JUAN FRANCISCO ROCA IRÚN
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Encajada la quinta derrota consecutiva, es llegado el momento de tomar medidas. Cantarle las cuarenta a un equipo que no va ni cara al aire, o prepararle el finiquito al técnico David Amaral y a su larga nómina de ayudantes. Es lo que tienen que hacer los mandamases del Castellón, equipo que se ha instalado en lo más profundo de la tabla clasificatoria. Eso no es lo peor, lo que más preocupa es la actitud del equipo en determinados momentos de los partidos. Se perdió 2-1, pero visto el desenlace de los últimos minutos no encajó una goleada de puro milagro, al igual que Dani Pendín pudo igualar en el minuto 87, aunque hubiese sido la repera.
Los castellonenses se adelantaron con un gol de Leo Ulloa, al cabecear una falta botada por Pedro, pero la expulsión de Carlos Sánchez fue determinante. En el minuto 38, por presunta agresión, el arquero vio la roja y dejó a su equipo con diez. Minutos más tarde llegaría el empate, obra de Paul Abasolo, y tras el descanso esa inferioridad numérica fue determinante. El empuje local y el error de Pedro (rompió el fuera de juego) habilitó a Gorka Brit para establecer el 2-1. En el descuento llegaría el 3-1.
Con empate a un gol finalizaron unos primeros 45 minutos que dieron para escribir la segunda parte de la Biblia. El duelo arrancó con un puñado de novedades en el once. Ése que se espera con ganas porque Amaral suele hacer una especie de revolución, aunque luego todo quede en revuelta. Pedro jugó de central, Toño estuvo en el doble pivote, Rafita cabalgó por la izquierda, Gari Uranga por la derecha, y Mantecón otra vez de mediapunta. Un desbarajuste tan grande que uno ya no sabe dónde juega cada futbolista.
Lo dicho: sorpresa en el once. Luego, viendo los veinte primeros minutos aquello pintaba más o menos bien. El segundo gol no llegó de puro milagro seis minutos después. Xisco centró bien desde la banda diestra y desde el área pequeña Gari cabeceó alto.
Un continuo asedio
A partir del minuto 25 el encuentro empezó a desprender un olor poco agradable. El Real Unión se puso el mono de trabajo y empezó a asediar al Castellón. Por las bandas, sabedores de que ése es el talón de Aquiles de los castellonenses. Un dubitativo Carlos se mandó a la ducha por presunta agresión sobre Gorka Brit. Advirtió el colegiado que no quería contactos y el ariete donostiarra rodó por los suelos. Expulsión, el equipo de Amaral se quedó con diez. Rafita abandonó el campo para que ingresase Lledó.
Inferioridad numérica y a los cinco minutos trallazo del durangués Paul Abasolo. El balón, como un rayo, golpeó en el larguero y se incrustó al fondo de la red. Una acción que nunca jamás se tuvo que haber producido significó el empate, ante un Castellón noqueado. Menos mal que el descanso se echó encima porque los irundarras estaban crecidos.
El segundo tiempo arrancó con los mismos peones en el terreno de juego. Los "orelluts" actuaron con un descarado 4-4-1. El Real Unión se amansó. Los discípulos de Amaral no perdieron la fe, pese a estar con un hombre menos. Ulloa botó una falta que salió lamiendo la escuadra derecha de Jáuregui. Fueron los minutos más igualados del partido. Ataque a la derecha, ataque a la izquierda, pero sin acierto.
El técnico local Iñaki Alonso se desgañitaba en la banda porque sus muchachos no eran capaces de aprovechar la superioridad. Tomaron sus riesgos los castellonenses y el Real Unión les pasó por encima. Avisaron hasta que después de un grave error a la hora de romper el fuera de juego Gorka Brit estableció el gol. No llegaron más de milagro.
Siete ocasiones claras, pero el único que volvió a atinar fue Goicoetxea en el tiempo de descuento estableció el 3-1. Y ahora a ver qué pasa por Castelló. Esto pinta mal. Muy mal.