J. A. CASTELLÓ
¿Se puede vivir en un cuartucho de medio metro de ancho por uno y medio de largo? Una mujer rumana que ha sido desalojada de su vivienda por no poder pagar el alquiler lleva días haciéndolo en Castelló. Daniela, de 37 años, compartía piso hasta hace poco con tres hombres más, también rumanos, en el segundo piso del número 18 de la calle Aragón. Cuatro camas por 470 euros al mes, luz y agua aparte.
Todo iba bien hasta que se quedó sin trabajo y hasta que el propietario del inmueble llegó con la orden de desalojo al no cobrar el alquiler. Daniela cogió su maleta y unas cuantas bolsas con objetos personales y se bajó a la planta baja, junto al ascensor, donde está el cuarto de contadores de la luz. Allí, en un zulo oscuro y asfixiante de apenas cincuenta centímetros por metro y medio, entre los contadores eléctricos, los enchufes, los cables, las tuberías, la humedad y la desesperación, trata Daniela de pasar como puede el invierno. "Me he quedado en la calle, qué puedo hacer si no tengo dónde ir. ¿Los Servicios Sociales del ayuntamiento? No sé nada del ayuntamiento?", se lamenta Daniela.
En el interior del cuartucho huele a mala suerte. La maleta con la ropa revuelta, una manta, unas botellas de leche y tabaco, mucho tabaco, para ir tirando unos días más. "No tengo dinero. ¿Cómo voy a ir a ningún sitio? Yo no molesto a los vecinos y los vecinos no me molestan", asegura. Pero no es cierto que la residencia que Daniela se ha habilitado en el contador de la luz haya pasado desapercibida para los vecinos del número 18 de la calle Aragón. Algunos cierran la puerta del portal a toda prisa cuando la ven llegar para que no pueda entrar. Otros ya se han reunido para tratar sobre la "delicada situación" que vive la comunidad.
"Aquí no puede estar, el otro día tuvimos que llamar a la policía porque en cualquier momento puede producirse un accidente. Y encima fuma. No sé, puede saltar un chispazo, cualquier cosa", explica Pedro, un vecino del bloque. "Los agentes nos dijeron que no podían llevarla a un albergue porque está todo completo. Y otra cosa es que ella quiera ir allí", añade. Mientras se aclara el futuro de Daniela, algunos propietarios del vecindario han planteado cambiar la cerradura para que no pueda entrar con la llave que aún tiene en su poder.
Vicente Vázquez, otro vecino, dice sentir tristeza por la penosa situación que vive la mujer. "Un día mi padre me dijo: ahí abajo hay una chica viviendo. No podía creérmelo". "Sólo vengo a dormir por la noche, no hago mal a nadie. ¿Que si tengo miedo de los contadores de la luz? No pasa nada. Peor es el frío", asegura Daniela. Sigue fumando. No ha parado de fumar desde que se trasladó a esa celda que ahora tiene por casa. Fuma mientras espera que aparezca algún amigo que le ofrezca un hogar digno.