29 de febrero de 2016
29.02.2016

«El futbolista sufre una presión brutal. Yo era insoportable»

29.02.2016 | 00:47

Santi Cañizares repasa los vaivenes de su carrera y la evolución del fútbol desde la madurez de los 46 años y la perspectiva de comentarista de radio y televisión

¿Qué le da el rally?, ¿la adrenalina de un gran partido?

Siempre me ha gustado, desde la época de Carlos Sainz. Cuando terminé de jugar al fútbol, tenía coches clásicos y me animé a correr algún rally de regularidad. Y después empecé a correr rallies. Suelo correr la mitad de las pruebas del campeonato de España. Pero es una adrenalina distinta. Yo en el fútbol dominaba; en el rally no.

¿Qué le da Pako Ayestarán al Valencia?

Trabaja todos los aspectos que inciden en un equipo: la preparación física (no he conocido mejor preparador físico que él), la táctica, el trabajo técnico, el psicológico... tiene una metodología de vanguardia. Es pionero. A Rafa Benítez, que siempre es un tipo muy autoritario, el único que le podía hacer cambiar de opinión era él. Lo mejor que ha hecho Gary Neville es contratarlo. Neville tiene el nombre y Ayestarán la metodología.

¿Qué significa Otxotorena en el el fútbol español?

Algo tendrá, ¿no? Trabaja en el Valencia desde que llegó Benítez y en ese plazo (con el paréntesis del Liverpool) ahí estábamos Palop y yo en el mejor momento, se fue a la selección y encontró el mejor Casillas, se fue al Liverpool y encontró el mejor Reina, regresó al Valencia y encontró el mejor César, Guaita, viene un chico de la cantera, Jaume, y parece que lleva cinco años, y Ryan y Diego Alves... Si reúnes a tomar un café a todos estos porteros y les preguntas quién ha sido su mejor preparador, te dirán Otxotorena. Sabe leer lo que pasa por tu cabeza, porque el portero tiene su miedo al fracaso, al error, su permanente disputa con el compañero a ver si juega uno o el otro, que desgasta mucho, y él sabe cargarte de confianza. Ha habido días que yo tenía muchas ganas de entrenar y me ha dicho: «No, no vamos a entrenar más, quiero que te relajes un poco». Hay un antes y un después de Benítez cuando no cuenta con Ayestarán y Otxotorena, esa es una crudísima realidad. Benítez es uno con Ayestarán, Otxotorena y Antonio López, y otro distinto con su actual cuerpo técnico.

Usted llega en 1998 al Valencia procedente del Madrid campeón de Europa.

Acababa contrato con el Madrid, me quedaban los años más bonitos de fútbol, tenía 28 años, y no quería más tiempo de banquillo. En febrero Heynckes pone a Illgner de titular y yo quería disfrutar el fútbol. Zubizarreta no quiere renovar con el Valencia y el Valencia empieza a buscar portero. Están al mando Subirats, Ranieri y Llorente. El día 2 de mayo, el día de la corrida goyesca en Madrid, firmé mi contrato.

¿Ranieri estaba construyendo algo?

Hay una base de veteranos muy profesionales (Djukic, Carboni, Angloma, Milla...) y, claro, qué iban a hacer los jóvenes (Farinós, Juanfran, Angulo), si ven a los de más de 30 años entrenando como entrenaban ellos. No podían hacer el ridículo. Se tenía la idea de que en el Valencia se vivía muy bien, pero no ganaba nada. Pero me quedé tranquilo cuando vi a un entrenador con muchas ganas y a un buen preparador de porteros, Pellizaro.

¿La Copa ganada en La Cartuja en el 99 fue la más emotiva?

Es que hacía 20 años que no ganábamos nada. Lo celebramos por todo lo alto, con una emoción impresionante. Fue una Copa de ley: eliminamos al Barça, al Madrid y al Atlético. Éramos un equipo físicamente muy fuerte con una idea de juego: repliegue rápido y salida a la contra porque teníamos al tío más rápido y letal de la Liga (Piojo López). Ahí se estaba cambiando la mentalidad.

¿Qué le añade Héctor Cúper?

Disciplina, sacrificio y orden. Era una persona muy austera, íntima y honesta, muy maltratada en Valencia porque cometemos el error de creernos más de lo que somos. No regalaba palabras, pero si te comprometías, él lo valoraba. Era justo.

¿Pagó Cúper el pato de las dos finales de Champions perdidas?

Sí, ahora vemos las finales por televisión, igual habría que ficharlo otra vez, a ver si íbamos a alguna más. Deberíamos reflexionar: estuvo aquí dos años, llegó a dos finales de Champions en casi 100 años de historia y...

¿Algún detalle desconocido de las dos finales de Champions?

