16 de septiembre de 2016
16.09.2016

Nueva Delhi

16.09.2016 | 18:30

Bracea exageradamente, agachado a la orilla  de un camino polvoriento labrado hace años en piedra caliza, que asciende zigzagueando entre bancales de oliveras, preso de una suerte de convulsiones que, a lo lejos, se antojan algo bastante parecidas a un ataque epiléptico. Maldice entremezclando insultos en dos idiomas, nombrando por su mote a cualquier vecino de una casita de campo cercana a la suya, amigo de toda la vida que, probablemente sin mala intención, desvió el cauce de la acequia sin avisarle y a punto estuvo de dejarle seca la huerta.

Si en lugar de una camisa de manga corta completamente desabrochada, pantalón hasta la rodilla y un par de alpargatas de esparto por cuyos laterales asoman dos dedos meñiques, llevase una chilaba, nos parecería estar presenciando una de esas escena cómicas de Indiana Jones y el Templo Maldito, en las que Harrison Ford arrasa con su moto el puesto callejero de cualquier nativo del norte de África, que ahora se acuerda en arameo de la madre del protagonista, mientras contempla desolado la escampada de melones en la que se ha convertido la carretera, ante la risotada general de los doscientos espectadores que abarrotan una de las multisalas Axion de Xativa, creyendo ingenuamente que aquello sólo puede ocurrir en el tercer mundo, y no a menos de veinte kilómetros de donde ahora mismo ellos ven la película, empachándose a dos manos de palomitas hipercalóricas.

  - ¡Nueva Delhi, Nueva Delhi!
¡Este pueblo se "parese" cada "ves" más a Nueva Delhi!

Lo repite casi como una letanía, bajo un sol de mitad de julio que a esa hora del mediodía parte hasta las piedras, mientras se afana sudoroso por intentar desencajar, a golpe de riñones, una tajadera de madera
que se resiste a salir, sin acordarse de las mil veces anteriores en las que fue él quien hizo de verdugo y a otro cualquiera al que le tocó sufrir las consecuencias de su despreocupado egoísmo.

Una particular forma de convivir de la que ellos mismos alardean a la primera de cambio ante el despistado mesetario que aterrizó en el lugar, por pura casualidad, hace más de veinticinco años y que se resume en, "querido, aquí la gallina de arriba, siempre mea a la gallina de abajo", así que, de lo que se trata, es intentar defender tu posición en el lado más alto y evitar, en la medida de lo posible, que se te orinen en la cara.

Una forma de vida que a ellos les parece normal,  pues han echado los dientes observando con total tranquilidad como cualquier vecino vuelca sin inmutarse un contenedor de escombro al pie de las chumberas de un bancal perdido, o corta de una tacada cuatro o cinco pinos centenarios solamente porque hacen sombra a su terraza, mientras el Ayuntamiento o el Seprona de turno, sean rojos o azules o viceversa, lo mismo me da que me da lo mismo, miran para otro lado y se evitan complicaciones, al igual que pudiera ocurrir en Orán, Corleone o en la propia Delhi a la que se refería nuestro amigo el de la acequia, identificándola de oídas con el máximo exponente del caos y de la anarquía, probablemente sin saber ubicarla demasiado bien en el mapa.

Lo anterior, entre parajes naturales absolutamente idílicos que, en cualquier otro lugar del planeta, los propios indígenas hubieran sido los primeros en preocuparse de preservar frente a cualquier clase de ataque urbanístico, pero que aquí, se encuentran salpicados por cientos de edificaciones ilegales de todo tipo que, en ocasiones, se identifican por los viejos y oxidados somieres que sus propietarios han utilizado para delimitar las parcelas y que, desde hace años, vierten sus aguas sucias directamente al terreno, absolutamente insensibles al perjuicio ecológico que están ocasionando a su propio territorio.

Nada a lo que, por suerte o por desgracia, tras varios años de progresiva inmersión no se acabe uno acostumbrando, hasta considerar algo cotidiano ver esas plantas bajas  repletas de enseres inservibles que nada tienen que envidiar al Gran Bazar de Estambul, en las que lo mismo hay un coche desvencijado que una moto que no anda, varias bombonas de butano, dos o tres neveras apagadas, o latas de conservas caducadas junto a botellas de lejía ocupando los estantes de algún mueble desvencijado, donde, en las noches de verano más calurosas, iaios descamisados cortan tajadas de sandias y las reparten entre hijos y nietos, que beben al raso refrescante agua-limón sentados sobre sillas de plástico de color blanco.

Una tradición milenaria que se repite prácticamente idéntica en cientos de pueblos situados en una y otra orilla de esta gran charca, en los que, hace más de tres mil años, nuestros abuelos eran ya filósofos y poetas, mientras que los de esas cabezas cuadradas que ahora se atreven a darnos lecciones de urbanidad y civismo cada vez que nos retrasamos un poco en el pago de los intereses de su deuda, iban aún con taparrabos y vivían en los árboles saltando como simios, de copa en copa.

Una realidad que terminas haciendo irremediablemente tuya y que acaba por atraparte, aun no pudiendo dejar de sorprenderte cada vez que pasas junto a ese horrible encauzamiento de lo que fuera el antiguo barranco, cuyo diseño atenta contra las más elementales normas del urbanismo y de la ingeniería, al que, tras veinte años, nadie ha sido capaz de cortar las esperas metálicas que asoman cada vez más oxidadas del hormigón y sobre cuya solera aparecen y desaparecen aleatoriamente sillas viejas, colchones y alguna que otra lavadora, que durante unos meses pasan a mimetizarse perfectamente con el mobiliario urbano.

O esa malsana costumbre heredada probablemente de los moros que aquí habitaron unos cuantos siglos, que consiste en echar la culpa de todos los males al vecino o llegar incluso al extremo de no saludar por la calle a tu amigo de la infancia con el que compartiste más de mil veces orinal y chucherías, solamente porque él ahora milita en el equipo azul mientras que tú lo haces en el rojo, o viceversa, como si de sunies y chiitas o hutus y tutsis fuera ya esta historia.

Una manera de entender la existencia que probablemente no sea la más perfecta, pero que, para bien o para mal, forma ya parte de nuestra propia esencia, tal y como lo fuera ya de nuestros abuelos y con la que cargarán nuestros hijos mientras los sigamos pariendo en esta sorprendente e insustituible Nueva Delhi.

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