08 de diciembre de 2017
08.12.2017

Blasco Ibáñez desde Toledo

08.12.2017 | 04:15

Cuando termine el año 2017, dedicado a Blasco Ibáñez, finalizarán las múltiples conferencias conferencias sobre el escritor universal y se habrá terminado la celebración del 150 aniversario de su nacimiento, pero su recuerdo siempre pervivivirá en la memoria. En su periódico Pueblo publicó del 23 al 25 de mayo,y del 20 al 28 de junio de 1897 una serie de capítulos sobre su estancia en Toledo que dio lugar posteriormente en un pequeño libro que tituló Desde Toledo, actualmente descatalogado. Comienza describiendo la ciudad imperial como una ciudad regia, su fundación y unión de las culturas árabe, judaica y castellana. A continuación el capítulo dedicado a la Catedral de Toledo –podemos recordar que le inspiró su libro La catedral– sus orígenes y posteriormente su construcción que duró dos siglos y medio, expresando su riqueza interior y los personajes allí enterrados, como Álvaro de Luna y Gil Carrillo de Albornoz.

Después son detalladas minuciosamente las iglesias de Santa María la Blanca y la de San Vicente Ferrer, nuestro santo valenciano que predicó con fuerza en Toledo la fe evangélica. Otro capítulo describe el Corpus toledano, el que todos conocemos y que parece único en el mundo. Seguidamente describe el Mesón del Sevillano o Posada de la sangre, donde al sentarse Blasco Ibáñez, siente como si estuviese a su lado Miguel de Cervantes Saavedra, pues allí escribió La ilustre fregona.

A continuación habla del Alcázar, grandiosa obra del emperador Carlos V que fue incendiado en la guerra de Sucesión, y después de reconstruido, otra vez destruido por las tropas francesas al abandonar Toledo. Una frase bajo la escultura de Carlos V: «Si caigo en la batalla, recoged mi bandera antes que mi cuerpo». Y el último capítulo de continuo sarcasmo e ironía lo titula Las obreras de la muerte,ya que describe el trabajo de las mujeres en la fábrica de armas, diciendo que las valerosas mujeres fabrican las píldoras de la muerte y que por la noche guisan la cena de la familia y se comen a besos a sus hijos, diciendo Blasco Ibáñez que ellas no piensan que lo que sale diariamente de sus manos está destinado a perforar y despedazar sobre el campo de batalla y a otros hijos cuyos padres agonizarán de dolor al recibir la fatal noticia.

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