En la primera (2000), se nos fue la cabeza a todos. Unos porque estábamos extramotivados, otros porque se venían campeones, el club discutiendo las primas... y finalmente había un equipo que había jugado más finales (el Madrid) y otro que era un novato. La sensación es que íbamos a una fiesta, pero era una batalla.

Sus lloros en Milán, un año después, en la derrota ante el Bayern, se hicieron mundialmente famosos.

Esa fue otra película. Sabíamos a lo que íbamos. Teníamos un plan para ganar. No quisimos ni negociar las primas: «Dadnos lo que queráis. Esto hay que ganarlo». Nos habían dado una leche y sabíamos los errores. Nos pusimos por delante, nos empata el Bayern de justicia, nos ponemos dos veces por delante en la tanda de penaltis y aquello fue una decepción muy grande. Me da vergüenza ver las imágenes llorando. Todos sentíamos lo mismo: en la grada, en el palco, en el banquillo... porque sabíamos que era el momento. Habíamos empezado a subir el Everest y nos habíamos dado cuenta de que podíamos llegar. La desgracia final es que dices: «Es hoy o nunca».

Se va formando una especie de pandilla salvaje: usted, Ayala, Pellegrino, Baraja, Albelda...

Teníamos nuestros celos y nuestras cosas, como todos los grupos, pero cuando arrancaba el partido, aquel con el que no me puedo ni ver, es mi hermano y me ayuda. El ejemplo fue Djukic: tenía una relación áspera con él hasta que nos dimos un abrazo justo el día que se iba, que nos invitó a cenar, cuando ya no hacía falta que nos lleváramos bien.

¿Qué pasaba cuando perdían?

Hay una frase de Pellegrino: «Para nosotros ganar no es una satisfacción, es un alivio». Así no vamos a pasar mala noche y toda la semana. Y otra frase de Ranieri: «Santiago, haces una parada y te pagan un euro, cometes un fallo y en tu cabeza debes 10 euros. No disfrutas de lo bueno y te castigas por lo malo». Ese exceso de responsabilidad no es bueno, pero sí mejor que la indolencia. El día de la final de Milán Pellegrino me dice: «Si ganamos, todos nos querrán ganar en la pretemporada y nos darán patadas». ¿Estás pensando en las consecuencias negativas de ganar la Champions?

A Benítez no lo tragaba una gran parte de la plantilla, pero usted y los argentinos lo apoyaron.

Benítez era un tipo muy cualificado y su cuerpo técnico también. Y era bueno para nosotros. Es más importante lo que aportes que la persona. Benítez te decía: «Santiago, eres mejor desde que estás conmigo». Algo habré hecho yo, ¿no?. Le llamábamos El Diego, por Maradona, porque creía que lo hacía todo bien. Se lo puso el Kily González, que era muy gracioso. Yo las chorradas que pudiera decir, me entraban por una oreja y me salía por otra. Pero fíjate si eran buenos que despertaron en cada uno de nosotros la ilusión de ser entrenadores.

Pero usted no ha querido...

Hice en ese momento el curso de entrenador, pero me he metido en otra faena y por situaciones familiares no me lo planteo.

¿La Liga de 2002 o la de 2004?

La de 2002 el único que creía que la podíamos ganar era él (Benítez). Nosotros pensábamos: «Ya está El Diego diciendo tonterías, que se cree que puede ganar la Liga». Por tener que convencernos a todos y por reducir la desventaja y por romper con la historia. Y la segunda arranca con bajas, con desconfianza hacia la dirección y sin comprar lo que teníamos que comprar (de fichajes). Y la problemáticas de Ayala, que su representante lo quiere sacar a toda costa (al Madrid). En el último partido en el Sánchez Pizjuán, Ayala arrancó a llorar: había sufrido mucho ese año siendo abucheado en Mestalla. Y me abracé con él, porque es una persona muy sensible.

¿Una parada de esos 680 partidos como profesional?

El penalti blocado de Vitoria por lo que significó: último minuto de partido, ganamos 1-2 y nos pusimos líderes (recortando para ganar la primera Liga). Dijimos: «Podemos ganar la Liga». Fue un cambio de mentalidad. Esa parada no la olvidaré nunca.

¿Y la final de Liga Europa de Gotemburgo ante el Marsella?

Ni parecida ni comparable a una final de Champions. Un partido más. No la sentí como una final. No tenía el prestigio ni el campo se llenó. Nos resultó bastante fácil. El único rival duro fue el Villarreal.

¿Fue un alivio para usted que se marchara Palop?

Sí, porque la situación se había podrido, muy fea, muchos años compitiendo, malintepretando. Al principio teníamos relación muy buena, pero es normal: lo que más te gusta en la vida es jugar al fútbol y si alguien te priva...

¿Cuándo se dan cuenta de que Juan Soler no está preparado para dirigir el club?

