09 de marzo de 2016
09.03.2016
Opinión / Las Cuarenta

Magdalena

09.03.2016 | 12:19

Siempre que llega la Magdalena, con todos sus excesos programados y esperadas desconexiones laborales, familiares y hasta románticas, surge, recurrente, la idea de que fútbol y fiesta son incompatibles, y para el CD Castellón de manera especialmente mordaz. Se ha llegado a hablar del mal fario, del gafe y de cuantos sortilegios arcanos se han encargado luego de rebatir otras tantas estadísticas. El debate mereció incluso la atención de tan brillantes polemólogos como Enrique Ballester y Jaume Garcia en estas mismas páginas con singular argumentación. Mas yo barrunto que por mal que se haya dado un partido durante la novena festiva recién, y marcadores los ha habido contundentes sin fin, nunca nadie se ha atrevido a decir que hemos dejado de subir o acabamos bajando por culpa de ese día de ruido y alcohol. Hubiera sido una reducción demasiado simplista. Lo siento, Jaume.

Por contra, cuando coincide con el triunfo, la sublimación lúdica deviene irresistible. Algo de eso hubo el viernes pasado. Ciertamente se necesitaba, más para la autoestima y la ilusión que para la excusa noctámbula. Ya te digo, incluso sin ganar pocos han dejado nunca de colaborar como corresponde con entrega y frenesí en la juerga. Yo todavía recuerdo aquel día del Pregó en el que el Valencia de Arnessen y Welzl nos metía cuatro, por uno de Javier Beltrán, sin que pareciera importarnos. Y cómo hacíamos el camino de regreso de Castalia con las sobras de unas hogazas de pan, una maltrecha paletilla, los restos de capellà torrat y una bota de vino seca. El partido, sin embargo, no pasó a la historia ni por el hambre y la sed saciadas de aquellos jóvenes hinchas, ni por el marcador. Se ha encargado de refrescarme la memoria uno de esos magníficos informes de Miguel Ángel Serer. Fue una noche de gritos y protestas contra quien pasa por ser uno de los mejores presidentes de la historia del CD Castellón, y sin duda quien más dinero se ha gastado nunca en este club.

Antonio Sales no se querelló contra nadie, y era todo un carácter. Apenas acabada la temporada renunció al cargo y jamás se le escuchó reproche alguno, y mucho menos reclamación económica. Fue su última Magdalena en el palco de sus sufrimientos. Sales ha sido el último gran mecenas del Castellón. Un modelo a imitar por los actuales ¿propietarios? y por muchos próceres –empresarios y políticos– que se las dan de albinegros sin hacer nada.

También ha sido la última Magdalena de ese mito que aún sigue creciendo, Antonio Pérez, el portero del primer ascenso a Primera. Aún recuerdo una charla albinegra en la Llotja del Cànem en la que compartió mesa con ex jugadores del carisma y las tablas de Juan Planelles y Víctor Salvador, pero ni por esas. Con noventa y tantos seguía tan vital como hasta el lunes. Son conocidas sus anécdotas en la Guerra Civil y en el campo de concentración, o las futbolísticas de su consagración en Riazor, su afición por dormir en la camilla antes de los partidos o su imposible fichaje por el Real Madrid, atendiendo los deseos de su madre que tenía miedo a que se hiciera un perdut siendo como era alto, guapo y con dinero. Pero cuando más nos embelesó a los asistentes es cuando confesó el secreto de su longevidad. Ahora que no me escucha mi hijo –que estaba al fondo de la sala–, yo sigo fumando un caliqueño después de las comidas, confesó al tiempo que sacaba uno del bolsillo de su chaqueta.

El fútbol de hoy le aburría. Y eso que no sabía del Castellón ni de la Tercera División actuales. Para él, no ascender siempre es un fracaso. Lo fue el año pasado. Por eso mismo no entiendo que se celebre con tanto alborozo la goleada del viernes y que se magnifique la cuarta plaza en esta maldita cuarta categoría. Eso no lo entiendo ni en Magdalena, y mira que le he puesto ganas.

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