04 de septiembre de 2015
04.09.2015

Apuntes

04.09.2015 | 09:52

Creo que lo recuerda Jabois cada cierto tiempo: el primer deber del columnista es pasar de sus lectores. A veces escribes columnas sabiendo que van a triunfar, que el día siguiente amanecerá repleto de grande, crack, me gusta y retuits al uso. Yo las odio, pero en ocasiones no hay escapatoria posible. Escribiendo de algo tan obvio como que los abonos son caros me siento como el futbolista tribunero que se tira a por un balón sabiendo que no va a llegar, en busca del aplauso fácil, o el que no aparece hasta que la goleada está encarrilada. Es peligroso, además, porque uno puede terminar escribiendo lo que los demás quieren leer, y alimentando a su vez el catastrófico deseo general: la mayoría busca opiniones que confirmen lo que previamente piensa.

Ese deseo de gustar, de no molestar, es la mayor trampa del oficio. Peor que la censura es la autocensura. No queremos líos, solo queremos irnos a casa. Se impone entonces el pensamiento de los incansables, de los organizados, que a menudo no saben el daño que hacen a la causa que dicen defender. Este verano tuve ganas de escribir sobre un par de temas espinosos, pero al final me dije, entre unas cosas y otras, total para qué, si no tengo nada que ganar, ni siquiera dinero. Uno fue la denuncia por sexismo en la campaña de abonos del Club Deportivo Castellón por parte del mismo ayuntamiento que antes y después posaba sonriente con las azafatas de Ferrari o de la Vuelta. Otro fue el jaleo con el rapero judío del Rototom, en el que los mismos que hace poco censuraban artistas se erigían como postizos salvadores de la libertad de expresión, y los mismos que apelaban hace nada a la libertad de expresión se erigían como censores inusitados.
Ambos se parecían más de lo que creen: el fin por encima de todo, el fin justificando cualquier medio.
A mí me parece una mierda. Una mierda peligrosa.
Evidentemente, aquí no hay poso ni tiempo ni espacio ni ganas para argumentar como debería en los dos temas, que confluyen en una idea de izquierda conservadora que me aterra, pero me recordaron al menos por qué estuve una década sin votar, que ya lo había olvidado.

En esos dos casos, como en otros tantos, emerge el concepto de moda: hay que posicionarse. Y la gente emprende una carrera por ser el más posicionado del mundo, no vaya a ser que alguien dude lo contrario. El fenómeno me recuerda a lo que ocurre en muchos conciertos, y lo mismo da la ópera que el barrio. Hay que aplaudir no tanto porque te haya gustado, sino como demostración de que has captado la supuesta grandeza de lo observado. Hay que aplaudir por si acaso, no vaya a ser que alguien piense que eres tonto y no lo has entendido.

Yo soy de los tontos. Me pasa como al Castellón: equivoco la noche en la que abrazar la épica. La semana pasada fui a la playa con un tercio de cerveza. El primer error fue comprar un botellín y el segundo no tener un abridor. Intenté hacer saltar la chapa con las llaves del coche y, bueno, la historia acabó con la botella cerrada y tres cortes en mis dedos. La sangre caía por mi mano y yo pensaba lo idiota que era, yo pensaba que quién iba a tomar en serio las opiniones de alguien tan imbécil. Moraleja: no me hagáis caso.

O sí. La mezquindad conlleva falta de nobleza. Mezquindad es cuestionar las ganas de Borja Quirant de ser futbolista albinegro, o intentar hacerlo pasar por pesetero a base de escuetos comunicados, filtraciones interesadas o estúpidas medias verdades. Mezquindad es hacer pagar 140 euros por la baja a quien lleva dos años cobrando 200, mientras otros sin más mérito que haber pasado por la cantera del Espanyol o la sucursal inversa del Sabadell cobraban seis o siete veces más. Evidentemente, aquí no hay poso ni tiempo ni espacio ni ganas para argumentar como debería sobre el lastre de ser canterano albinegro en el Castellón moderno, a rey muerto rey puesto, y el baile mercantil que se tapa con goleadas de ruleta rusa, pero ya habrá tiempo, espacio, ganas y quizá poso para todo eso. No tienen nunca culpa de nada los que mandan en Castalia, que ni siquiera ven que las entradas o los abonos de los que presumen se producen a pesar de y no gracias a, pero hay coincidencias que, aunque duelen, enseñan. Lo mismo dicen los chavales que se van del Castellón, hartos de todo, que los aficionados que se rinden y desertan de Castalia: «a mí no me vuelven a engañar estos».

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