20 de febrero de 2016
20.02.2016

y volver, volver, volver

20.02.2016 | 00:23

on el Nápoles, vaya por Dios, llegó el jueves a El Madrigal Pepe Reina, once años después de haberse ido tras tres años defendiendo la portería del Villarreal de manera extraordinaria en lo deportivo, lo profesional y lo humano. Quiero aprovechar estas líneas para dejar en negro sobre blanco lo que ha tenido de injusto para el portero madrileño el trato que le ha dispensado a lo largo de su carrera el seleccionador, Vicente del Bosque, rehén de los periodistas madrileños, siempre exigentes para con la titularidad de Casillas, hasta que les llegó la alternativa, también suya, de De Gea.

Pepe Reina, siempre dispuesto a ser más útil que estorbo, fue llamado una y otra vez a ser el tío simpático del grupo, aquel que mantenía la unidad del vestuario de la selección a base de eso que entre los profesionales que trabajan juntos, se desnudan juntos, se duchan juntos y se visten juntos, conocido en el argot como buen rollo, pero sin jugar apenas. No habrá sido el mejor portero del mundo, en contraposición a Casillas, que tampoco lo es ni lo ha sido, pero ha pasado por serlo, pero sí es uno de los mejores, uno de los porteros europeos grandes –grandes, que ha estado en equipos grandes– grandes, como el Barcelona, desde donde llegó dejándose caer sobre el mapa hacia abajo hasta llegar a Villarreal, para no arrepentirse jamás de haberlo hecho. Nunca se me olvidará aquel saque con la mano desde el área propia sobre Sony Anderson que este recibió un metro más allá de la línea de medio campo y entre líneas, para irse en velocidad de los dos centrales y marcar un gol magistral. Grande Pepe Reina, que reinó tres años en Vila-real y se nos hicieron muy cortos.

Precisamente Reina puso los corazones de los espectadores a mil por hora a los pocos minutos de comenzar el encuentro, en la salida a despejar un balón con el pie a la derecha de su meta. Despejó, pero lo hizo mal y hacia el centro, donde cazó el balón y remató Soldado sobre la portería sin portero, pero si el error del meta había sido monumental, la reacción no lo fue menos.

Cuando ya se cantaba el gol, apareció como una exhalación Reina, que despejó el martillazo de Soldado. Si alguien tenía alguna duda de que el partido estaba llamado a constituir un espectáculo futbolístico fastuoso, el error de Reina y su rectificación nos ratificaron en la idea de que la noche merecía la pena. Creo que transmitieron en directo el partido hasta setenta televisiones en todo el mundo, lo que bien merecería el cálculo de expertos de lo que podría costar semejante propaganda de la ciudad, esta ciudad, Vila-real, digo, de tener que pagar dos horas de televisión en todo el orbe, a tanto el segundo.

Nadie con algún interés por el fútbol pestañeó ni una sola vez si estaba en las gradas de El Madrigal, como nadie se levantó de la silla a evacuar algo mientras la transmisión siguió y siguió, tal fue el interés, la intensidad, el buen juego y la emoción ofrecida por los dos equipos, líder del Calcio hasta el domingo pasado, uno, y con todo merecimiento, cuarto en la Liga española el otro, este sí, por pura casualidad, en la estimación de los grandes profesionales de los grandes medios, en este oficio nuestro.

Cuando dos equipos de fútbol se emplean de manera tan profesionalmente impecable como lo hicieron la noche del jueves Nápoles y Villarreal, sin una patada de más ni un gesto inoportuno por parte de uno y otro y la presencia de un árbitro dirigiendo aquel soberano espectáculo, pitando solo lo necesario, sin miedo a que se le fuera el partido de las manos, sin interferir nunca en el juego y con el uso de tarjetas en su mínima expresión dado lo que se estaba jugando sobre el terreno, el fútbol adquiere caracteres de espectáculo grandioso, interpretado por profesionales atentos, solo a intentar ganar jugando bien, intensamente y aceptando lo que señalara el marcador, fuera lo que fuere.

Mención especial para Bruno, que jugó en condiciones físicas disminuidas y estuvo como casi siempre. Tres cuartos de lo mismo para con Denis Suárez, que tuvo la confianza y los arrestos para pedirle a Bruno el lanzamiento de la falta que acabó con el gol de la victoria dejando clavado a Reina, lo que ya es decir. Lamentar la lesión de Dos Santos, que estaba realizando un partidazo y dejando constancia del gran partido de todos. Realzar el gran partido de Castillejo, mostrando, por fin, el enorme futbolista que está llamado a ser.

Disputar una competición europea es lo que tiene: que permite gozar de la hermosura de un deporte emocionante siempre y maravilloso en partidos como el del jueves pasado. Lo único que desentonó fue el horario.

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