibiza, con lo cual la transformación del vehículo ya era total. ¿Quién los iba a reconocer así?

    Fueron parando en todas las gasolineras y bares de carretera que encontraron a su paso, por ver si alguien había visto pasar el foodtruck del Rey de la Morcilla con un jabalí dentro. Así camuflados, con extrema discreción, fueron preguntando. Nadie sabía nada. Pese a todo, no sucumbieron al desánimo. Llevaban horas de viaje cuando, en un área de descanso vieron estacionado el foodtruck del Rey de la Morcilla, ante el que había una larga cola de jubilados, al parecer procedentes de varios autobuses que estaban allí estacionados. Aparcaron el Seat Ibiza (antes BMW R75 con sidecar) al final de la batería de autobuses. McGallard se quedó de guardia en el vehículo y Lela, colocándose las gafas de visión nocturna, se fue a sacar información a las filas de jubilados que allí estaban haciendo cola.

    Cuando llegó al final de la larga cola, tres horas después, pues iba arrastrándose como un comando, comprendió la razón de la espera de los jubilados. Descubrió que allí no se repartía nada, nada de morcillas, nada material. El que atendía a los clientes era Paulocoelho, el jabalí, que escuchaba pacientemente a los jubilados bajo un rótulo que decía: “Cuénteme su vida”. Ellos se desahogaban lo mismo que si estuvieran en el médico y Paulo los despedía con uno de sus consejos. Luego Adrián Ferraz cobraba 100 euros a cada jubilado. Todos salían absolutamente encantados.

    Antes de que le llegase el turno, Lela se escabulló con total sigilo, no sin antes llevarse por delante a una anciana que tenía detrás en silla de ruedas. No la vio. En realidad, Lela apenas veía nada. Iba deslumbrada. Aún no había la oscuridad suficiente para que las gafas de visión nocturna fueran realmente efectivas.

    No tardó en contarle a McGallard lo que estaba pasando y acordaron esperar a la noche para pillar desprevenido al cocinero y rescatar a Paulo. Aquel maldito estaba aprovechándose del pobre Paulo para sacar beneficios. Qué desalmado. Lela no podía permitirlo.

    Al filo de las dos de la mañana, los jubilados dejaron de hacer cola, se subieron a sus autobuses y se fueron. No quedó nadie en el área recreativa más que la camioneta del cocinero loco y ellos dos. Pero no serían descubiertos. Lela era consciente de que con aquel camuflaje tan elaborado Adrián Ferraz jamás podría identificarlos. Ni a ellos ni a su vehículo. Por si acaso, le dio otro toque al lápiz de labios de McGallard.

    Al ataque. McGallard avanzaba a cuatro patas y, sentada a horcajadas sobre él, Lela lo orientaba con sus gafas de visión nocturna. No tardaron en acercarse al foodtruck. Lela se puso de pie sobre las espaldas de McGallard para asomarse por una de las ventanas de la caravana. Lo que allí vio la dejó de una pieza. Paulo fumaba uno de sus peculiares cigarrillos aromáticos y a su lado el cocinero Adrián Ferraz charlaba con otra persona que Lela identificó inmediatamente con el señor Maloloret. Pilló la charla ya comenzaba. Habla la Maloloret:
    -...lo que yo te diga, amiguito del alma.  Para esto sacamos dinero de de cualquier sitio. Basta con que escuchen al bicho y todo el mundo querrá darnos su dinero. Podrás hacer realidad tu proyecto. Lo estoy viendo: Centro de Pensamiento Gastronómico Adrián Ferraz. Lo haremos en mi aeropuerto, bastarán unas pocas reformas para convertirlo en...
    Lela estaba boquiabierta. Aquellos dos malvados estaban planteando aprovecharse de su maestro, el jabalí Paulo Coelho. La sangre comenzó a hervirle y dio un par de saltitos de rabia, lo que molestó especialmente a McGallard, que era el que estaba poniendo la espalda bajo aquellos deliciosos piececillos.
    Los gritos de dolor del highlander alertaron a los dos criminales. Antes de que se dieran cuenta, Lela y McGallard estaban encañonados por el sifón de nitrógeno del cocinero Ferraz.
    -Como te muevas o te congelo los huevos –advirtió a McGallard.
    Maldita sea. No había manera de liberar a su maestro, el jabalí Paulocoelho. El mal triunfaría en el mundo y las tinieblas se apoderarían de todo. Cuando ya Lela había abandonado toda esperanza, sintió el temblor.

    Ese temblor.

    Primero parecía nada más que una simple vibración, pero después se convirtió en algo consistente. Aquello parecía un terremoto. Sobre el color azul tinta de un cielo nocturno capitaneado por una luna llena y magnética se superpuso un manchurrón negro, como el rastro de un tornado que avanzase en la oscuridad. Maloloret y el cocinero loco se miraron el uno al otro, sorprendidos. Aterrados. Antes de que se dieran cuenta se vieron arrollados por un organismo inmenso, compuesto por miles de brazos y de pies, que arrastraba una polvareda que lo envolvía todo e impedía saber cuál era la verdadera faz de aquel ser gigantesco.
    Cuando la nube de polvo reposó y Ferraz y Maloloret  aparecieron en el suelo, severamente magullados e inconscientes, Lela trató de distinguir en aquella claridad lunar qué era lo que había acabado con los dos malvados. De aquel organismo multiforme, que estaba en realidad compuesto por muchos cuerpos humanos, emergió de repente una figura femenina:
    -¡Lela, querida! Mira tú qué casualidad. ¿Quiénes eran esos dos machos depredadores que os estaban amenazando? ¡Machete al machote!

    Y entonces, como una sola mujer, 300 gargantas femeninas gritaron:

    -¡Macheeeete al machooote!

    Había llegado Trotte al frente de todas sus guerreras, las chicas de la carrera de la mujer.
    McGallard se levantó, sacudiéndose el polvo de encima. Trotee le dirigió una mirada de arriba abajo:
    -Uuuy, qué coincidencia, chiiica. ¿Este es tu novio? Encantada hombretón,  soy Trotte, la cuñada de lela

    -Excuñada.

    -Bueno, excuñada. ¿Nos conocemos de algo, muchachote?

    (Continuará)

     

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