14 de diciembre de 2015
14.12.2015

y cheryshev en madrid

14.12.2015 | 00:14
y cheryshev en madrid

Benítez, que es mejor profesional que buena parte de los burócratas que tiene el Real Madrid para resolver la rutina diaria de un clube de fútbol que se tiene por el más galardonado de Europa o así, Benítez, decía, se dejó ayer en Madrid al jugador Cheryshev para intentar evitar de ese modo que la histeria madridista se hiciera presente lo menos posible durante el tiempo que estaba previsto que durara el partido.

Los partidos en El Madrigal entre el Real de allí y el de aquí acostumbran a resolverse favorablemente al equipo de Florentino Pérez, que es ese señor que preside una grandísima empresa de obras públicas y en sus ratos libres se ocupa de las cosas del fútbol del más grande de los dos equipos madrileños, o tres o cuatro, aunque el Atlético, últimamente, pretenda enmendarle la página, partiendo de las cualidades de un entrenador al menos tan particular como tal es el presidente de los que visten de blanco, aunque uno sea más españolo que el otro y el otro más directo que el uno.

El Villarreal no es el último de la fila, pero suele comportarse de vez en cuando como si lo fuera. Este jueves pasado, por ejemplo, se fue de excursión hasta la República checa, donde se jugaba el ser o no ser para con el primer puesto del grupo de la Liga Europa y perdió lo que pretendía ante un equipo que era menor en calidad, en talento, en experiencia internacional y esas cosas que suelen contar para ir engordando la historia de un club modesto que aspira a formar entre los grandes de después de los que juegan y ganan la Champions, que se dice. Pero se la pegó. Es lo que suele ocurrirle al también conocido como el «submarino amarillo», cada vez que se olvida de que la canción de Los Beatles, además de un pedazo de éxito mundial, es algo que le cantan sus fieles cuando de verdad tienen razones para homenajearle. Eran los prolegómenos.

Cuando dieron las ocho y media de la tarde-noche y el árbitro le dio al silbato, oída la señal se desencadenó un vendaval de fuerza más velocidad y color amarillo que los de blanco no sabían cómo quitarse de encima, tal fue la sorpresa de encontrarse con un rival que en modo alguno se parecía a lo que podía esperar después de la victoria de ocho goles de diferencia y sin necesidad de desplazarse a millares de kilómetros de distancia. No había transcurrido ocho minutos del partido y como consecuencia de un Vila-real desmelenado apareció en uno de los ataques fulgurantes un disparo raso sobre la meta madridista que repelió el palo. Era el anuncio de a los cuatro vientos de que el submarino había recuperado de golpe lo mejor de sí mismo a una velocidad en el juego que el Real Madrid no podía parar. Muy poco después, un servicio desde la izquierda, raso y fuerte fue rematado de cuchara y sin perder un segundo en el control, Soldado remato en cuchara el primero y único gol del partido que hizo saltar de sus asientos a un público ya entregado. El resto de toda la primera parte fue un continuo ataque a bayoneta calada de los de FR que merecieron, al menos, que dos de sus múltiples remates entraran. Una primera parte como hacía años que no contemplaba un público entregado.

La segunda parte fue del Madrid en cuanto al dominio, pero no por lo que hace a la eficacia. Porque si el Villarreal había estado inconmensurable en el juego de ataque, re0itió la excelencia en la segunda mitad, para volver a ganar al rival, ahora con un sistema defensivo que ofreció toda una lección artística de cómo se defiende y se gana la pelea ante un juego del Madrid que no encontró ni una sola fisura.

El Vilarreal fue mejor atacando primero y lo volvió a ser cuando con las fuerzas ya menguadas, parecía estar a merced del contrario. Puro espejismo. Ganó el submarino amarillo al Real Madrid porque fue mejor, así atacando como defendiendo, dejando en ridículo a una nómina de atacantes, tenidos por galácticos, pero aparecieron solo futbolistas. Villarreal uno, Real Madrid, cero, ya en todos los medios, que hablarán de la debilidad del Madrid, lo que en realidad había sido una lección del submarino amarillo.

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