29 de noviembre de 2016

De Fidel, Cuba y los deseos de Raúl

29.11.2016 | 04:15

A través de su obra "La Tercera Ola", Huntington analizó las transiciones democráticas que se dieron lugar en América Latina durante los años 1974 y 1989. Aunque no supo explicar, a ciencia cierta, las causas de las mismas; sí puso sobre el tapete cinco factores posibles. En la mayoría de las nuevas democracias hubo una crisis de legitimidad galopante del régimen anterior, cambios y práctica de la doctrina de la Iglesia católica, niveles de crecimiento económico elevados en los años sesenta, cambios en las políticas de actores externos importantes y, finalmente, un efecto de contagio en todo el planeta. Si miramos hacia la transición española nos damos cuenta que, de alguna manera, se cumplen lo prerrequisitos de Huntington. Decadencia del franquismo durante sus últimos años, apertura económica, menor influjo de la Iglesia en el Régimen, nuevas relaciones internacionales y, por último, el efecto contagio fruto de la democratización de Portugal.

El día del "Black Fraday" o, como diría un castrista, el día del "consumismo imperialista" ha muerto Fidel. Muchos disidentes – la mayoría – han salido a las calles a celebrar la noticia con vítores y alegrías. Algunos han clamado aquello de "Cuba libre", el mismo canto de sirenas que Gloria Estefan y Yoani Sánchez han gritado desde los tiempos olvidados. El hecho de que Fidel haya muerto no es condición suficiente para que se rompan las cadenas. No lo es, queridísimos lectores, porque el castrismo sigue vivo en las manos de Raúl. Y, no lo es porque tampoco se cumplen algunos de los factores subrayados por Huntington. En Cuba no hay un desarrollo económico como lo hubo en España en los años del bikini. Tampoco hay un efecto viral como fue la Primavera Árabe de hace cinco años. Si que hay, y eso es cierto, cambios en las políticas de los actores externos. Gracias a la intervención de Bergoglio, los Estados Unidos de Obama sellaron un indicio de paz con el pueblo cubano.
Renske Doorenspleet continuó investigando los porqués de las transiciones democráticas. Para ello estudio el periodo posterior a la Guerra Fría. Estudió, como les digo, las transiciones que se dieron durante los años 1989 y 2000. A diferencia de Huntington, esta politóloga no halló evidencias que correlacionaran crecimiento económico y democracia. Luego, los países autoritarios y pobres – como es el caso Cubano – tienen las mismas posibilidades de democratización que los autoritarios y ricos. Esta investigadora, ante la que me quito el sombrero, afirmó que la estructura de clases tampoco afectaba a la transición democrática. Lo que explica las transiciones democráticas son: los vínculos comerciales con países centrales y el número de "vecinos democráticos". El caso cubano cumple con estas dos condiciones. Con la primera, Raúl abrió las relaciones con Estados Unidos. La segunda, Cuba está rodeada de "vecinos democráticos". Democracias con más o menos calidad pero, al fin y al cabo, democracias.

Aunque la muerte de Fidel no cambie las tornas de la noche a la mañana, lo cierto y verdad, es que su fallecimiento debería servir para abrir el debate de la libertad. Todo depende de la actitud de Raúl, del grado de aperturismo mental que tenga con respecto a su hermano. Lo cierto y verdad es que no es bueno para el mundo que Cuba siga anclada en el pasado. Que siga con su foto estática de los tiempos de Guevara. Es necesario que los actores internacionales – tanto estatales como no estatales – tomen cartas en el asunto. Ahora – sin Fidel Castro mediante – es el momento para cicatrizar las heridas y pasar página al medio siglo de castrismo. En España lo conseguimos gracias a la mente aperturista de don Juan Carlos. Gracias a él y a los factores señalados en el párrafo primero conseguimos cerrar la puerta del franquismo. Así las cosas, la muerte de Fidel no es condición necesaria para la transición democrática sin la voluntad de su hermano. Como tampoco lo fue la muerte de Franco.

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