El Castellón remonta con fe

Los albinegros voltean en la segunda mitad el tanto inicial de Jon para el Mislata (2-1) Miguel Ángel, de penalti, y Julián, casi al final, marcan para los locales en un emocionante partido

 
El Castellón remonta con fe
El Castellón remonta con fe acf

ENRIQUE BALLESTER CASTELLÓ
El fútbol admite gordos, calvos feos y patizambos. El fútbol admite lentos, larguiruchos, lo que sea, siempre y cuando a cambio asome la calidad irrefutable. Ayer, en Castalia, un retaco llamado Chus amargó la tarde al Castellón más aseado de la temporada. Chus, desde ya un mito desconocido en el fútbol anónimo, destrozó pronósticos, inercias y merecimientos recién pasado el primer cuarto de hora. Avispado, recogió sobre la línea de cal del carril diestro un balón que olía a saque de banda. Pero Chus se tuvo fe, controló, giró, sentó a dos albinegros y descargó el pase de la muerte a la llegada de Jon. El remate, desde cerca, batió a Eduard y el partido, que parecía asequible, se convirtió para el Castellón, desde ese momento, en un jeroglífico de difícil solución. No en vano, le obligó a remar contracorriente. Costó remontar, vaya si costó, tanto que la victoria local, el dos a uno contra el Mislata, no se certificó, agónica, hasta el pitido final.
Con perspectiva, sufriendo sabe mejor: la remontada, el unir de lazos con la afición y la sensación de que nadie se va a arrugar. Cuando tuvieron que pegar, los albinegros pegaron. Cuando trataron de jugar, a ratos lo lograron. Y cuando hubo que ganar, merecieron el triunfo por pesados.
Hasta el descanso, el Castellón se encalló en un eterno merodear. Aclaró la salida de balón mejor que de costumbre, preferiblemente en el costado izquierdo, entre Peña y Aridani, y encontró espacios por dentro gracias, sobre todo, a la destreza y al atrevimiento de Aarón, que enchufó en el engranaje a Jordi y a Joel. Era un partido, entre otros avatares, para la reivindicación de una serie de futbolistas que no terminan de rendir lo que insinúan, y que deben demostrar que quieren ser futbolistas en el Castellón, y que quieren serlo ahora. Ya lo hicieron en verano, algunos, aguantando en el club sin saber siquiera si habría equipo en el que jugar, y ahora toca dar el paso sobre el césped. Uno de ellos es Aarón, que, sin precisión cirujana pero con llamativo protagonismo, otorgó sentido a la circulación, más profundo de lo que suele, valiente, alternando conducción y pase según interesase. Sigiloso en el acierto, con personalidad en el fallo. Otro es Marenyà, que suplica por un poco de estabilidad, olvidar lesiones y, concediendo, adaptarse a la banda lo mejor posible. Pese a los esfuerzos, es cerca de la creación, por dentro, en los territorios donde le vimos crecer, donde ayer apuntó un par de guiños. Le faltó la puntada definitiva, cierto, pero el partido fue para ambos, debe serlo, un punto de inflexión en el plano de las jerarquías. Por vez primera, es más que posible que sintieran llevar de veras el timón de la maquinaria, acostumbrados a roles secundarios.
En uno de los pases filtrados de Aarón, éste con la zurda, síntoma de la creciente confianza, se presentó la mejor ocasión del primer cuarto de hora. Joel empaló la bola como pudo, y el travesaño le negó el gol. El infortunio permanece en la retina porque el contraste golpeó con inmediatez. En el minuto siguiente el colegiado señaló una falta en la frontal orellut. Y al siguiente, una vez lanzada, el rechace se convirtió en retal; el retal, Chus mediante, en ocasión; y la ocasión, gracias a Jon, en gol.
El mentado tanto no alteró los roles legítimos de cada cual. Los acentuó, si acaso. El Mislata se encastilló como ya estaba. Una línea de cuatro, Rojas de ancla, otra línea de cuatro, y Alberto López a modo de boya. A no equivocarse, ni complicarse, y a meter en el área cada pelota parada ganada. Al Castellón no le faltó paciencia ni orgullo. Careció, por contra, de precisión. Los mecanismos ofensivos chirriaron menos que en las anteriores citas y, mal que bien, los locales acumularon méritos para la remontada.
El arrebato que siguió al comienzo del segundo acto se coronó con el penalti por arrollamiento a Cosme. Miguel Ángel, que aumentó su peso en la batalla, asumió la responsabilidad para sumar liderazgos, y empató el partido engañando al portero. El gol de la victoria premió el deseo de Aarón y coraje revolucionario de Julián, siempre efervescente desde el banquillo. Aarón lanzó un pase templado a la carrera de Raúl y el centro de éste fue despejado sin tino. Aarón cazó el balón y le pegó duro y cruzado. En boca de gol embocó el gol Julián y lo cantó tal como fue: una liberación.

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