14 de octubre de 2015
14.10.2015
Opinión | Las cuarenta

Eufemismos

Cuando la EGB nos enfrentó al concepto del eufemismo, nada mejor que el ejemplo del báter, una castellanización fonética del inglés del que se pretendía huir con esa retahíla que encabezan el clásico retrete, el hortera excusado o el más ambiguo del lavabo

14.10.2015 | 11:17

Cuando la EGB nos enfrentó al concepto del eufemismo, nada mejor que el ejemplo del báter, una castellanización fonética del inglés del que se pretendía huir con esa retahíla que encabezan el clásico retrete, el hortera excusado o el más ambiguo del lavabo. Así y todo, me quedó con el valenciano comú, por ser quien mejor define la unanimidad de su utilidad, sin distinción de raza, género, estudios o posición social.... Frente a tan innoble sitial todos somos iguales.

Hay eufemismos que se han extendido tanto que ya han acabado siendo adoptados por el lenguaje sin esa vitola hiriente que antes les distinguía, caso del desempleado frente al más vulgar parado. También nos enseñó luego el profesor, y sin embargo amigo, Paco Mariscal, que un eufemismo forzado puede resultar más lesivo para la comunicación que la palabra esquivada. Tanto que se roza el ridículo. Es el caso del trivial «necesita mejorar» con que califican hoy a los suspensos de toda la vida, y sobre todo el divertidísimo «eventual aplazamiento de la convivencia mutua» (sic) que pretendía esconder el divorcio de la Infanta Elena, o el proceso de conversión de la actual Reina Leticia a la Iglesia Católica Apostólica y Romana, que no hicieron si no favorecer las chanzas y despertar el virus republicano.

Digo yo si no estará alumbrándose un sentimiento similar en torno al CD Castellón, tan empeñado el club como los medios de comunicación por esconder aquello que ya es vox populi entre los aficionados e incluso ha traspasado la escasa relevancia que sugiere la cuarta división del fútbol español. Y me refiero a las bajas concedidas a Javi Selvas y Rubén Suárez, sin duda dos de los jugadores más importantes de la temporada pasada en la clasificación para la promoción de ascenso pese al fracaso final, y que precisamente por ello se intuían determinantes para las aspiraciones de la presente.

El club no tiene pruebas para denunciar nada y se ha limitado a argüir una triste «falta disciplinaria grave», mientras los afectados han vendido su silencio a cambio de cobrar hasta el mes de diciembre. Unos y otros callan al tiempo que crecen las habladurías. Huelga decir que los rumores no se publican, pero esta sección carecería de sentido si al menos no intentara analizar las consecuencias de ese insondable terremoto que ha asolado el vestuario.

Porque supongo que nadie se atreverá a dudar del efecto pernicioso de dichas bajas en la calidad de la plantilla, y mucho menos de la desmoralización que puede haber hecho mella en algunos tras conocer los verdaderos motivos que se esconden. Eso por no recordar los vaivenes de un entrenador cuestionado al que le ha salvado este lúgubre paréntesis mientras el curso sigue su marcha imparable. Jornada que pasa jornada que no vuelve, y el grupo sigue acusando la desconfianza abonada en derredor suyo. Yo mismo reconozco que ya no veo igual alguna de las expulsiones o de los penaltis fallados ayer. Ya nunca nada será igual.

Incluso más allá de la reconocida crisis deportiva generada, tampoco está de más recordar que detrás de estos polvos todavía aguardan mayores lodos. Esta temporada se debe acometer el plan de pagos del concurso de acreedores, dinero líquido y en plazos concretos para evitar que el juez decida la disolución de la sociedad.

Y se ponga como se ponga el personal, hoy por hoy no veo capacitado ni a Calderé para dirigir la remontada en la clasificación, ni a Ramón Moya para reforzar la plantilla, ni a David Cruz para atender el concurso de acreedores. Yo también me apuesto lo que sea. Así, sin eufemismos.

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