23 de octubre de 2015
23.10.2015
Opinión

Lo de siempre

Me siento a escribir sobre el Castellón otoñal y siento algo parecido a lo que siento en las fiestas de la Magdalena, cuando me toca crónica de concierto de los Mojinos y pienso que eso ya lo he vivido antes, porque efectivamente, ya lo he vivido antes

23.10.2015 | 12:29

Me siento a escribir sobre el Castellón otoñal y siento algo parecido a lo que siento en las fiestas de la Magdalena, cuando me toca crónica de concierto de los Mojinos y pienso que eso ya lo he vivido antes, porque efectivamente, ya lo he vivido antes. Ahí mi solución es contar siempre lo mismo, de hecho algún año he copiado y pegado lo que había escrito dos o tres atrás, total, y aquí debería hacer algo parecido. Con matices, por supuesto, pero lo que pueda escribir sobre la muerte deportiva de Calderé enlaza con la de Esteva, la de Peris, la de Vinyals o la de Quique Hernández. En Castalia hemos tenido entrenadores ofensivos, defensivos, viejos, jóvenes, con experiencia, con futuro, simpáticos, desagradables, con Twitter o sin Twitter, buenos, malos, regulares, calvos o con pelo, y los hemos tenido al mando de plantillas de talonario, de cantera o de una mezcla de ello, veteranas o imberbes, con pocos o muchos delanteros, con rubios, chinos, negros e incluso algún pelirrojo, y el resultado tiende a ser el mismo. Se quiere lo que no se tiene y en el bucle eterno volvemos a lo de siempre. Desde el descenso de 1991, desde que se bajó de Primera, solo Oltra, Moré y Fernández Cuesta han sido capaces de completar una temporada.


Se dice pronto, se asimila tarde.

Contaba Michi Panero que en la vida se puede ser de todo menos un coñazo y el Castellón, en este tema en particular, da una pereza superlativa, y cuando algo es así, cuando una pauta se calca en el tiempo, es obvio que trasciende de la capacidad del ocupante del banquillo de turno. Podríamos insistir ahora en la necesidad de articular una idea de club que nos alejara del bandazo permanente, del no saber qué se requiere porque no se sabe lo que se quiere. Solo se quiere ganar y eso es como no querer nada: se habla de ganar como si la victoria fuera el camino y no la meta, la causa y no la consecuencia.

El final de Calderé, al menos, ha servido para desmontar algunas teorías. La lectura que el club hizo del fracaso en la promoción fue doble y corta de miras. Faltó gol (delanteros) y faltó físico, nos dijeron. Así, echaron pronto a todos los puntas y nos vendieron luego la típica pretemporada marcial, con dos o tres sesiones diarias. Ahora bien, apenas transcurridas diez jornadas de Liga, el Castellón exhibió contra el Novelda las mismas taras que le hicieron claudicar en mayo contra el Linares, porque no hay que engañarse, el problema de Calderé ha sido fundamentalmente futbolístico, táctico, con independencia de los jugadores. El afán de vaciar el equipo de centrocampistas para llenarlo de delanteros no ha funcionado casi nunca, por lo que resulta casi inexplicable esa insistencia en buscar el drama exagerado. El control que el equipo había mostrado en las últimas semanas se reveló circunstancial, igual que el buen juego de la temporada pasada hasta que le ficharon lo que pidió. Volvieron los delanteros y volvió el caos, el horror, la charlotada. A la hora de la verdad, Calderé eligió morir otra vez con lo suyo aunque, digo yo, quizá le hubiera convenido sobrevivir con lo ajeno.

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