18 de septiembre de 2015
18.09.2015

La Masacre

18.09.2015 | 00:29

Ayer soñé que estaba en la cárcel, que podía salir pero prefería estar dentro.

El miércoles en el Palmar presencié el mayor ridículo que le he visto al Castellón en estos años. Y llevo unos cuantos a cuestas, créanme. Por juego, por actitud, por sensaciones y por resultado, en Borriol se juntó la tormenta perfecta. Un amigo me recordó la derrota en el Marquina contra el Jove Español en la 2013-14; otro, la sufrida en Llosa esa misma temporada. Pero no sé, lo de Borriol fue especialmente doloroso, además de clarificador.

Al descanso, me acordé del 2-0 momentáneo en Burriana, en el inicio de la 2012-13. Allí llegó el Castellón sin ganar, no sé si la cuarta o la quinta jornada, con el entorno echando pestes de una plantilla cosida con remiendos. Allí en San Fernando, contra pronóstico, un Castellón antagónico al actual se levantó, empató y terminó jugando la promoción de ascenso. Lo también curioso es que entonces se pedía un Castellón como el de ahora, en el bucle eterno entre cantera y cartera. Lo curioso es que aquellos futbolistas, en su mayoría e incluyendo al siempre infravalorado Fernández Cuesta en el banquillo, se han comido al Castellón esta semana. Los de fuera, Abraham, Rafa o Galán, con el Ontinyent el domingo. Los de casa, para sonrojo del sanedrín Cruz-Calderé-Moya-Ximet, con el Borriol el miércoles. Y lo más curioso todavía es que aquella noche en el San Fernando los verdugos eran exalbinegros que también cobraban venganza. Los Castell, Cifuentes y Tauste del Burriana del pasado son los Ximo, Colomer y Pino del Borriol del presente; con alguno como Jaume Almela repitiendo protagonismo doble.

Escribíamos entonces, septiembre de 2012, y nos seguimos preguntando ahora, por qué salen como salen muchos jugadores de Castalia, por qué engendran ese sentimiento de reivindicación en contra, y por qué es cuando se van, y no cuando visten de albinegro como pasa con algunos ahora, cuando reciben la valoración que merecen. Por qué el maquillaje de la falsa apuesta por la cantera se difumina en cuanto aparece dinero con el que montar negocio, y por qué caemos en la trampa una y otra vez, porque esto nace décadas atrás, sin concluir que uno de los mayores dramas del Castellón es el prejuicio constante hacia los de casa, relegados al rol secundario como mucho, tanto en sueldo como estatus en la plantilla y en el campo. Al contrario, en injusta paradoja, suelen ser los primeros a los que se les señala en la derrota.

La masacre de Borriol sería útil si sacudiera los cimientos del club, si volteara el proyecto existente, que no es más que comprobar en la práctica cuántos son capaces de vivir de un club de Tercera plagado de deudas. Pasará que se ganan dos partidos y volveremos a encumbrar a ídolos de trampa y de cartón, héroes de pies de barro que aquí nos tienen, en Tercera.

Pero deben ganar esos partidos, claro. Y el equipo tiene una pinta que asusta de veras.

El Castellón me produjo también una extraña sensación de misericordia. Creo que al Borriol, que comenzó con la rabia de quien tiene mucho que demostrar, le dio hasta pena. También se dio en el Palmar otro clásico de nuestra era: la discusión de Rubén Suárez con otro compañero. Si en el Fornàs fue con Tornero y Pruden, el otro día fue con Clausí, como otras que no nos enteramos o dejamos pasar en la memoria. Rubén siempre ha sido así de pesado en el campo, dicen, pero no es lo mismo si por delante pones tu ejemplo y justificas jerarquías y salarios. Pero ocurre que Rubén, desde la lesión en Cullera, no es el mismo: simplemente no gana partidos, no mejora al equipo más allá de la pelota parada, no anda fino en el juego. Y hay quien se cansa de correr para escuchar reproches, tantos que el asunto sorprendió hasta a los jugadores del Haro, allá donde Calderé perdió definitivamente el control. Tenga quien tenga razón, ahí hay un problema creciente que envenenó al equipo en la promoción, que revuelve las tripas del vestuario y al que nadie pone fin, lo que lleva a pensar quién manda en el Castellón.

Yo no, desde luego, y tampoco la afición.

P. D.: Si el partido de Borriol me recordó a Burriana, la accidentada salida del presidente me recordó a la palpable violencia ambiental de los últimos días de Miralles. Decíamos entonces, e insistimos hoy, sabiendo que la discusión la tengo perdida porque conozco Castalia, conozco el fútbol y sé que Rousseau no tenía ni idea de los instintos de los hombres, que si la protesta va por ahí, a mí que no me esperen.

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