En el momento en que empieza a echar a gente profesional a la calle como al fisioterapeuta Juan Ángel Ballesteros. Se lo hice saber. «Nos está alargando la carrera, le hemos pagado 40 cursos y ahora que está preparado, ¿lo echamos?». Y lo peor es que me dijo: «Me has convencido, tienes razón». No lo tiró ese día sino a la semana siguiente. Y me di cuenta de la clase de bobo que teníamos delante.

¿Por qué les apartó Koeman (a Cañizares, a Albelda y a Angulo?

No lo sé aún. Por capricho, yo jamás discutí con él ni me negué a entrenar ni a jugar... No tiene sentido. Y esas decisiones que hacen tanto daño vienen de gente egocéntrica que pisotea a profesionales cuando les da la gana. No quiero ni verle.

¿Se sintieron traicionados por Marchena y Baraja?

Tenían una línea presidencialista, Baraja era íntimo del presidente (Soler) y tenía a su hermano trabajando en el club: acababa de entrar en el gabinete de fisioterapia. No discutían nada de lo que hiciera Soler.

¿Usted se marchó por la puerta de atrás?

No, el Valencia me ha dado mucho... No había ningún motivo para apartarnos del equipo, ninguno: ¿qué clase de ridículo fue apartar a tres tipos que eran tres profesionales que habían ganado títulos? El Valencia es otra cosa. Al final, estos duraron menos que yo. Voy por la calle y noto el cariño de la calle. Me siento muy querido por el valencianismo: no sé si los que no me pueden ni ver entonces se callan...

De las leyendas urbanas sobre qué pasó para que no fuera al Mundial de Corea y Japón 2002, ¿cuál le divirtió más?

La de que me fui con el preparador físico, porque éramos los dos gais, y al volver me cayó un cristal. Eso salió en una radio en Argentina.

¿Abandonó el taoísmo?

Sí en un 80%, imagínate toda la energía que guardé con el tao la canalicé con siete hijos.

¿Qué tal padre es?

Ahora mejor porque tengo más tiempo. Mis tres hijos primeros, que nacieron cuando estaba en activo, dirán que no he sido igual de padre con ellos que con los de ahora. Ahora tengo más tiempo libre.

¿Cómo tiene que ser el padre de un futbolista (su hijo Lucas, de 14 años, juega de portero en el Real Madrid)?

Lo contrario de lo que dice la corriente: cuando juegue mal hacerle ver que es un buen futbolista y cuando juegue bien, que es uno más.

¿Y cómo fue su padre con usted?

Tuve la suerte de que mi padre es un profesional del deporte: maestro, entrenador y árbitro nacional de yudo. Es una práctica de gente muy humilde en el respeto y en estudio del rival. Un yudoca te gana e inmediatamente te levanta y te da un abrazo. Él sabía lo que era el deporte. Era funcionario del Ayuntamiento de Puertollano y luego tenía una escuela de yudo. El otro día le dieron el octavo dan de yudo. Es una eminencia. Siempre me ha trasladado la humildad en el trabajo, no te puedes cansar de ganar, los buenos hábitos... Es otra disciplina al fútbol, pero los conceptos son los mismos.

¿Cómo empezó a jugar?

En el colegio Salesianos de Puertollano. En el voleibol no le sé dar, en el baloncesto, tampoco, de delantero no destaco, pero de portero, todos flipan. Y los niños, lo que quieren, es sentirse queridos y admirados. Buscamos un reconocimiento.

Si volviera a empezar, ¿cambiaría algo?

Claro, ojalá pudiera volver a empezar. Pero si me quitas la edad, me quitas el conocimiento y cometería los mismos errores. Cuando dejas de jugar al fútbol, a los dos meses ves la vida distinta porque desaparece de ti la tensión. El futbolista vive en una constante presión que ninguno de los que estamos fuera podemos imaginarnos: de tener que hacer las cosas bien y de sentirse maltratado e increpado cuando las haces mal. Es una presión brutal que te hace tener comportamientos muy extraños. Y yo eso lo he notado. Yo he sido una persona muy distinta a partir del tercer mes que dejé de jugar. Ya no me enfadaba por chorradas y estoy más relajado, ya no me enferma una derrota, lo asumo como parte del juego, y la gente que me conocía me dice: «Eras insoportable, irascible». Estaba bajo una presión popular acojonante y aparte la que yo me ponía a mí mismo.

¿Y a pesar de eso quiere que su hijo sea futbolista?

Que sea lo que sea. No voy ni a verle. Lo veo por la tele y ya está. Quiero que haga lo que quiera. Él puede tener condiciones y capacidad de sacrificio. O tener menos condiciones y una capacidad de sacrificio brutal, como era mi caso. Él quería jugar en el Valencia, pero el Valencia no mostró interés y el Madrid y el Barça sí. Quiso quedarse en el Madrid y le advertí: «Tu padre estuvo aquí y no tuvo cojones de jugar en el primer equipo y se tuvo que ir». Aprende, disfruta, trabaja y esfuérzate.

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