J. ANTEQUERA CASTELLÓ
Morirse esta temporada no es rentable. Casi mejor dejarlo para otro año, cuando los brotes verdes hayan arraigado y la calderilla vuelva a tintinear en el bolsillo. Los comercios que se dedican a la muerte (el negocio más seguro y estable de la Historia) han visto cómo han caído sus ganancias en 2009 un 10% y de cara al día de Todos los Santos se temen lo peor.
La crisis ha llegado también a tiendas de lápidas y floristerías, aunque sus propietarios están tranquilos: saben que más tarde o más temprano un finado llamará a su puerta. En la tienda Rosa Flor, Vicente Cabedo ata un ramo de rosas. "Hemos notado un poco de descenso en las ventas pero en líneas generales nos mantenemos. El día de los Santos todo el mundo suele llevarse un ramo de flores", asegura.
Cerca de allí, en Mármoles Cabedo, la cuestión se vive de forma parecida: "Claro que hemos notado el bajón, la gente nos pide trabajos más económicos. Si antes, cuando moría un familiar, el lema era lo que haga falta, ahora es: queremos algo sencillito, que hay crisis", explica Lupe Cabedo, responsable de una tienda por cuyo mostrador han pasado vivos y difuntos desde hace casi 100 años. La cosa es que da pereza morirse con esta crisis y los negocios se resienten, aunque la cicatería a la hora de rascarse el bolsillo es más aguda en la ciudad que en los pueblos.
Como todo en la vida, en esto de palmarla hay que renovarse o morir, nunca mejor dicho. Y más en tiempos de crisis. Lo último es el esmalte con rayos láser, que dura toda la eternidad, aunque la gente pide cosas cada vez más curiosas. "Estamos recibiendo encargos de gente viva que quiere tenerlo todo atado y no se fía del gusto de su familia", explica Lupe Cabedo. En la tienda cuentan que un hombre pidió que esculpieran su efigie en una lápida y cuando pasaba frente al escaparate de la tienda decía: "¿Verdad que estoy templat?".
Con todo, lo más extraño es que hay gente que empieza a pedir cosas raras para adornar su último refugio, como aquel tipo que quería que le grabaran en la losa a su personaje de cómic favorito o aquel otro que ansiaba ver su Hammer poderoso y resplandeciente en la lápida de su nicho. También los hay que han pedido inmortalizar el plato con el que hacían de DJ o su imagen de cazador. "Sí, estos encargos los hacemos con esmaltes de colores y quedan muy bien. Suele ser gente no muy religiosa que quiere poner algo personal en su tumba", añade Lupe.
¿Y recuerdan aquella leyenda urbana de que nunca se ven entierros de chinos? Pues, como no podía ser de otra manera, es falsa. "Claro, son gente muy respetuosa, suelen poner en la tumba comida, caramelos, es su costumbre. Los inmigrantes piden cosas curiosas, una vez tallamos un candelabro de siete brazos", dice.
De momento a nadie se le ha ocurrido pedir aquello de "perdonen que no me levante", como hizo Groucho. Dicen que al final la familia del genio no le permitió colocar el epitafio en la lápida. Es que ni muerto le respetan a uno.