07 de marzo de 2016
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Todos Podemos

07.03.2016 | 04:15

Podemos ha roto la ley fundamentales de la mecánica, tal como la concibieron Galileo y Newton, conocida como Ley de la Inercia, arañando la propia esencia de los partidos políticos y del Gobierno en todas sus escalas.: es el resultado lógico de unos tiempos marcados por el abismo entre los electores y los elegidos, ya que los militantes se relegan al resultado numérico y despersonalizado a partir del cual se imponen las c amarillas prescindiendo de los valores humanos o profesionales que podrían sacar a flote esos navíos que se hunden porque para los dirigentes lo único que importa es seguir en el puente de mando.

Entre el poder y los ciudadanos existe un abismo; durante las elecciones se promete, se besa, se abraza, se sonríe y se programa. A su término se olvidan las promesas y la falsa fraternidad se sume en el olvido hasta que el siguiente cuatrienio la haga de nuevo aflorar. No se reconoce el error refugiando la propia incapacidad e incompetencia en los predecesores. El otro hecho ha sido el protagonismo que han alcanzado los individuos de la clase política cuyos nombres atragantan el bocado mientras los telediarios cuentan los detenidos, los procesados y, en suma, los culpables de que los recursos públicos terminen en bolsillos privados. La corrupción es el aperitivo y el postre que envenena nuestro alimento. Pero todavía no hemos entendido que la corrupción es mucho más que eso.

Corrupción es acabar con los gestores públicos, los funcionarios que accedían mediante procesos selectivos y asistían a una escuela práctica en la Administración que les iba formando adecuadamente; en la actualidad se busca un perfil que agrade al mando en plaza y, como lógicamente desconfían, o no alcanzan los mecanismos se recurre a servicios externos, colaboradores bien pagados que consiguen el auge de despachos particulares. Corrupción es eludir la necesidad para buscar el fausto invirtiendo en pro de la universalización, por ejemplo en Valencia, de su ópera, sus acontecimientos deportivos, la ampliación abusiva de su puerto, la destrucción de un barrio mintiendo descaradamente sobre la gratuidad y un largo etcétera.

Podemos no es criticable porque nada ha hecho. Pero ha tenido la virtud de generar un ambiente asambleísta en que las personas se sienten protagonistas y recuperan su propia dignidad, creyéndose hacedores del futuro. Proclaman la honestidad en la gestión pública y la buena administración. Ni una frase, ni un punto o coma se modificaría en sus enunciados por Partidos ni personas, es decir, que cualquiera lo suscribiría.

Pero ahí está su programa político y ante él declina la buena teoría. En las entrevistas abunda los «queremos», los «vamos a intentarlo» y el «yo así lo creo». No dudo que dicen la verdad pero hay que reprochar el absoluto olvido de que existe otra verdad oponible a la teoría deslumbrante que desconoce el positivismo, el contexto ya universalizado de las decisiones, la excesiva confianza en la naturaleza humana que a veces por soberbia y otras por ambición desvía los buenos propósitos; todo ello serán los escollos insalvables para los que Podemos no está preparado, ni puede estarlo, y tal se revela en el esperado programa económico que nos recuerda aquellas cartas a los Reyes Magos pidiendo que materializaran nuestros sueños con las bicicletas azules y de los que, en el mejor de los casos, obteníamos el lujo de un plumier de doble piso. La parte realizable del programa está al alcance de cualquier otro programa de distinto partido. La utopía es su mérito, individual e inasumible por los demás cuyo mérito indiscutible es la experiencia.

Pero queda su mérito indiscutible. La fuerza que emana de su discurso ha sido el revulsivo de las conciencias individuales y colectivas. Las miradas parecen seguir al frente pero, de reojo, no pierden de vista el tsunami que ha arrasado la inercia y acumulando decepciones y disgustos ha creado la esperanza. Quedan meses...pocos meses...

Cuando llegue el momento, Podemos habrá sufrido el lógico desgaste pero seguramente el PP esté ya en su fase máxima de agotamiento y el PSOE sea capaz de despertar de su largo invierno. No hay que hablar de cambio, sino de vuelta a los orígenes para que cada cual reconozca donde estamos.

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