23 de noviembre de 2015
23.11.2015

puestos a correr, corren que se las pelan

23.11.2015 | 00:54

o que en El Madrigal ofrecieron la tarde de ayer el Villarreal y el Eibar resultó ser un equipo de once futbolistas formando supuestamente un equipo de fútbol de Primera División, frente a otros once dispuestos a demostrar que ellos, sí son un equipo con talento suficiente para medirse con otros de su misma categoría. Pero como una cosa es la intención y otros los resultados, el partido tuvo muchos episodios que hubieran aburrido a un público medianamente objetivo, de no ser porque en fútbol de eso hay poco o no existe en absoluto, con lo que la mayoría de los espectadores tuvieron que echar mano de otras cosas que también conocemos en el fútbol y tiene mucho que ver con lo que ocurrió la tarde del sábado en el Bernabéu, donde el Barcelona le dio un repaso al Madrid, jugando al fútbol frente a unos locales que estaban en el campo pero resultaban ser perfectamente invisibles. La invisibilidad de las grandes figuras del Real Madrid contrastó con la formidable, permanente y generosa actitud de los jugadores del Eibar. Físicamente cada uno de los futbolistas del Eibar vale por lo menos dos. Quiere decirse que los espectadores de El Madrigal, la tarde dominguera de ayer, contaban cuantos jugadores blaugrana había sobre el terreno y cuantos eran los que vestían de amarillo.

Por mucho que contáramos, los futbolistas del equipo vasco siempre fueron once o menos, es decir los mismos de los que disponía el rival. Pero parecían más, muchos más. Al menos doble, porque cada vez que se disputaba un balón de cabeza la acción era protagonizada por uno de los de casa y dos de los otros, lo mismo que ocurría cuando lo que estaba en juego, es decir el balón a ras de suelo, en la disputa solía intervenidor uno de amarillo y tres de los otros. ¿Corrían más?, sí; ¿saltaban más?, también. Mucho más corrían los futbolistas del Eibar. De hecho, la sensación con que me quedé es que a estas horas en las que escribo esto los futbolistas disfrazados con la camiseta del Barça están llegando al País Vasco, corriendo.

Los vascos marcaron su gol muy pronto y los locales lo hicieron al final, con lo que los visitantes fueron por delante todo el tiempo, también en eso. Incansables. Es que son vascos me susurró al oído Pascual, un aficionado vecino de asiento. Tenía razón. No solo vascos, hasta bilbaínos me parecieron a mí. ¿Qué había ocurrido, pues? Lo que había ocurrido es que su entrenador tenía muy visto al Villarreal de FR y sabía la manera de hacer para que el equipo al que visitaban no pudiera hacer las cosas que quiere y como les dejes, puede. De modo que la cosa es sencilla: lo primero presionar al equipo amarillo desde arriba, es decir, desde que la pelota está en poder del portero de los del submarino, presionando a los a los centrales y al portero si es necesario, pero presionando de verdad, echándose encima con el fin de que los de aquí no pudieran salir con la pelota jugada desde el área propia, así que balonazo del portero, pero a las nubes y al bajar dos del Eibar la están esperando para, con la testa devolverla hasta allá donde ha salido.

Eso, o despejarla claramente sobre una de las dos bandas donde, seguro aparecerá un colega para recogerla e intentar profundizar, malamente, pero profundizar, y ahí está el dibujo del partido. Todo lo demás, los episodios que les decía. Ya ha quedado dicho que el Eibar marcó primero y peleaba, corría y llegaba con más, y más aprisa al balón. Hasta que en una de esas a Jaume Costa, que es un defensa más pequeño que la mitad del más escaso de los otros, se lio a agarrones con uno de aquellos gigantes y el árbitro pitó penal. Con uno a cero en contra y el penal, a los espectadores les entró la temblaera. Pero el portero del Villarreal, que es un chico francés, muy alto, muy joven y muy buen portero, le dio por despejar el balón y resolver el problema porque con cero a dos, allí no quedaba ni el rabo. La parada del penal resultó ser agua de mayo para los locales que viéndose a las puertas del cero a dos, tocaron la corneta de los del Sexto de Caballería y se equipararon, parecía que comenzaban a poder, al menos que fuera un golito.

Y va y entonces, cuando el Villarreal ya había retirado a uno de los dos morenitos, Bakambu por resentirse de una lesión, tuvo que desprenderse del central Bailly víctima de un encontronazo brutal, con lo que los locales se quedaron con diez, éramos pocos y parió la abuela. Pero como ya se sabe lo que puede ocurrir cuando la abuela rompe aguas, que inunda a todo bicho viviente, los chicos que habían quedado con uno menos quisieron homenajear a la abuela. Enseguida los rivales quedaron también con diez, por expulsión de uno de los artistas lo que dio lugar a una serie de arreones de los de amarillo que querían hacer en unos minutos escasos lo que no había podido alcanzar hasta entonces. Empate a uno que no gustó ni a unos ni a otros, menos a los unos que a los de más allá, porque lo habían sudado más.

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