Colista con todo merecimiento

El CD Castellón pierde uno a tres ante el Rayo Vallecano, sigue sin ganar en el campeonato, acumula cuatro derrotas consecutivas y cae a la última plaza.

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El argentino Leonardo Ulloa gana una pelota por alto al central contrario.
El argentino Leonardo Ulloa gana una pelota por alto al central contrario.  acf

Básicamente, la historia del Castellón uno, Rayo tres, ocurrió así. Primero Jofre, Míchel y cualquiera que pasaba por allí, abusaron de Pedro pero, al rato, el gol nació en banda contraria. Rubén empujó desde cerca, a placer, para rubricar una jugada colectiva bien construida por Coke, en la que crujieron Toño, Baigorri, Xisco, Pol y Carlos, casi nada.
Después, un gran vacío, salpicado por imprecisiones y voluntades descafeinadas, precedió al suicidio en el arranque del segundo acto, el regalo de Pol a Piti y el camino simple de la pelota a la red. Con cero a dos, lo demás quedó en anécdota. A saber, el cero a tres perdonado por Rubén en una contra, ya con el Castellón sufriendo para no ahogarse con tres defensas; el cero a tres no perdonado por Aganzo, ya con el Castellón totalmente ahogado con tres defensas y sin ninguna idea; y el uno a tres simbólico, otro gol de estrategia y otro gol que no vale para nada, el remate de Ulloa tras el córner envuelto por Palanca, que no esconde, ni en broma, las carencias del grupo de David Amaral, colista.
Problemas, eso sí, un catálogo. Comenzando por la portería, donde el entrenador creó una inquietud donde no existía. Se le torció la apuesta por Lledó y ahora Carlos se siente examinado otra vez, inseguro como en las peores tardes, alicaído, sin encontrarse a sí mismo ni parecer entender nada, como todos.
Porque, vale, se acepta no mentar más a los que se fueron, pero resulta que los que se quedaron son una sombra vagante, envueltos en la espiral del desquicio. Pol Bueso ha arrancado a un nivel lastimoso, sin mesura, ni temple. Gari Uranga no encaja en ningún mecanismo colectivo, y no es el único. Mantecón, que acumula cuatro millones de oportunidades desde que llegó a Castalia, y que nunca ha justificado tamaña confianza, comparsa en el mejor de los casos. En la exigencia, a Baigorri se le desnudan las carencias y todo el mundo sabe ya lo que se puede esperar de Pedro, ayer con brazalete y todo.
Así, el fracaso estructural devora cualquier iluminación. Todavía sin titulares, con los bandazos desde el banquillo que superan cualquier intento de comprensión. Amaral recuperó el doble pivote para otorgar un aire de coherencia a la formación, pero no se solventaron ninguno de los dos grandes dramas de este curso. La incompetencia de la zaga y el centro del campo para mover la pelota con criterio; y los reincidentes errores en la zaga que conllevan castigos definitivos.
En defensa, ni Pol ni Xisco otorgaron una salida limpia desde la cueva, y tampoco Omar y Mantecón, ya que Movilla se los zampó. A partir de esa premisa, se complica la tarea del resto. En los costados, Rafita cercioró, punto por punto, la teoría del mejor llegar y peor estar. Ofuscado cuando vive sin espacios y con marca fija, sólo vuela de veras cuando se presenta por sorpresa, sin avisar, y por eso le da amplitud al equipo de lateral, y le costó tanto anoche sacar una rosca decente, siquiera.
Por la izquierda, el joven Toño tiró de orgullo para aguantar el tipo en el césped, en noventa minutos de los que curten, en los que pareció un lateral ubicado en una zona que todavía le es extraña. Avanzando, Jonatan Valle se movió libre tras Ulloa, sin convertir el deseo en carne, igual que Palanca luego, todavía mayores las expectativas (cada vez menos), que la realidad (cada vez más triste).
Y al fondo, muy al fondo, Leonardo Ulloa, bordeando la desesperación. El argentino, contra el mundo, busca consuelo en lo intrascendente. Él, que acostumbraba a marcar los goles decisivos, los que valían puntos, no tiene más remedio ahora que escuchar aplausos de basura, por la intendencia, por ese lujo de rabona, boquiabiertos, o por el tanto del maquillaje en tiempo añadido, poderoso en el salto y certero en el testarazo.
Ulloa, que ni festejó entre pañuelos y bronca, es lo único reconocible en un equipo incapaz de extirpar los viejos problemas, a los que añade síntomas de pérdida de fe. Cuando tiene que jugar, aburre. Cuando tiene que defender, se derrumba. Y, en definitiva, cuando tiene que competir, no sabe.

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